La historia del SIDA en Chile contada a través de la vida de Willy Morales, lonko mapuche que se contagió a los 15 años, cuando su padre lo llevó a iniciarse sexualmente a una casa de putas.

Por Claudio Pizarro • Foto: Alejandro Olivares

Lo único que importaba en ese tiempo era sobrevivir y, para hacerlo, Willy Morales debía acudir al hospital Lucio Córdova a pedir sus dosis mensuales de medicamentos.

Era septiembre de 1992 y tenía apenas 19 años. Estaba solo en Santiago y trabajaba como mozo en un restorán. Unas pequeñas pintas rosadas comenzaban a asomar en su abdomen. Eran el primer indicio visible de su enfermedad.

El pabellón de infecciosos, ubicado a un costado del recinto hospitalario, se llenaba todos los meses de enfermos. Willy esperaba su turno sentado en una larga banca de madera ubicada en un pasillo mal iluminado. Las enfermeras, recuerda, llamaban a los pacientes a viva voz. Había viudas, mujeres embarazadas, jóvenes y travestis. Todos pertenecían a la sección ETS, sigla que identificaba a los contagiados por enfermedades de transmisión sexual. Nadie se atrevía a hablar. “Estábamos todos con la cabeza gacha. Se respiraba el olor a la muerte”, recuerda Willy. Agrega: “De repente alguien dejaba de ir. Y todos sabíamos qué había pasado. Los remedios no alcanzaban para todos”, rememora.

Por entonces el sida todavía era llamado “la peste rosa” y la enfermedad se expandía con más fuerza gracias a que muchos creían estar a salvo. De los 6 casos registrados en 1984, la enfermedad había saltado a casi 500 sólo en 1992. Para 2004, cuando la enfermedad festejaba 20 años en Chile, las cuentas daban 14.611 casos (4.530 con SIDA y 9.200 personas VIH asintomáticas). Y los muertos sumaban 5.043.

En esa primera década de la enfermedad, los médicos, apremiados por la escasez de remedios, se vieron obligados de elaborar listas de pacientes prioritarios. Era una suerte de escalafón de la muerte. La preferencia la tenían las mujeres embarazadas, luego los padres con hijos, después los heterosexuales, los homosexuales y finalmente los travestis. Pero ni siquiera había tratamiento suficiente para los primeros lugares.

-Uno debía aprender a morir solo y por las suyas- recuerda Willy.

Con la condena moral encima, obligados a competir por los remedios, la esperanza de vida podía depender de un brutal “golpe de suerte”: si alguien moría había más medicamentos disponibles. “Era un circulo vicioso macabro”, cuenta Willy.

Muchos quedaron en el camino. Roxana, por ejemplo. Era una delgada muchacha de la comuna de El Bosque, que por no estar en lista prioritaria murió prematuramente.

-Iba a su casa, tomábamos once juntos, nos dábamos ánimo para seguir adelante. Siempre decíamos que a pesar de que uno viviera su enfermedad escondido, había que trabajar aunque sea limpiando baños para sobrevivir- comenta Willy.

Roxana fue sepultada como indigente en el Cementerio Metropolitano. Ni siquiera la pudieron velar. Su cadáver fue introducido en una bolsa plástica y el Servicio Médico Legal entregó la urna sellada. En el funeral sólo hubo tres personas. Roxana fue la primera portadora del virus que Morales “enterró”. Después vendrían muchos más.

TENIDA DOMINGUERA

Todo empezó por un viejo ritual, en el verano de 1986. Willy vivía en los alrededores de Castro, en la comunidad huilliche de Llicaldad. Tenía 15 años y su padre, después de la cena, lo invitó a dar un paseo.

-Me dijo que iba a conocer a unas tías. Después me contó que él también las había conocido a mi edad, al igual que sus hermanos y mi hermano mayor.

Willy se puso su tenida “dominguera”: chomba de lana, jeans y ojotas. Antes de marcharse, su hermano le dijo que “no era nada malo y que lo iba a pasar bien”.

Padre e hijo partieron a caballo rumbo a Castro. Morales intuía lo que iba a suceder. Muchos compañeros de colegio ya habían pasado por la misma ceremonia. El rito de iniciación en la comunidad huilliche era un secreto a voces entre los jóvenes. Luego de dos horas llegaron a la “casa de las tías”. Willy recuerda que su padre pidió una botella de vino y le ofreció un trago. Era la primera vez que lo hacía. Luego le dijo que, de ahora en adelante, su palabra iba a contar en la mesa hogareña. Al cabo de unos minutos apareció una muchacha menuda, de pelo castaño oscuro, con una camisa amarrada a la cintura y unos shorts extremadamente cortos.

-Al principio me dio vergüenza. No sabía qué hacer. Me dijo que no me preocupara, que me iba a tratar bien y me iba a mostrar algunas cosas.

Para Willy no es fácil recordar aquel momento. Después de tragar saliva, continúa: “me agarró de un ala y me llevó a una pieza. Luego se sentó, se sacó el sostén y me tomó la mano para que la tocara. Al final lo hicimos… Y el niño se había hecho hombre pero iba a vivir con una enfermedad el resto de sus días”, recuerda con resignación.

Al año siguiente, Willy empezó con una extraña comezón. En el consultorio de Castro lo derivaron a un dermatólogo que le recetó cremas y le recomendó protegerse del sol. La alergia, sin embargo, no cedió. Así estuvo durante un año hasta que pidieron su traslado a un hospital donde le realizaron el Test de Elisa. Su ignorancia respecto al tema era abrumadora.

-Cuando el doctor me dijo que el resultado era positivo pensé que era algo bueno- evoca.

El médico se limitó a decirle que disfrutara porque le quedaban, a lo más, dos años de vida. Para entonces el sida era una enfermedad emergente y Willy, sin siquiera sospecharlo, se transformó en uno de los primeros seropositivos del país. Al principio no entendía bien de qué se trataba la enfermedad. Ni siquiera los médicos se atrevían a comunicarle detalles, aunque, en cada consulta, dejaban en evidencia que lo suyo era algo infeccioso.

-Cuando llegaban a atenderme se ponían guantes y mascarillas, cosa que no hacían cuando comentaban que tenía alergia- confiesa.

Con el correr de las semanas se percató que en el pueblo ya corría el rumor de su enfermedad. Willy tampoco se encargó de negarlo. “Nunca se lo ocultó a nadie. Quizá pequé de ingenuo”, reflexiona ahora.

Las autoridades de salud de la isla decidieron tomar cartas en el asunto y obligaron a todo el curso de Morales a hacerse el examen. En el pueblo la moralidad soltó sus emanaciones mefíticas: Willy, el mapuche, era el problema. No pudo volver al colegio y le caducaron la matrícula.

-Ahí sentó por primera vez que era doblemente discriminado por ser mapuche y por tener sida- recuerda.

Su familia estaba en el suelo. Su padre no podía ni mirarlo. “El remordimiento lo mataba por dentro”, recuerda Willy. Y la comunidad empeoraba las cosas poniendo a la familia en cuarentena social. Al padre no le compraban sus cosechas y a los hermanos de Willy los evitaban y no les daban trabajo.
En medio de esto, Willy, completamente solo, estaba convencido de que moriría. Decidió acudir a una machi. La curandera le dijo que el pálpito de su alma no estaba lento y que iba a sobrevivir. También le comentó que el sida no era una enfermedad natural o sino ella hubiera encontrado un remedio en la tierra.

-Ahí empecé a pensar que el sida, en el fondo, es una enfermedad del alma- explica.

Del alma del que tiene sida y del alma de los que lo rechazan.

Desesperado por la exclusión, decidió abandonar la isla. Sus padres le prestaron dinero y se marchó. Comenzaba el periodo más oscuro de su vida.

LA CASTRACIÓN

El tren partió a las ocho de la noche desde Puerto Montt. Era primera vez que Willy se alejaba de su familia y creía que no los volvería a ver. Tenía 17 años y con justa razón sentía que el destino se había ensañado con él. En los siguientes años muchas veces pensó en matarse, pero no se atrevió.

-Físicamente me sentía bien pero la enfermedad me corroía el alma- recuerda.

Primero llegó a Rancagua. Ahí cuidó vehículos en la plaza principal de la ciudad y luego, cuando llegó el verano, trabajó de temporero. De vez en cuando mandaba una postal a su casa para dar señales de vida.

El trabajo, de sol a sol, le permitía olvidar en parte sus penurias. Sus compañeros en el campo siempre lo invitaban a salir de farra. Visitar los prostíbulos de Rancagua era una rutina habitual entre los temporeros. Willy siempre tenía excusas para no asistir.

-Cada vez que me invitaban me dolía algo. No fue fácil asumir mi sexualidad después de lo que me pasó- recuerda.

En el fondo se sentía castrado. Todavía no estaba preparado para intimar con una mujer. Antes, tenía que limpiar sus “heridas”.

Luego de trabajar varias temporadas en el campo decidió probar suerte en Santiago. Acá encontró empleo de garzón en un restorán cerca de avenida Matta. Trabajaba infatigablemente y arrendaba una pieza en una pensión del centro. En la capital hizo bastantes amistades, pero a nadie contó su verdad. El rechazo que vivió en Castro lo había curtido. No quería repetir los mismos errores.

El exceso de trabajo terminó, finalmente, por pasarle la cuenta. Sus defensas bajaron.

-No tenía apetito, apenas comía, a veces me agarraban unas fiebres extrañas y me bajoneaba- reconoce.

Ya había cumplido 18 años y comenzó a acudir cada mes a buscar sus medicamentos al hospital Lucio Córdova. Era la época de la monoterapia y el AZT figuraba como único paliativo a la enfermedad.

-Era un remedio fuerte que se te impregnaba en el cuerpo; incluso cuando uno hablaba salía olor a farmacia- explica.

Sin siquiera proponérselo, Willy se transformó en testigo presencial de la dura historia del sida en Chile. Primero vio surgir al Capvih, que era un centro de apoyo que brindaba ayuda social a los enfermos y, luego, a Cornavih, la primera coordinadora de agrupaciones dedicadas a tratar el sida. Con los años esta última dio origen a Vivo Positivo. Tan importante como eso, Willy vio como los enfermos levantaban la cabeza: y desde ese pabellón de la muerte que era la sala de ETS, donde esperaban la improbable pastilla, la pastilla que tenía que dejarle alguien que había muerto, salían a la calle a exigir que el Estado los tratara como seres humanos. Willy estuvo allí, en las primeras marchas, y en los encadenamientos, cuando iban a la Corte Suprema a pedir antiretrovirales junto a Rodrigo Pascal, Pedro Fernández, Vasili Delillani y César Herrera.

-Los pacos nos iban a buscar con guantes mientras nosotros le tosíamos en la cara- recuerda.

El ser capaz de recuperar su dignidad, de levantarse y pelear lo hizo atreverse a un desafío mayor: volver a casa.

EL REGRESO

Dos días se demoró Willy Morales en llegar a su ciudad natal. Viajó en tren y de ahí cruzó en ferri el Canal de Chacao. Era un día de invierno. El cielo estaba gris y comenzaba a llover. En cuanto pisó nuevamente la isla sintió temor. “Me sentía extranjero en mi propia tierra”, cuenta.

Caminó en dirección a su hogar. La puerta de su casa estaba abierta. Su madre se puso a llorar. Su padre también. Ambos pensaban que él estaba muerto. Esa misma noche la familia se reunió a
celebrar el retorno del hijo menor.

Castro no había cambiado mucho. Era el mismo pueblo pequeño con vocación de infierno grande. Pese a su indignada moralidad, el sida se había expandido.

De hecho, una amiga suya, había sido infectada, y la gente, desesperada por sentirse lejos de la amenaza, aseguraba que la mujer colocaba jeringas con sangre en los bancos de la plaza. O sea, que si la plaga continuaba era culpa de la maldad de una mujer y no de las co-tumbres sexuales no reconocidas, de las pasiones sabiamente tapadas por las convenciones sociales. A tal punto llegó la psicosis colectiva que la policía tomó presa a la mujer. “Fue un escándalo público”, rememora Willy. El escarnio que vivió su amiga lo marcó profundamente. Desde entonces se prometió luchar activamente por los derechos de los enfermos de sida y formó un grupo pequeño de activistas.

-Era la única forma que teníamos para sensibilizar a la población con nuestras demandas- rememora.

El grupo, compuesto por seis personas, se reunía clandestinamente en la sede de la radio Estrella del Mar. Primero se juntaban a hablar y contar sus dramas. Luego entendieron que la única forma de superar su condición era buscar un trabajo autónomo. Willy se dedicó a tejer ponchos. Todos los domingos acudía a la feria de Dalcahue a vender sus productos. Fue allí donde conoció a quien se transformaría en su esposa, Nancy Cárdenas Levicoy.

-Ella también es descendiente de huilliches, venía de la isla de Butacheuque y cada vez que aparecía nos buscábamos con la mirada- comenta. Willy, cada vez que la mujer aparecía, se las arreglaba para hablarle en Mapudungún. Poco a poco la fue conquistando.

-Pese a todo lo que había pasado siempre soñé con tener una mujer a mi lado y cultivar la tierra- asegura.

Pero sus sueños chocaron con la voluntad de su “suegra”. La mujer pensaba que era huinca y no lo aceptó. Por eso Willy decidió raptar a Nancy. “En nuestra tradición, si los padres no aceptan el noviazgo es válido el robo, siempre y cuando, sea consentido”. Un domingo en la feria le dijo a ella que lo esperara a las tres de la tarde en la “rampla” de Butacheuque. Willy arrendó una lancha y partió rumbo la isla.

-Estaba súper nervioso, pensaba que no iba a llegar, pero al final apareció con su vestido, un bolsito y un chal- recuerda.

Lo más difícil de todo fue explicarle su enfermedad. Morales se asesoró con una matrona amiga. A Nancy, al principio, le costó asimilar el uso del condón pero terminó por comprender que si no lo hacía ponía en riesgo su vida. Tres días después del rapto, la pareja fue al registro civil de Castro y se casó.

LA COMUNIDAD

En marzo del año 2000, Willy fundó la agrupación Kelwo junto a otros 14 enfermos de sida. Tres años más tarde la organización fue aceptada como comunidad por el consejo de caciques y Willy fue elegido Lonko. Armando Llaitureo, cacique mayor del consejo mapuche y primera autoridad indígena de Latinoamérica en reconocer la existencia del sida, les abrió las puertas del Centro de Salud Indígena de Quellón.

-Allí nos atendían, nos daban yerba y hacíamos vida social- recuerda Willy.

El cacique tampoco cuestionó la opción sexual de algunos de sus miembros.

-En nuestra cultura a los homosexuales se los considera personas con dos almas y se les respeta- dijo.

La discriminación, afirma Willy, es un asunto huinca. Y como mapuche, lleva años enfrentándose a ella, a pesar de que ahora pasa harto tiempo en silla de ruedas, después de que una intervención quirúrgica lo dejó con fuertes dolores lumbares.

Hace tres años, por ejemplo, un colegio de Castro se negó a recibir a una pequeña infectada con VIH.

-Daba pena verla todo el día con la mochila pegada en la espalda- recuerda.

Morales, junto al padre de la niña, acudió al colegio y dijo que sino la recibían iba a organizar una conferencia de prensa afuera del establecimiento. Finalmente la autoridad Provincial de Educación le ordenó al director aceptar a la pequeña.

En agosto de 2006 encabezó una huelga de hambre en la iglesia de Castro por un amigo suyo, también enfermo de sida, que se negaban a operar. “Tenía un quiste en el cuello y apenas podía comer”, recuerda. La medida de presión surtió efecto.

Para entonces se había vuelto tan activo que en abril de este año, cuando la Presidenta Bachelet visitó la zona, él fue considerado un problema. “Me detuvieron para que no armara jaleo”, alega. Y detalla: “llegaron dos tipos de terno negro que me acusaron de infringir la Ley de Seguridad Interior del Estado y me llevaron a mi casa con arresto domiciliario. Estuve siete horas detenido… Me da pena que la presidenta, una persona que fue violentada en dictadura, que además es médico y experta en sida, permita estos procedimientos”.

Para Willy, pese a que hay medicamentos más poderosos y que la sociedad ha ido aceptando sus problemas, el sida no está bajo control. En la zona, por ejemplo, ha habido un incremento de las notificaciones y él lo atribuye a la proliferación de las salmoneras. Ahí, en las clases medias chilenas, el sida sigue siendo una enfermedad del alma.

-Mucha gente se ha matado. Otros se han ido y no han vuelto más- explica.

En su caso, él ha aprendido a convivir con el sida y poco a poco se ha reconciliado con su historia. La otra vez encontró a su padre en la calle y lo invitó a tomar un mate. El viejo estaba triste, se sentía agobiado. Con los ojos vidriosos le pidió disculpas otra vez y le dijo, en mapudungún, que era un weichafe monguen: guerrero de la vida. Al cabo de un rato, Willy lo fue a dejar a la puerta. Mientras lo miraba alejarse pensó para sí: “pobre viejo, quería volver a ser padre”.