Patricio Fernández, director espiritual de nuestro pasquín, vuelve por estos días a librerías con su segunda novela, “Los Nenes”, un libro que sus editores presentan como “el relato de un grupo más bien disparatado, de conversaciones crueles y absurdas, donde no queda títere con cabeza… El narrador, uno más de la pandilla, retrata parte de la vida cotidiana de este lote de chilenos carnavalescos”.

Vengo de almorzar con Miranda. Dos días antes nos havbíamos dado cita para hoy, en El Galindo. Apenas lo vi, movido por no sé qué fuerza misteriosa, se me ocurrió decirle que no podría quedarme. Que se me hacía completamente imposible. Él levantó sus manos sin disimular lo más mínimo la indignación y me preguntó si estaba hueveando, si yo creía que él era imbécil o qué, que cómo se me podía ocurrir citarlo para después venirle con semejante estupidez. Le dije, con cara de constreñido, que lo lamentaba muchísimo, que por favor me perdonara, pero que me tendría que ir sí o sí. En ese momento tomé asiento para contarle mi tragedia. Bajé la cabeza y con voz pausada le informé que la Claudia –mi esposa– y yo habíamos comprado una pecera enorme. Que tuve que hacerlo, en realidad, porque a la Claudia se le metió la idea entre ceja y ceja. Él arrugó la frente y gruñó. «No te mofes», le pedí, «tú sabes mejor que nadie que uno es uno y sus circunstancias.» «Ya, ¿y?», se trometió. «Nada, nada», dije, como tratando de bajarle el perfil al asunto, «lo que pasa es que los peces se están matando unos a otros. Al parecer los lenguadillos no se llevan para nada con las carpas, y nosotros no teníamos ni la menor idea.» Me vi en la obligación de explicar que el acuario era bastante grande, porque la Claudia no quería pececitos de colores sino pescados de verdad, de pescadería. Le confesé que se trataba de un acuario grande, en serio grande, y carísimo. «¿Cuánto te costó?, amermelado», me interrogó entonces. «¿Cuánto crees?», contrapregunté. «No sé, huevón, no sé. Unas doscientas lucas.» «Ojalá fuera eso, Miranda. ¡Ochocientas lucas!» Ahí Gastón se agarró la cabeza y me preguntó casi con solemnidad si era retardado. Le pedí que no me metiera el dedo en la llaga, que todavía lo estaba pagando, que me faltaban dos cuotas horribles para que fuera completamente mío. En ese momento quiso saber más de la pelea de los peces, pero yo me fui por la tangente y le expliqué, adoptando un tono de angustia, que para serle sincero ya no daba más con esos animales ridículos. Con la actitud culpable de un infidente le hice saber que la Claudia se había obsesionado con ellos y que todas las mañanas los lavaba en la tina. Con justa razón me preguntó si se había chalado, pero yo, en vez de responder, agregué que para colmo, y quizás producto mismo de estos delirantes aseos matutinos, los lenguadillos a veces saltaban fuera de la cubeta y había que recogerlos. De hecho, se nos había muerto uno. Y describí lo desagradable que era encontrarse de pronto con un pescado muerto debajo de la cama. «¡Ahí te fuiste al chancho, huevón!», sonrió Miranda, ya mucho más aliviado.

Hoy es 10 de marzo del año 2006. Pinochet está convertido en un anciano decrépito. No lo respeta nadie. No lo salen a defender ni sus hijos. Se le descubrieron millonarias cuentas de ahorro en el extranjero. Hasta hace no muchos años envejecía relativamente tranquilo, pero por casualidades que tampoco vienen al caso un buen día lo detuvieron en Londres. Las primeras noticias fueron vagas.

La prensa de por acá no contaba las cosas tal como estaban sucediendo. En un comienzo se supuso que lo retenían en una clínica londinense para hacerle unos exámenes. De pronto se supo que los enfermeros que estaban a su cargo habían sido relevados por policías con cucalones. Cundió el alboroto. Por acá unos se volvieron locos de rabia, mientras otros, muy de a poco, salían de la consternación y el asombro para enloquecer de felicidad. Debe considerarse que en un principio parecía imposible que Pinochet estuviera preso, porque él metía presos, pero no aguantaba que lo metieran. Y lo metieron. Sus seguidoras se organizaron enseguida y se declararon en vigilia permanente frente a la embajada de Gran Bretaña. Llamaban a no consumir más whisky. Ya había transcurrido no sé cuánto tiempo desde su captura cuando pasé por esa vereda y, haciéndome el que no entendía nada, le pregunté a una de ellas por qué estaban ahí. Dicho sea de paso, las viejas esas eran todas de clase media asiuticada. Mucho colorete, mucho rouge, mucho perfume barato y sombra celeste en los ojos. Cuando no estaban gritando, hablaban en un tono de voz extremadamente alto. Pues bien, con ese tono me respondió la interpelada. «¿Que acaso no sabe? Estos desgraciados tienen raptado a nuestro presidente.» «¿Y quién es su presidente, señora, si me disculpa la ignorancia?» «¡El general Pinochet, pues, hombre! ¿Acaso usted vive en la luna?» «Más acá, pero, en cualquier caso,ojalá se los devuelvan luego y entero,mire que los ingleses son famosos por su barbarie.» «Usted lo ha dicho.» «No sea», agregué, «que por pura maldad lo trocen y les manden, por ejemplo, un dedito, una oreja, o, peor todavía, un órgano cualquiera adentro de un frasco con formalina.» Entonces parece que adivinó que le estaba tomando el pelo y dio un solo grito, y una pareja de viejas se me vino encima, y mientras intentaba zafar me llenaron de escupos. Una me aforró un carterazo. Yo, cual filósofo, alcancé a dejarles una modesta recomendación: «¡Váyanse a la rechucha de sus madres, cerdas!» Y partí.


LOS NENES
Patricio Fernández
Editorial Anagrama, 2008, 176 páginas