La verdadera historia de los militares muertos en la Antártica. Hace casi tres años, en las soledades de la Antártica un grupo de soldados chilenos terminó congelado en una fosa de 30 metros. Lo que al comienzo pasó por un accidente terminó transformándose en uno de los desastres más brutales del Ejército y que la fiscalía militar explica por la terquedad del oficial al mando. Al igual que en Antuco, donde murieron 45 conscriptos de tres regimientos enviados a marchar en medio de una tormenta de nieve, la investigación demostró que tres hombres perdieron la vida por la tozudez de un jefe. En los próximos días, el fallo de la Corte Marcial sellará esta historia.

por Claudio Pizarro • Ilustración: Alen Lauzán

Lo primero que hizo el suboficial Fernando Burboa al llegar a la cocina fue pedir un café. El sargento Abel Sandoval, encargado del casino, le pasó una taza humeante y le preguntó si le preparaba un sándwich.

-Para qué, hijo, si me llegó la hora -le contestó Burboa.

Antes de marcharse el suboficial le susurró al cocinero: “Si no vuelvo, dile a mi señora que tome dos seguros de vida”.

El sargento Sandoval guardó silencio y continuó su trabajo. Unos minutos más tarde apareció el capitán Enrique Encina y le comentó que “este huevón nos quiere llevar a la muerte”.

La molestia de los uniformados era contra el teniente coronel Mauricio Toro, el subcomandante de la base, y su obsesión por recuperar un trineo caído a una grieta tres semanas atrás.

Durante ese desayuno, Toro le informó de la misión al jefe de la base, el comandante Armando Ibáñez. Le habló de los peros que le había presentado Encina, el oficial explorador del equipo, que le había advertido que el informe meteorológico indicaba que la temperatura sería alta y el riesgo de salir sería mayor, porque el terreno estaría blando y se prestaba para accidentes. Toro le habría comentado a Ibáñez que había estado a punto de dejar a Encina en la base.

La patrulla salió de la unidad a las nueve de la mañana. Iba a cargo de Toro y compuesta por otros ocho militares. Seis abordaron un carro modelo Sno-cat y los dos restantes se encaramaron en una moto de respaldo. No era primera vez que intentaban rescatar el famoso trineo. Al menos en otras dos
oportunidades la misión había sido abortada por mal tiempo. La tercera tenía que ser la vencida. Era el 28 de septiembre de 2005.

LA VAQUITA

La patrulla avanzó en dirección al refugio Abrazo de Maipú, cerca del paso Mackenna,a 17 kilómetros de la base O’Higgins. A mitad de camino el cielo se nubló y algunos le comentaron aToro lo inconveniente de continuar. Pero él ordenó esperar hasta que las condiciones climáticas mejoraran. El alto duró media hora.

En el albergue, la unidad se desprendió de algunas cosas y continuó rumbo a la grieta. Los uniformados estaban inquietos. Sabían que el territorio era inestable. El fantasma de los 45 conscriptos de Antuco, fallecidos sólo cuatro meses atrás, les rondaba. También el recuerdo del accidente en que perdieron el trineo.

Aquella vez -declaró después el suboficial Manuel Soto- “se abrió una grieta grande y cayó el último trineo que empezó a arrastrar el carro”. La reacción oportuna del suboficial Burboa, recuerda Soto, impidió que el vehículo se precipitara al fondo del precipicio con sus ocupantes dentro. El trineo quedó atrapado a 15 metros de profundidad, apoyado en un frágil puente de nieve. Encina dijo que era imposible rescatarlo pero, ante la insistencia de Toro, dijo que estudiarían cómo hacerlo. Luego, marcaron los puntos de la grieta en el GPS y regresaron a la base.

La opinión general de todos los uniformados era la de emitir una orden de pérdida y dar de baja los implementos extraviados, porque nadie estaba dispuesto a morir por un generador, un equipo de telecomunicaciones,vestimenta de montaña y unos cuantos bidones de bencina. Pero nuevamente estaban ahí: camino hacia el abismo, a las órdenes de Toro.

El plan para recuperar el material perdido era fácil: cruzar una escalera sobre la grieta y remolcar el trineo. Pero la nieve estaba blanda y a medida que avanzaban, sin encontrar la grieta, el temor inundó a la patrulla. El Sno-cat iba delante y la moto, piloteada por Toro, 50 metros detrás.

La expedición avanzó hasta que el GPS indicó que la grieta, contemplando los márgenes de error, podía encontrarse 20 metros más adelante ó 20 más atrás. Los vehículos se detuvieron. Los sargentos Poo y Soto se amarraron al Sno-Cat y comenzaron a sondear el terreno. Arriba del carro, los militares comentaban la posibilidad de hacer una “vaca” y aportar cada uno cien mil pesos para pagar el trineo y, así, no seguir arriesgándose allí.

La búsqueda de la grieta continuó hasta que Encina ordenó recular. Los otros lo siguieron. Toro mandó marcar la zona en el GPS y retornar al refugio para regresar al día siguiente. Aterrorizados por no saber la ubicación exacta de la grieta, los uniformados giraron el vehículo a pulso y emprendieron el regreso a la base por la misma huella que habían hecho. Pero luego de recorrer 70 metros, el Sno-Cat se fue de punta y se precipitó al fondo del abismo que había estado ahí, escondido.

-De repente el carro se perdió en el horizonte y le grité a mi subcomandante que acelerara. Me acerqué y escuché que el motor todavía estaba funcionando, grité pero nadie me respondió -declaró a la Fiscalía Militar el suboficial Soto que venía en la moto, atrás.

Fue una caída libre de 30 metros. El sargento Poo fue el primero en salir del vehículo. Desde la fosa escuchó cuando Toro le decía al sargento Soto “que fueran a la base a buscar refuerzos”. La frase “Cuántas veces mi hijo me dijo que no entendía cómo habían llegado ese par de desquiciados a ser jefes en la Antártica”, recuerda Enrique Encina, padre de uno de los muertos. También la oyó el suboficial Manuel Cisterna, quien después declararía que Toro “lo único que quería era huír del lugar”.

Poo, desesperado, les gritó que no se fueran porque había encontrado cuerdas. El suboficial Manuel Noriega recuerda que “el capitán Encina le rogaba a Poo que lo matara porque estaba todo quebrado… y que Basualto no se movía”.

Soto escuchó los lamentos de Poo, recibió la cuerda y la amarró a la moto para rescatarlos. El primero en salir del boquerón fue el sargento Poo. Luego, lo hicieron los suboficiales Ulloa, Noriega y Cisterna. Basualto, Encina y Burboa quedaron atrapados entre los fierros.

Toro y el sargento Poo regresaron a la base en busca de refuerzos y material de salvataje. Los demás se quedaron en el lugar. Al llegar la noche, sin embargo, tuvieron que regresar al refugio El Abrazo de Maipú. A la mañana siguiente, Toro regresó al refugio junto a una delegación argentina, y partieron a la grieta. Los argentinos, sostienen los abogados de las familias de los muertos, fueron quienes rescataron los cadáveres de la fosa. Toro, dice el abogado de los deudos de Encina, se quedó en el albergue.

Mientras esto ocurría, en la base el comandante Armando Ibáñez se derrumbaba. El enfermero Nelson Torres declaró haberlo visto arrodillado contra una muralla y diciendo “por qué soy tan penca, me quiero morir”.

SECRETO ANTÁRTICO

El subcomandante Toro siempre estuvo empecinado en recuperar los pertrechos. Detrás de su porfía estaba el intento de ocultar a sus superiores del Departamento Antártico del Ejército, DAE, la pérdida del trineo. Toro y el comandante Ibáñez, luego del accidente, omitieron el parte de pérdida y ordenaron, bajo amenaza de sanción, que nadie lo mencionara. La práctica, en jerga militar, se conoce como “secreto antártico”.

Pero las anomalías venían de antes. La investigación de la fiscalía militar, con el correr de los meses, demostraría que el comportamiento de los jefes de la unidad distaba mucho de la probidad requerida.

Gustavo Lavanchy, psicólogo del DAE, cuando fue interrogado sobre cómo se selecciona al personal para la Antártica, dijo que luego de la muerte de los tres militares fue a la base O’ Higgins y conversó con el teniente coronel Mauricio Toro. Lo que le dijo Toro explica muchas cosas:

-Me manifestó que las pruebas sicológicas que le toman a los postulantes a la Antártica no sirven de nada, porque todo el mundo se las consigue, tanto así, que él las obtuvo y se las aprendió de memoria -declaró el sicólogo Lavanchy.

Para Enrique Encina, padre de uno de los fallecidos, eso es corrupción.

-Cuántas veces mi hijo me dijo que no entendía cómo habían llegado ese par de desquiciados a ser jefes en la Antártica -recuerda.

Las malas relaciones entre los jefes de la base y sus subordinados también aparecieron en el juicio. En un oficio de octubre de 2005, el coronel Miguel Santibáñez del DAE explicó que Toro había enrarecido el clima porque en las salidas a terreno “contravenía las recomendaciones del oficial explorador”. Como ejemplo, Santibáñez decía que una vez Toro insistió en “transitar un vehículo Sno-cat sobre un terreno demasiado blando, terminando por dañar una de sus orugas”.

El aislamiento y la escasa fiscalización terminaron por transformar a Toro en un pequeño tirano. Nadie podía saltar el conducto regular sin su autorización.

-En la base estaba absolutamente prohibido comunicarse con el DAE, lo que impedía que las quejas llegaran a los superiores -cuenta Javier, hermano del suboficial Basualto.

Después de la tragedia los subordinados empezaron a hablar. Una vez, recordó el sargento Ramírez, el comandante dispuso salir a navegar en un zodiac por la rada pese a que el alcalde de mar le recomendó no hacerlo por haber más de 20 nudos de viento. Esa día intentó escalar un témpano y se cayó al mar sin traje. Si no lo asisten dos suboficiales, dijo Ramírez, es probable que hubiera muerto.

Para los suboficiales, la actitud del alto mando, y en especial la de Toro, eran promovidas por la ingesta desmedida de alcohol. Los dos oficiales “más antiguos”, dijeron, se excedían de copas azuzándolos a acompañarlos “socialmente”.

-Mi hijo, que era mormón y abstemio, me comentó varias veces que pasaban ebrios. Eso explicaría la conducta temeraria de Toro -asegura Enrique Encina, padre de uno de los fallecidos.

El carácter de Toro también se expresaba en los campeonatos de pinpón en parejas, organizados en la base, donde solía picarse mucho. La mayoría recuerda que humillaba continuamente a su compañero cuando perdía puntos y que tras ocupar el cuarto lugar en un torneo “durante dos días se aisló completamente sin hablar con nadie”.

El único momento en que la unidad descansaba de los arrebatos de Toro era cuando arribaba la científica María Luisa Tapia. El abogado Eduardo Villaroel, de la parte querellante, estima que entre la mujer y el subcomandante existía una relación sentimental.

Según el proceso Toro en reiteradas veces ordenó a los telefonistas mentir sobre la situación climática para retardar la partida de la base de la ingeniero agrónomo. Durante la crisis del trineo, recuerda el suboficial Héctor Cisterna, el tiempo estaba ideal para rescatar el equipo perdido pero Toro, debido a su inusual compañía, ordenó postergar la expedición.

-No me cabe ninguna duda que eran amantes y que este sujeto, por estar encamado, no cumplió con sus deberes militares -asegura Javier, hermano de Basualto.

La ingeniero Tapia fue procesada por los fiscales militares por falsificación de la orden de pérdida, escrita después del accidente, que tenía como único propósito justificar la salida a terreno. Tapia finalmente fue sobreseída.

Para Alfredo Morgado, querellante en la causa y que también defendió a los familiares de los conscriptos de Antuco, la diferencia en el caso de la Antártica es que los agravantes son mayores porque en Antuco hubo factores ambientales, mientras que en el caso de Toro “hay una seguidilla de hechos que dan cuenta de un abuso de poder inconmensurable y de una falta de tino abrumadora”.

Ibáñez -que llegó a coronel-y Toro pasaron a retiro absoluto en agosto de 2006, por orden del entonces comandante en jefe del Ejército Juan Emilio Cheyre. En marzo de este año, el Quinto Juzgado Militar condenó a Toro a cinco años y un día de reclusión por cuasi delito de homicidio reiterado e incumplimiento de deberes militares. Ibáñez recibió una pena de cinco años de reclusión menor por cuasi delito de homicidio reiterado, incumplimiento de deberes militares y falsificación de documento. Los dos apelaron a la sentencia y la semana pasada terminaron los alegatos ante la Corte Marcial. El fallo se encuentra próximo a salir y ha trascendido que no los favorecería.