En medio de esta crisis sin fin que no para de anunciarse, me ha dado por recordar otra que vino de pronto sobre nosotros de un sólo golpe mortal. La crisis del 82 se parece demasiado a la que están viviendo los Estados Unidos y el mundo. Una crisis hija de la soberbia de un grupo de economistas sobre ideologizados. Una farra que los mozos tienen que pagar por los anfitriones. Bancos que quiebran y a los que el Estado tiene que pagarles la deuda; monedas que se desploman, y al final de la partida, ingenieros que manejan taxis y arquitectos que venden puerta a puerta frutas, verduras y cuadernos escolares.

La violencia de la pobreza, brutal y repentina, vino acompañada en Chile de la dictadura, que puesta en cuestión por el hambre se hizo más brutal y paranoica aún. Santiago bajo toque de queda era una enorme isla de precariedad, deudas, y ríos que se desbordaban sin perdón. Los hambrientos, los cesantes, las cocineras de ollas comunes sufrían, además, la desventaja adicional de ser considerados sospechosos por la policía política. Astuto, Pinochet supo convertir el descontento en subversión, el hambre en una mentira de Moscú, y su gobierno que había destruido las bases de la economía nacional y creado un verdadero caos administrativo, en el sostén del orden y la legalidad.

El golpe de estado, la tortura o el desparecimiento forzado sólo afectó a un grupo de la población. Lo queramos admitir o no, la mayor parte de la clase media chilena celebró con el golpe. La crisis del 82, en cambio, afectó a todos. Arruinó a millonarios, pauperizó para siempre la clase media. Acabó con el sistema de salud público y la educación, obligó a la mujer a salir a la calle y destruyó la ciudad atomizada en miles de poblaciones periféricas construidas por el gobierno para controlar, al menos geográficamente, la miseria.

Destrozó todo y al mismo tiempo sentó la base de la nueva prosperidad chilena. Mató la vieja clase media de Ñuñoa y el Llano Subercasseaux para construir sobre los mismos sitios una nueva clase media. Eso lo hizo mucho después la Concertación, pero la base en que se levantó ese monumento no pudo nunca dejar de ser la crisis del 82. La violencia primaria fue esa, la de una dictadura que se dedicó a jugar al casino con el dinero de los chilenos. El de un sistema económico destrozado por unos niños genios recién llegado de Chicago. Y luego la reconstrucción sobre la tierra aterrorizada, y los carretones llenos de cartones viejos, y las niñas aspirando neoprén delante de los flipper. La amenaza del hambre cierto y certero que aleccionó a esta clase media nueva, atomizada, desindicalizada, liviana y solitaria que aprendió del fracaso total del padre obrero especializado de Machasa, del tío que esperaba su jubilación de la Caja de empleados públicos.

Chile se adelantó entonces al mundo, creando un nuevo consenso basado en ese doble miedo a las metralletas y la cesantía. Se hizo una democracia nueva, y una nueva economía. Pero la violencia de su nacimiento siguió ahí. Sigue ahí. Explica tantas cosas. Cosas como un libro tan lucidamente desolador como Siútico sea el más vendido del país, cosas como que la violencia de El señor de la Querencia haya sido primera sintonía nacional. Cosas como que las novelas chilenas eviten de manera pudorosa el tema social, cosas como que el roto sea ahora el “flaite”, es decir, el delincuente sospechoso. Cosas como que Piñera vaya a ganar la presidencia, cosas como que la Concertación se mire a sí misma con vergüenza, cosas como que nadie proteste casi nunca, cosas como que se haga esa protesta siempre con extrema violencia ciega, violencia policial y violencia de los manifestantes, violencia de los hijos de la leche en polvo que escasea y los terremotos que destruyen edificios casi nuevos en que los constructores se llevaron el cemento consigo.

Construido nuestro orden económico por genios que terminaron en la cárcel (Lüdders), sabemos que hay en nuestro orden algo delictual. Un crimen que todos callan, porque hay cosas que son menos recordadas por los medios oficiales como la crisis del 82. De pocas cosas tienen menos recuerdos los Melnick, los Sergio de Castro, los José Piñera que el colapso total, el más grande de nuestra historia económica, a la que llevaron. Quizás esa misma impunidad total de una cierta elite que nunca se equivoca, que nunca pide perdón, es la base de la violencia.

En la crisis americana todos participaron y todos pagarán. En la nuestra, sin consenso alguno, se impusieron reglas que fracasaron.

El fracaso fue luego en la historia oficial, un pleno éxisto. La crisis del 82 no existió, sólo el rock latino, Michael Jackson y Don Francisco juntando arrroz y salsa de tomate cada vez que llovía y la tierra temblaba. La izquierda misma, demasiado ocupada en la nostalgia de Allende y en el llanterío por sus víctimas, apenas ha reparado en esa historia. La gran aventura, la gran pesadilla de la clase media chilena, parece haber existido. Un sueño del que nunca despertamos,porque apenas estamos a punto de hacerlo, otra crisis nos recuerda nuestro olvido, nos devuelve al grado cero de nosotros mismos.