Por Rasmus Sonderriis

Un instinto básico del ser humano, sin duda número dos detrás del sexo, es echar la culpa. La habilidad en esa disciplina empieza en la temprana infancia. En las culturas de los pueblos originarios, cualquier desgracia se achaca a la brujería de alguien malévolo. En Angola y Congo existen asilos de niños expulsados de su familia por esa “razón”. Para los indígenas amazónicos, la muerte de un hijo por enfermedad siempre ha de ser vengada, matando a alguien culpable de “negligencia espiritual.”

Los hombres modernos no somos nada distintos. Ante un fallecimiento, lo primero que buscamos es a quién culpar (preferiblemente alguien con dinero). Por lo mismo, nos fascinan mucho más los asesinatos que los accidentes. Total, de nuestro morbo culpamos a la prensa sensacionalista.


Echémosle la culpa al mejor

El poeta incomprendido culpa a la casa editorial. Los padres de delincuentes culpan a la mala compañía. Si los hijos son drogadictos, culpan a los vendedores de la droga.

El gobierno es un blanco privilegiado. Los automovilistas que contaminan lo culpan por el smog, y también por la restricción vehicular. Los deudores habitacionales lo culpan por cobrar. Hasta las víctimas de terremotos y erupciones volcánicas culpan a las autoridades, pues, tenemos un planeta lleno de magma revoltoso, ¿y quién se hace responsable, eh?

El clásico idiota latinoamericano culpa a Estados Unidos. No sólo por lo más evidente, es decir, que nuestra escasez se debe a su abundancia, sino hasta por las picaduras de los insectos. Ahora que están en crisis económica, muchos estadounidenses culpan a los países emergentes. Es obvio que el gringo queda cesante cuando el chino trabaja demasiado. Por flojos, en cambio, los ricos culpan a los pobres. La gente de izquierda culpa a los ricos por la pobreza, a menos que sean whisky-socialistas, entonces sólo culpan al “sistema”.

El instinto básico también predomina en la política. En Argentina se eligen gobernantes populistas, porque son buenos para echar la culpa a quienes no votan mayormente en las elecciones (la última vez fueron los especuladores, las empresas extranjeras y el Banco Mundial), y luego, cuando ese enfoque fracasa, los mismos en el poder son perfectos para ser culpados por el pueblo argentino, el que – con su conciencia limpia luego de echar a los políticos culpables – vuelve a elegir a otro populista.

Se ha culpado a los judíos mucho más de una vez, aunque aquella vez en particular fue en forma indescriptiblemente demencial, y se les echó mucho más que la culpa. Hoy día eso sirve para echar más culpas todavía. Cuando Israel anexa territorios y bombardea países vecinos, los que se oponen son culpados de la vieja costumbre de culpar a los judíos.

Justamente por su carácter de instinto, tiene su lado positivo también. Expresa que la humanidad no acepta limitaciones. Si se nos imponen inconvenientes, exigimos una explicación, o más concreto y mejor, un culpable. Ya sea que las personas echamos culpas o polvos, en general, somos criaturas con un profundo anhelo de existir, combinado con una prolífica fantasía e ilusión infantil. De ahí también las religiones y las expectativas sobrenaturales de eterna felicidad.

El lado negativo es que necesitamos sentir que todas nuestras penalidades, grandes o relativas, son injusticias, para no caer en admitir lo evidente, que la existencia no está hecha a nuestra medida, sino que nosotros estamos hechos a la medida de ella.

Y tú de eso, ¿a quién le echas la culpa?