Eduardo Gatti, cantautor.

Integrante del desaparecido grupo Los Blops y cantautor chileno ineludible, Eduardo Gatti revisa aquí su carrera musical, recordando los tiempos en que iba a la tele y la vez que teloneó a Paul McCartney y estuvo a la patada y el combo con los matones que protegían al ex beatle. Además, en su condición de miembro de la SCD, Gatti habla de derechos de autor en la era de internet. Todo esto con ocasión de los 30 años del llamado Canto Nuevo, que se celebrarán con un concierto el 11 de octubre en el Teatro Caupolicán. También estarán Luis LeBert, de Santiago del Nuevo Extremo, y el dúo valdiviano Schwenke & Nilo, con quienes también conversamos.

Por Juan Pablo Abalo • foto: Alejandro Olivares

Si tuvieses que elegir tres canciones como las más representativas del llamado canto nuevo, ¿con cuáles te quedas?
-Elegiría “A mi ciudad”, de Lucho Lebert, “El viaje”, de Schwenke y Nilo, y… ¿cual otra? Para mí, Santiago del Nuevo Extremo y Schwenke y Nilo fueron fundamentales, así que quizá eligiría otra de Santiago.

¿Y tuya?
-De esa época, creo que la canción que entró fue “Quiero Paz”, más que “Los momentos”, que ya había sido editada antes.

¿Qué lecturas alimentaban y alimentan las letras de tus canciones?
-Mis letras se han alimentado principalmente de vivencias muy directas, de personas que conozco,amigos, situaciones sociales o sicológicas que percibo, carencias, etc. Leo poesía, no mucha pero algo leo, me encanta Rilke, para mí es uno de los grandes de la poesía, el mismo Neruda no deja de sorprenderme, pero no soy un gran lector de poesía.

¿Crees que el resultado es bueno cuando el arte y la política se mezclan?
-Creo que es una mezcla que hace que ambas cosas puedan perder.

¿Cómo así?
-A mí nunca me ha gustado el arte panfletario. Me gusta la poesía, me gustan las cosas bien dichas, me gusta la verdad también, pero siento que ya cuando algo es absolutamente instrumental, cuando es evidente que es para un fin específico y un partido político específico, las cosas empiezan a perder su valor. Se transforman en otras cosas, en un jingle adornado.

¿Y en el canto nuevo, no había canciones de evidente discurso político?
-Pero en el Canto Nuevo eso es mucho más sutil, quizás por el momento que estábamos viviendo. Son canciones más metafóricas. Obviamente que habían canciones seguramente más militantes, pero en general, si analizas las letras, por ejemplo las dos canciones que te nombré, verás que hay mucha metáfora, y eso es muy interesante porque entras en la poesía y a través de ese medio las canciones tienen más posibilidades de llegar al alma de la gente y no quedar nada más que como una cosa instrumental.

MINISTRA Y DERECHOS DE AUTOR

¿Cómo evalúas el trabajo que ha hecho la ministra de cultura y el ministerio en general?
-Tengo sentimientos mezclados. Creo que se ha hecho mucho en cultura, creo que los gobiernos de la Concertación se han preocupado del tema, creo que es muy bueno que haya un Fondart. En el gobierno del presidente Lagos se duplicó el presupuesto para la música, tengo entendido que la presidenta Bachelet prometió duplicarlo nuevamente, pero hemos tenido algunos problemas para entendernos.

¿Con la ministra?
-Sí, con la ministra y sobre todo con sus asesores, pero yo diría que estamos en buen camino.

¿No te parece que cuando las artes se estatizan, la creatividad se uniforma, se acomoda y pierde fuerza?
-Indudablemente, pero no creo que sea ese el propósito del gobierno. Todos los artistas tenemos sociedades de gestión -los músicos tenemos la SCD- y esos son los lugares desde los que operamos y cuidamos nuestros derechos, de modo que la idea de estatizar sería absolutamente tirada de las mechas, el mundo no va para allá.

Con las nuevas tecnologías que determinan hoy a la industria musical, ¿crees que la defensa de los derechos de autor es una pelea plausible de dar o ya no hay por dónde ganarla?
-Es sencillamente que el cambio de tecnología ha sido tan dramático que los soportes tradicionales empiezan a desaparecer y todo se transforma en algo virtual, que por lo demás siempre fue un poco así, la música es un poco virtual por naturaleza, intangible podríamos decir. Ahora, eso requiere, simplemente, una distinta forma de administrar esos intangibles. Si ahora la música puede estar adisposición de millones de personas, también tenemos la tecnología suficiente para saber qué están escuchando esos millones de personas. Hoy es perfectamente posible esa gestión. Lo que pasa es que hubo un aprovechamiento de esta tecnología para que todo fuera gratis, pero ahí hay un engaño, internet no es gratis, todos pagamos por eso, entonces quien se lleva la plata son los carrier, los operadores de internet: ahí está el gran negocio. Una sola empresa tuvo ganancias millonarias acá en Chile y de eso, cero peso va a los que proveen los contenidos.

¿Qué empresa fue esa?
-No sé exactamente cuál, así que no me atrevo a decirlo, pero estamos hablando de empresas como Telefónica o Entel. Entonces si ellos tienen la tecnología para recaudar, no veo porque no tendrían la tecnología para poder pagarle a quienes proveen los contenidos.

EL ESTADO COÑETE

Algunas de tus canciones más memorables, esas de buena vejez como “Los momentos” o “La loba”, las compusiste en tiempos de convulsiones sociales. ¿cómo ves el panorama hoy, en que Chile parece marchar sobre una Pathfinder y donde ser cantautor y hacer canciones es más un pasatiempo?
-Mira, yo creo que hay tiempo para hacer una defensa de ideas y hay tiempo para cantarle a la belleza, a las personas, a sus anhelos, al amor, no sé. Tú no puedes poner a la música nada más que como un instrumento de defensa de ideas. Es un arte con una libertad absoluta y eso es lo maravilloso de las artes. Si es por eso, ¿qué idea defendía Mozart? Él no defendía ninguna idea, pero tú lo escuchas y, ¡por favor!, la profundidad sicológica, estética, yo creo que ni siquiera la pintura logró retratar al siglo XVIII como lo hizo Mozart con su música. No me parece que el arte tenga que ser un defensor de ideas todo el tiempo, puede serlo. Nos podemos ir de lo social a lo íntimo, sicológico, en fin, el arte es infinito.

¿Qué te parece el cuello de botella en que el sistema está metido con esta crisis?
-Yo pienso que esto es más una crisis financiera que económica. Indudablemente que esto es una luz roja enorme que se prendió. Esta contradicción del capitalismo de que cuando le va bien tiene ganancias y no depende de nadie y cuando tiene pérdidas, lo pagamos todos los demás. Eso hoy día va a ser analizado en profundidad y por lo tanto no creo que volvamos a tener una crisis así y obviamente tiene que haber un Estado que regule todas estas transacciones. Ahora, todos los que dicen que el Estado no sirve para nada, piden su salvataje. El Estado nunca debiera desparecer, es una forma de gobierno que existe en las tribus más antiguas, alguien que decide lo que se hace y lo que no se hace.

¿Esta crisis podría cambiar un poco los hábitos de los chilenos?
-A los chilenos nos haría súper bien un poquito de crisis, no toda, pero un poquito, porque nos hemos
transformado en un país tremendamente consumista, arribista y gastamos plata realmente en tonteras. Para mí no tiene sentido comprarme un auto nuevo cada año. Hay autos usados impecables, yo no tengo esa mentalidad. Yo el auto lo uso y lo cuido y tiene ocho o nueve años. Soy de una economía suave, no esta economía fuerte que te obliga a comprarte una casa de cuatro metros cuadrados pero en un barrio que te costó una fortuna. La mentalidad arribista existe, somos en ese sentido un país un poquito atrasado.

“Hasta qué punto la gente de nuestro tiempo ha perdido la capacidad de recibir el arte real y ha llegado a acostumbrarse a recibir como arte cosas que no tienen que ver con él”, dijo León Tolstoi en el siglo XIX. ¿te parece que esto ha cambiado, pensando sobre todo en la televisión y la radio?
-En Chile, en ese sentido, no estamos bien en la televisión. Y la radio, se salva alguna, como la radio Zero, que solo toca música chilena. Hay radios que tratan de ayudar, pero aquí no es una cuestión de ayudar, es una cosa de mentalidad y desgraciadamente estamos abiertos a todo lo de afuera. Pal 18 nos ponemos traje de huaso, bailamos cueca, hacemos todo el show, pero el resto del año, eso sencillamente desaparece. Cuando dicen que somos como EEUU, ni siquiera, ojalá, somos una cosa hibrida rara.

¿Qué te pareció el recién premio nacional de música, Miguel Letelier?
-Yo no conozco la obra de Miguel Letelier, me declaro ignorante en ese sentido, así que no podría juzgar esa situación.

¿Y no resulta dificil que folklor, la música popular y la música clásica vayan a la pelea todas juntas?
-Son cosas distintas la música docta, la popular y la folklórica; no se pueden premiar con los mismos criterios.

¿Las premiarías por año, un año una, después la otra y así?
-Yo no creo que le vaya a producir al etario nacional ningún tipo de perjuicio el hecho de que se les dieran premios a las tres disciplinas todos los años.

Pero el Estado al parecer está lejos de eso, pensando en que solo da uno y ojalá que el premiado esté cerca de los setenta años.
-Lo que pasó es que el Estado, y con todo respeto lo digo, está un poquito coñete. Estamos con un precio del cobre que ni lo soñábamos y decía que este país se arreglaba si el cobre llegaba a dos dólares la libra y llegó a tres, o sea, esta cuestión debería estar fantástica. La gente y uno mismo deberíamos sentir que te están dando algo, siento que lo único que hacen es cobrarte y cobrarte cada vez más. Pero qué me están dando. Se están haciendo cosas como el auge, pero debería haber más, como este premio que debería ser a las tres disciplinas.

LA MÚSICA EN LA TELE

Te aburriste de seguir los dogmas que, como verdades, el conservatorio te impuso de joven, agarraste tus cosas, te subiste a un barco y partiste a Europa, ¿cómo crees que ese viaje, si lo hizo, cambió tu modo de ver las cosas?
-Esa fue la decisión final. Yo tenía un cierto apego al Conservatorio en mi iniciación en la música clásica. Era un gran consumidor de música clásica siendo muy chico, iba a la galucha allá arriba en el Municipal, por mi cuenta. Yo creo que mi formación en la música clásica fue muy importante, muy necesaria, pero llegó un momento en que me pillaron los Beatles y todo lo que eso significó, Bob Dylan, una Violeta Parra aquí en Chile, los Rolling Stones con su cosa más rompedora. Todo esto me pillo en plena adolescencia y ahí me di cuenta de que la música tenía otras implicancias y que se salía de toda esta cosa lánguida, estas letras típicas, repetitivas, del desengaño, etc. Todo esto tenía más contenido, me atrajo mucho y ahí vino el cambio en el fondo a la música popular, sin dejar el estudio de la guitarra clásica, pero de alguna forma empecé a investigar por el otro lado, con grupos en el colegio. Cuando vino este viaje, justo compuse “Los momentos” y me dije “esto es lo mío”. Esa canción me dio la pauta de que podía hacer algo mío, no tenia que necesariamente estar imitando a los Stones o a los Beatles. Ese viaje fue entrar a la madurez musical.

¿Cuándo te invitan a tocar a la tele, te ponen como condición tocar “Los momentos”?
-No necesariamente; de hecho, cuando los artistas chilenos actuábamos en televisión, porque ahora ya no es así, me acuerdo que iba a Sábados Gigantes en los ochenta y me preguntaban qué iba a tocar. Nunca me dijeron toca esta canción o esta otra. Generalmente tocaba dos canciones y me gustaba que ese espacio, esos tres minutos, fueran tuyos. No te ponían una pasta de dientes detrás y no me decían lo que tenía que cantar, de modo que yo agradecí mucho esa libertad. Habían algunos que si te sugerían, pucha canta esa canción, pero yo también les dije que no. No quiero cantarla, quiero cantar otra como “Quiero Paz” o “Naomi”, que son canciones que la gente ya las ha internalizado, así que no tuve mayores conflictos, hubo un respeto mutuo y tampoco yo andaba detrás de ellos.

¿Eran más sanas las relaciones entre músicos y los canales de televisiòn, de lo que son hoy?
-No sé, porque como te digo la televisión para mí es un mundo que se acabó y no soy el único. Es un mundo que para la música se acabó.

MALA ONDA McCARTNEY

Paul McCartney te eligió para que abrieras su concierto en Chile en 1994, ¿cómo fue eso? ¿Hablaste con él?
-No, mira, ahora voy a contar un poco la verdad de eso. Muchas veces me han preguntado: “¿Estuviste con McCartney?”, y les digo que sí, que claro, que por supuesto. Pero la verdad es que no. Fue una experiencia bastante desagradable. Tuvo de dulce y agraz, como dicen por ahí.

¿Por qué?
-No es que McCartney me haya pedido a mí; los productores de él me llamaron la noche anterior porque querían tener un artista chileno que abriera el concierto. Cuando me dijeron esto, pensé que era una broma y los mandé a la cresta, pero después me empecé a dar cuenta de que no era una broma, y entonces me temblaron las rodillas porque me di cuenta de que no tenía tiempo para ensayar… Estamos hablando del Estadio Nacional y yo me veía solo con mi guitarra en el estadio y dije “me van a matar, la gente va a ver a McCartney y voy a salir solo con una guitarra como si estuviera en Las Rosas”.

¿Pero aceptaste finalmente?
-Sí, finalmente acepte por el desafío, partí para allá, hable con el ingeniero de McCartney, le manifesté mi terror de estar solo con una guitarra acústica. Él me dijo: “pásame todas tus cosas, yo te la voy a tener afinada, ecualizada y cuando salgas, te aseguro que vas a tocar tranquilo”. Dicho y hecho, porque la verdad es que el sonido era extraordinario. Escuchaba mi guitarra en 360 grados alrededor. Sonaba maravillosa y lo que eran solo cinco canciones terminaron siendo ocho, la gente enganchó bien. Ahora, el detrás de bambalinas no fue muy agradable.

¿Por qué?
-No sé si andaban con una paranoia de que lo fueran a matar a McCartney o qué, pero tenían unos guardaespaldas insoportables. Me acuerdo que los carabineros chilenos parecían unos suches de ellos, lo cual me dio rabia. Incluso en algún momento me quisieron negar el acceso al catering del estadio, que traían ellos, y les pegué una parada de carro fuerte y aceptaron, pero finalmente no pude ver a McCartney. Yo no haría eso con un artista que me está teloneando. De hecho yo pido que haya un telonero y voy donde él, lo saludo, le agradezco el estar ahì. Aquí no, esto era nada que ver, una cuestión a lo…

¿Te gustan los escenarios grandes?
-No me gustan mucho. Como política en general trabajo en lugares medianos. Y odio los gimnasios porque todos suenan mal.

Tú tocaste en el Festival de Viña. ¿Estás de acuerdo con eso de que es el escenario más importante de Chile?
-No, para nada, no es así. Es un festival importante seguramente, para nosotros y un par de países latinoamericanos que les interesa estar ahí, pero no es el principal escenario de Chile, porque si fuera así las canciones que ganan el festival la gente sabría cuales son. Pregúntale a alguien qué canciones han ganado el festival de Viña y vas a ver que, salvo el caso de Ubiergo, nadie se acuerda.

¿Qué buscabas en los talleres que en Chile, dictó Robert Fripp, fundador de King Crimson?
-Yo buscaba dos cosas. Me interesaba la personalidad de Fripp, que está relacionado con todo un trabajo evolutivo, relacionado con la corriente de Curyieff y algunas corrientes orientales de principios de siglo, trabajos internos, y la otra muy práctica: yo quería tener una mejor técnica con la uñeta en la guitarra eléctrica y, en el manejo de esa técnica, Fripp es impresionante.