Por Rasmus Sonderriis

No es común que la televisión chilena humanice a los narcotraficantes, pero Megavisión hizo un aporte con el retrato de Giovanna, una joven madre peruana que por querer educar mejor a sus hijos y cuidar a su mamá enferma se tentó a pasar droga por la frontera. Ahora estará muchos años en una cárcel miserable sin ver crecer a sus hijos. ¡Vaya moraleja!

La “Guerra contra las drogas” debería rebautizarse “La guerra para aumentar el lucro con las drogas”, y no lo digo yo, lo dicen los propios guerreros antidroga, cuya vara para medir el éxito de su lucha es precisamente un aumento en el precio de la mercancía ilícita (reflejando su mayor escasez). Es decir, nuestras fuerzas de orden están dedicadas día y noche a aumentar las ganancias de los delincuentes más hábiles e inescrupulosos, ya que cada incautación de estupefacientes es un fuerte subsidio a favor de los maleantes que siguen en circulación. Está oficialmente admitido que nunca se podrá detener el flujo de la droga, sino sólo encarecerla. En otras palabras, la máxima aspiración de nuestra ley es tomar partido a favor de algunas pandillas por sobre otras. En eso gastamos tantos miles de millones. ¡Es cómo morderse en la cola como un perro estúpido!

No es casual que la legalización de las drogas es una causa global de cierta derecha moderna y juvenil. Para un liberal de verdad, ¡los narcotraficantes son los héroes del libre comercio! El rol de la policía es una payasada, pero con consecuencias más trágicas que cómicas. Ayuda a enriquecer a los que saben burlar la misma policía. De hecho, los narcotraficantes cobran a los consumidores por esa especialidad, no por el producto en sí mismo. Entonces, al problema de salud pública se añade el de la prosperidad de las mafias, con mucha potencia para corromper y tentar hasta a madres pobres como Giovanna.

Por supuesto, no estoy a favor de que la gente tome drogas. He observado que en muchos casos afecta la personalidad aún peor que la salud física. Pero eso lo he visto bajo un régimen de prohibición total, y eso no les impidió ser compradores voluntariosos antes vendedores voluntariosos. Todos los padres somos ansiosos de proteger a nuestros hijos del flagelo de la drogadicción. Lo más humano es echar la culpa a otros – a los cínicos vendedores – en vez de asumir que hemos fallado en nuestra educación.

Pero tenemos que confiar en la libertad para hacer lo correcto – y también para equivocarse – de las personas que criamos. Y si a algún político “duro con las drogas” no le preocupa la inmoralidad de perseguir a los volados, ¿cómo defiende moralmente seguir enviando a conscriptos colombianos a morir para tratar de proteger a los drogadictos en los países ricos de sí mismos? ¿Cómo justifica el espectacular fortalecimiento del poder de guerrillas, paramilitares y crimen organizado en nombre de que ningún pobre huevón se haga daño a sí mismo?

Con o sin la facultad legal para hacerlo, si alguien quiere drogarse, lo hará. Ojalá se infrinja el menor daño posible, ojalá haya mecanismos para ayudarlo. Pero lo que no tiene cabida es pretender responsabilizar a otros de todo eso, a gente como Giovanna. Y menos a sus hijos.