Por Carolina Errázuriz Mackenna.

Ya lo he dicho. No leo literatura erótica ni sigo autores calentones ni tengo colección de comics hot. No me jacto de esto en todo caso, es más bien una muestra de debilidad, ignorancia, y en parte, de soberbia. Porque de alguna manera quiero decir que no le copio a nadie lo que hago en este pasquín, algo que me imagino no le interesa a nadie más que a mí misma… Pero, bueno, una cosa es que no lea comúnmente literatura caliente y otra es que nunca lo haya hecho. “La vida sexual de Catherine M.”, escrito por Catherine Millet, es una excepción. Aunque ni tanto porque lo compré hace años y nunca lo terminé. El libro, según dice la contratapa, fue escrito por una chica (que calculo es una señora) directora de Art Press, una publicación sobre arte contemporáneo y bla, bla… Lo que quiere decir al final es que la autora de tanta guarrada que uno se avecina a leer es una mujer sofisticada y bien educada. Una intelectual mejor dicho. Así parte, pues, la lectura de esta magna obra que relata, tal como su título lo dice, la historia sexual de la señorita Millet. La cual es activísima, a tal extremo que la chica en cuestión adora el sexo en grupo y se la pasa follando con Pedro, Juan, Diego, Julio, Julia y lo que sea y dónde sea. Pero a mi gusto, lejos de ser calentón es algo, como la autora misma, muy intelectual, algo gélido y en su mayoría un relato del viejo-mete-y-saca demasiado cool para mi gusto. Una no va de polla en polla como de bar en bar, quizás claro, esta es una visión latina del mundo. Eso de que la culpa, los celos, la rabia, la vergüenza, el pudor estén presentes de alguna manera en el sexo lo hace para mi más real. De hecho, esta columna no existiría si en cada revolcón no hubiese algo de todo lo anterior… Si para mí fuera como lavarse los dientes, pues no tendría más que una columna. A lo sumo dos.

Pero claro, no estoy dando la lata con la Millet si no creyera que hay algo rescatable en su libro. Y que lo más rescatable para mí fue que este mismo discurso sobre su frialdad e intelectualidad se lo dije a un tipo hace un tiempo. Y como estábamos en mi casa, pues me hizo sacar el libro y me pidió que le leyera una parte. Estábamos en mi cama, acostados, ya habíamos tenido sexo y era esa hora en que hay que decidir si el tipo que está por desgracia en pelota en tu cama se tiene que quedar o se tiene que ir. Un momento al que pocas veces me veo enfrentada ya que, por lo general, si es que tengo dudas sobre el hombre, me encargo de estar yo en el lugar del tipo y poder huir si es necesario… Pero bueno, estábamos en ese trance y le intercambié la lectura de un pasaje de la Millet por su partida amable de mi casa… Como un juego. Lo elegido del libro fue lo siguiente:

“En Chez Aimé los contactos entre personas eran menos corteses. Aimé era un club de intercambios muy concurrido(…) El placer de entregarse durante largas sesiones en Chez Aimé, con las nalgas clavadas en el borde de una mesa grande de madera, y la luz suspendida que me caía sobre el torso como sobre un tapete de juego, sólo se iguala con mi aversión al camino que conducía al lugar. Estaba lejos de París(…) Eric no me avisaba nunca del programa de la velada (…)” El tipo que está en mi cama a punto de irse comienza a bajar hacia mi entrepierna… “Sin embargo, cuando comprendía que estábamos en camino, me sentía ansiosa(…) Era un estado próximo al que me embarga siempre al dar una conferencia(…)Se entraba por el bar. No conservo el recuerdo de que allí me poseyeran, aunque el hecho de tener el coño en contacto con el molesquín de un taburete, y de las nalgas aplastadas se prestasen muy bien al manoseo de hurtadillas, haya pertenecido al registro de mis fantasmas más antiguos”… Comienza a lamerme suave el clítoris y luego la lengua sube y baja por toda la entrepierna como si se comiera un helado… Y sigue el texto: “No estoy segura siquiera de haber estado atenta a lo que ocurría a mi alrededor, a las mujeres que estaban plantadas cerca del mostrador y a las que en efecto acababan de batir el chocho o las mantecas del culo. Mi sito estaba en una de las salas del fondo, tendida en una mesa, como he dicho. Las paredes estaban desnudas, no había sillas ni banquetes ni nada más en aquellas habitaciones que las mesas rústicas y las lámparas que colgaban en el techo”… Me deja cada vez que sube y baja mucha saliva que se va uniendo a mi humedad… Estoy empapada… “Podía permanecer allí dos o tres horas. La pauta era siempre la misma: unas manos recorrían mi cuerpo, yo agarraba pollas, giraba la cabeza a la derecha y a la izquierda para chuparlas, mientras que otras empujaban mi vientre…” Sube a mi oído y me dice que siga leyendo, que no pare, que siga, y me roza con su verga dura la entrepierna que está derretida como mantequilla caliente… “Durante una velada podían turnarse de esta forma una veintena. Esta posición, la mujer de espaldas, con el pubis a la altura del pubis del hombre bien plantado sobre sus piernas es una de las más cómodas y mejores que conozco. La vulva está muy abierta, el hombre está a su gusto para entrar muy horizontal y embestir sin interrupción al fondo de la pared”. Me la clava despacio, suave, de a poco y me cuesta leer… Sigue, sigue leyendo, dale, dale… Sube y baja con su verga dura dentro de mí…Y el clítoris que está lleno de saliva se frota como los dioses y esta hirviendo… “Son polvos vigorosos y precisos. Algunas veces recibía remetidas tan fuertes que tenía que agarrarme con las dos manos al borde de la mesa y …sigue, sigue, por favor, métemela más fuerte, dale, dale…durante mucho tiempo tuve casi contínuamente la marca de una pequeña desolladura justo encima del coxis, donde mi columna vertebral se había restregado con la madera rugosa”.