Hace dos semanas estos muchachos accedieron a tomarse estas inéditas fotos con sus armas favoritas: las que usan para defenderse de otros como ellos y para robar a algunos como usted. Entre pose y pose al estilo rapero, apuntando a la cámara y luego simulando volarse la tapa de los sesos, hablaron sobre la volá flaite y contaron por qué es necesario armarse para vivir en la pobla de hoy.

Por Claudio Pizarro • Fotos: Alejandro Olivares

Cuando el “piño” aparece en el callejón, Marito saca la escopeta del coche de las guaguas, fondeada entre los pañales, y el Tyson desenfunda el revólver oculto bajo el cinturón. No hay tiempo que perder. Los pacos pueden aparecer en cualquier momento y “funar” la sesión fotográfica. No es primera vez que el grupo posa con armas. En sus celulares hay decenas de imágenes donde aparecen con la mirada furiosa y la pistola apuntando a la sien. Camila, la madre de las niñas, acomoda a sus hijas para la foto y luego se apoya en el muro con los brazos cruzados. Tyson empuña el arma y apunta a la cámara mientras las gemelas de dos años miran hipnotizadas el lente. Suena el primer click. La sesión continúa.

Algunos se sacan las poleras, exhiben sus tatuajes y asoman los primeros cuchillos. En la mayoría de las fotos aparecen con la cabeza inclinada y la boca levemente fruncida. Todos miran a la cámara con rostro de “no te metas conmigo”. Las poses son las mismas que utilizan los raperos en los videos de MTV. Luego de la sesión los muchachos se retiran. Sólo Tyson y Yandell acceden a conversar.

Las fotos fueron tomadas hace dos semanas. Los muchachos que aparecen en ellas no superan los 20 años. Viven en un lugar conocido como el Triángulo de Las Bermudas, una tierra de nadie, donde colindan tres comunas de la zona sur de Santiago. Sus padres llegaron hace más de diez años provenientes de diversas barriadas de la capital buscando salir de la miseria y el hacinamiento. Acá encontraron el “sueño de la casa propia” en villas de viviendas pareadas rodeada de peladeros. Lejos del centro, las carreteras concesionadas y los mall. Los chicos crecieron aquí y no tardaron en comprender lo que significaba vivir en la periferia.

Tyson llegó a la villa cuando tenía diez años, ahora tiene 19. Su familia quería cambiar de aire pero, con los años, el ambiente se ha vuelto irrespirable. Cada vez son más los conjuntos habitacionales que se edifican y la tensión entre los vecinos aumenta día a día. El odio y el resentimiento se huele a distancia. Los barrios se han transformado en verdaderas fortalezas. Sobre las rejas, increíblemente altas, cuelgan alambres de púas. Las villas parecen campos de concentración. Basta que alguien mire feo a otro para que la violencia se apodere de las calles. “Hay muchos gueones picados a choro”, asegura Yandell, de 16 años, quien acaba de tatuarse en la espalda la frase “mamá te amo”.

La “choreza” en la villa es casi un estilo de vida. Todo el mundo quiere hacerse respetar para que “nadie se pase películas”. Y no hay mejor manera de hacerlo que portar un “cañon” para “defenderse”. Nunca falta el enemigo. “Es una cuestión territorial”, aseguran.

Hace dos años atrás, un 11 de Septiembre, dos villas vecinas se enfrentaron a balazos. Las disputas ya no son entre pandillas. Son barrios enteros los que pelean. Tyson recuerda que aquella vez toda la villa estaba parapetada en el callejón “apuntando con las pistolas pa’fuera”. Sus vecinos quemaron un auto y amenazaban con saquear sus viviendas.

-Cuatro gueones trataron de meterse a las casas y “pah” cuetiándonos con los giles. Salieron de vuelo pero igual tiraron sus escopetazos- rememora.

La mayoría en la villa dice que no posee armas pero que “basta un telefonazo para conseguirlas”. Tyson dice que posee una pistola pero prefiere “tenerla en la casa haciendo gimnasia”. No es necesario, a su juicio, andar todo el día con ella en la calle. Las armas generalmente las venden los narcos que hacen mexicanas a sus colegas. También admiten que existe bastante armamento inscrito. “Los sacan de repente porque si andai tirando balazos con una pistola inscrita y te pitiai a un culiao te cachan al toque y más encima tení que andar buscando los casquillos pa’ no funarte- cuenta Tyson.

Los muchachos saben de armas. Yandell las encuentra bonitas y Tyson bacanes. Por eso les gusta sacarse fotos con ellas. Son sus fetiches, sus juguetes. Tener una de ellas en la mano es un símbolo de poder. “Nos encanta el olor a pólvora”, dicen.

-Yo he tenido la terrible 357 Magnum, matapacos, plateadita… de choro- cuenta Tyson.

Ambos reconocen los distintos calibres. Saben diferenciar perfectamente entre una 9 milímetros, una 38 y una 45. Pero prefieren las grandotas porque intimidan. “Si le sacai así un pistolón a un gueón queda loco”, aseguran. Los rifles ya pasaron de moda, los usan para matar pájaros y afinar la puntería. De los cuchillos ni hablar. “Naaa, le sacai una pistola y el gueón se mea. Se mete el cuchillo en la raja”, cuenta Yandell.

La violencia en el barrio es casi una forma de botar tensiones. A veces todo el piño se junta en la plaza a boxear. Alguien trae un par de guantes y se van formando parejas. Ni siquiera hay rounds. “El que cae cae”. Es una versión local de El Club de la Pelea, la película donde Brad Pitt y Edward Norton se aforran hasta el cansancio. Ellos no han visto esa cinta pero sí son fanáticos de la Ciudad de Dios. Las sangrientas aventuras de Ze Pequenho en las favelas de Río es material de culto en la villa.

-La mejor imagen es cuando el gueón tira la pelota pa arriba y pahh la revienta de un balazo- asegura Yandell.

También hay otros clásicos como Carambirú. Yandell hace una pequeña sinopsis: “Se trata de un cabro chico, entero picao a choro, que se pitea autos y es entero aguja pa manejar y se les arranca a los pacos y gueá”, resume.

Al igual que en las películas, los escarceos con la policía son frecuentes. El año pasado, recuerda Tyson, “los ratis trataron de reventar a unos narcos y llegaron como con treinta patrullas. Tiraron cualquier balazo con las “pajeras” apuntando a la plaza”, asegura.

De todo el piño Tyson es el único que ha caído en cana. “De los 11 a los 17 años me pitié cualquier asalto”, reconoce. Desde que lo pillaron la última vez no ha vuelto a delinquir y apenas le quedan dos firmas para “librar”. No está seguro si va a volver a las pistas. “Es que cuando ganai 300 lucas en dos días no estai ni ahí con trabajar”. Luego agrega: “trabajar un mes para ganarte una gamba y media no pa’ha na”. Antes que lo pillaran Tyson trabajaba con dos compañeros. Robaban autos, asaltaban y realizaban algunos atracos en grande. Con la plata recolectada salían a “bacanear”. “Me compraba buzos Nike, zapatillas connotadas, iba a la disco y nos gastábamos como una gamba en falopa”, recuerda. Esos días no se aparecía en su casa. Se quedaba en el centro jalando dos días seguidos. Los asaltos no eran planificados, asegura, “se daba la mano y lo hacíamos nomás”. La única vez que lo pillaron fue hace dos años cuando intentaron asaltar un local de comida rápida.

-Entramos con las pistolas y nos pillaron al toque. No alcanzamos a reaccionar. Nos dijeron manos arriba, de ahí al suelo, y nos sacaron la chucha a puras patás- recuerda.

No hay mejor sensación, reconoce, que poder “librar” de los pacos: “es bacán la adrenalina culiá… Es de choro”.