Por Álvaro Díaz

En la antesala del mundial España `82, el gordo y hoy difunto entrenador de la selección chilena Luis Santibáñez amenazó a sus críticos con una frase que se convirtió en su mayor legado: “A la vuelta se van a querer subir todos al carro de la victoria”. La verdad es que ese tren iba dirigido con decisión y bríos directo hacia el fracaso absoluto, y el folclórico Locutín tuvo que vivir en carne propia eso de que la victoria tiene mil padres y la derrota es huérfana. Pero lo del carro de la victoria quedó para ilustrar un comportamiento humano tan descarado como habitual.

Cualquiera que lea las ediciones de hoy de El Mercurio, La Tercera –quizás con qué salga La Segunda en la tarde- o haya visto las noticias matinales de Canal 13, del Mega o de Mauricio Bustamante, habrá pensado que el triunfo de Obama ayer en la noche fue algo tan consensualmente feliz como llegar a la meta en la Teletón o que la selección chilena se lleve los tres puntos en una eliminatoria mundialista. Pero no. Si Obama “sólo” sacó un 5% más de votos que McCain. Es decir, un 45% de los votos que manifestaron alguna tendencia se fueron para el candidato que ahora todos desprecian. ¿Y quién es ese candidato? Simplemente el candidato más parecido a lo que El Mercurio, La Tercera, Canal 13, el Mega o Mauricio Bustamante pregonan. Ellos son McCain aunque ahora lo nieguen y lo escondan. Ellos no abogan por las libertades sociales ni por el respeto al medio ambiente. Ellos exigen seguridad, control, segregación y tratar a los a los menores de edad hundidos en la marginalidad como delincuentes hechos y derechos. Ellos despidieron con entusiasmo al “influyente” Ricardo Claro hace apenas una semana, obviando una serie de contundentes historias que bien explican por qué nadie lloró en su funeral. Ricardo Claro al menos era honesto: no habría dudado jamás en abrazar la causa de McCain y aborrecer la de Obama. Pero lógico, si es un negro.