Por Rasmus Sonderriis

Iba a publicar sobre el desastre en Argentina, las elecciones en Estados Unidos o los grandes desafíos de la humanidad, pero: ¿cómo yo podré escribir algo más inteligente sobre esas cosas que tantos serios y sensatos expertos y comentaristas?

Por ahora me conformo con algo tal vez trivial, pero donde no tendré tanta competencia. Voy a contarles sobre el amárico, idioma de la etnia amara y lengua nacional de Etiopía. A algunos les fascina el arte vanguardista, a otros su colección de estampillas. Yo rayo con el amárico. Pude conversar bastante bien luego de vivir en Addis Abeba, la capital de Etiopía, durante un año. Eso sí, me quedó mucho por aprender. Sólo logré leer a la velocidad de un alumno de primer grado, debido a las más de 300 letras y cuantiosos sonidos y distinciones entre sonidos que yo no conocía. Y nunca entendí un carajo del “azmari”, un bufón que toca una especie de violín tradicional cantando chistes patudos sobre los presentes llenos de dobles y triples sentidos.

Revista en amárico satiriza sobre el significado de “desarrollo” en Etiopía.

El amárico comparte rasgos con el árabe y el hebreo, entre otros primos lejanos de la familia semítica de lenguas. Pero en lo más inmediato, él y algunos idiomas más de Etiopía y Eritrea descienden del ge’ez, lengua del glorioso Imperio Axum de la Antigüedad, también conocido como el “etiópico clásico”, al que fueron traducidas las primeras Biblias en Etiopía en el siglo IV. Los axumitas letrados también sabían griego, e hicieron inscripciones en ambos idiomas. Hoy los sacerdotes etíopes todavía aprenden y recitan el ge’ez, que tiene una gramática, según dicen, más compleja que la latina multiplicada por la griega. Te recomiendo mucho aprender ge’ez, si es que tú quieres tener éxito en la vida. Es de hecho un requisito básico. Para poder decir que eres aún más bakán que yo. ;-)

Uno de los máximos placeres que busca el “turista inmigrante”, ése que no sólo visita los lugares, sino que trata de insertarse en la sociedad casi como un ciudadano más, es entender un chiste, no sólo en el idioma que se está aprendiendo, sino también en la cultura, en todos los conocimientos colectivos de una nación. Porque todo humor verbal, como comprenderá un lector de The Clinic, se basa en una serie de elementos del contexto. Para traducir aquellos de otras lenguas y realidades, habrá que incluir toda una explicación, la que tiende a ahogar la diversión. Ahora que lo haré igual, no pretendo provocar risa sino asombro.

En amárico, la exclamación “¡wa!” advierte a otra persona que no se atreva, que está siendo observada. Por ejemplo, la mamá le dice “¡wa!” al niño a punto de cometer alguna travesura. Muy coincidentemente, el sonido “wa” en la escritura etíope (que no es un alfabeto, sino un silabario) se reproduce con la letra indicada en la ilustración.

Para los etíopes, los edificios tradicionales que no sean las típicas chozas redondas tienen un frontis “wa”, refiriéndose a los troncos usados como vigas y el pilar que juntos hacen la forma de la letra ‘wa’. Es un uso lingüístico del alfabeto como cuando nosotros “giramos en U. ¿Estamos?

Entonces, en el contexto de un paseo en Etiopía, el chiste es: ¿por qué los ladrones no entran en esa casa ahí? ¡Porque es del tipo “wa”!

El hecho de contar un chiste tan sofisticado sube mi autoestima. Para la próxima opinaré sobre el desastre en Argentina, las elecciones en Estados Unidos o grandes desafíos de la humanidad.