Por Diamela Eltit, desde EE.UU.

En medio de uno de los escenarios más turbulentos de las últimas décadas, se pone fin en Estados Unidos a un gobierno que es considerado un verdadero desastre. Desde cualquier punto de vista, Bush o “W” (según el cineasta Oliver Stone) deja, a nivel nacional e internacional, una estela de desgracias: en términos económicos estalla una de las peores crisis bursátiles de la historia de Estados Unidos que debe ser atenuada con el dinero de los contribuyentes para salvar consorcios y bancos. Pero, sin duda, su legado más terrible es lo que él mismo denominó como la guerra del siglo XXI; la invasión a Afganistán y la ocupación en curso de Irak (puesta en marcha mediante informes falsos) con miles de miles de ciudadanos irakíes muertos y pérdidas económicas y patrimoniales inconmensurables. Y, desde luego, Guantánamo como un sitio material y simbólico “sin Dios ni ley”, pleno de imágenes fragmentadas de prisioneros políticos encadenados en el interior de un espacio que rompe todos los pactos en materia de derechos humanos. Los mismos derechos humanos que fueron invocados por “W”
para capturar y retener sin juicios ni legalidad alguna a los prisioneros.

Bush y sus generales consiguieron producir un debate público acerca de la legitimidad de la tortura. Su gobierno justificó la tortura mediante torcidos argumentos que remiten a temas de seguridad nacional. Pero, finalmente, el punto es si una sociedad democrática -bajo cualquier circunstancia- puede acudir a la tortura para obtener información. Y la respuesta de una sociedad democrática debe ser: NO. Debe ser así porque no existe ninguna circunstancia que permita que agentes de inteligencia torturen para obtener información.

Tejano, petrolero, hijo de su papá, Bush liberó hasta el paroxismo los movimientos bursátiles que precipitaron la actual crisis, pero, por otra parte, se entregó a la “agenda cristiana radical” y promovió todo tipo de trabas para opciones como el aborto, un territorio político ya ganado por antiguas y agudas luchas culturales.

Contrario al matrimonio de parejas homosexuales, buscó lo imposible: impedirlos en un país que ha tenido un avance notorio en materias de derechos civiles para las minorías. Aún así, su “agenda cristiana radical” ha tenido éxito puesto que McCain que es “pro choice” en materia de aborto, eligió como su vicepresidenta a la gobernadora de Alaska, Sarah Palin, madre post 40 años de un hijo que ella sabía de antemano que nacería con síndrome de Down y cuya hija adolescente de 17 años será madre en breve. Precisamente Palin representa esos valores –digamos- Bush, el mismo Bush que peleó su candidatura con McCain en el 2000 y lo acusó de ser en realidad el padre biológico de la niña huérfana que adoptó en Bangladesh. Y esta calumnia le costó su opción política puesto que las diversas iglesias cristianas le retiraron su apoyo. Así triunfó Bush el 2000 (desde luego hay que considerar que es un hijito de su papá). Pero, claro, ahora McCain en su propaganda aseguró que Obama es socialista, musulmán y amigo de terroristas, lo que para el ciudadano común estadounidense, mayoritariamente cristiano, es realmente una mezcla difícil de soportar.

Aunque hay que destacar que Bush, más allá de los incontables problemas económicos, militares y gubernamentales que ha tenido que afrontar, es bastante “humano” y hasta relajado. Ha sido uno de los Presidentes de Estados Unidos que más vacaciones tomó durante su gobierno y nunca, en ningún momento, ha dejado de jugar con sus perros. Más aún, mientras caían las Torres Gemelas con miles de personas en su interior, viajó de emergencia en un avión -especialmente acondicionado para su seguridad y protección- acompañado por su esposa y sus privilegiados canes.

Por supuesto es un alivio que “W” deje de ser“W”. Pero lo realmente grave es que este hombre sin atributos haya conseguido dos mandatos para imponer el caos y el terror en los albores del siglo XXI.