El fetichismo consiste en línea gruesa en una exageración de un proceso lógico y humano. Todos vemos en los pañuelos, zapatos, o ropa interior de los que amamos, rastro de lo que amamos. Todos vivimos ligados a la memoria de lo que fue, de lo que ya sucedió. Todos conocemos y amamos a través de símbolos y objetos. El fetichista sólo acentúa y exagera hasta el patetismo estos impulsos. Incapaz de poseer el objeto amado, ama los objetos que ella o él usó. Colecciona en vez de poseer. Confunde el fin y el medio. Cree que un nombre, una taza de té, una moneda, puede reemplazar a una persona.

El fetichismo es una forma de amor sin amor, de sexo sin consumación. El fetichismo ha sido la enfermedad principal de la derecha chilena. Su apego a las cosas, a las pertenencias, su amor a lo que gana, la llevó una y otra vez a confiar de manera irracional en apellidos y hombres providenciales. Es lo que le pasó con Jorge Alessandri y luego, en menor medida, con Pinochet. La derecha chilena se ha dejado mil veces engañar por lemas, por ideas apenas digeridas encarnadas por hombres providenciales. El peso de los poderes fácticos se ejerció muchas veces a través de ese fetichismo enfermo. En la derecha siempre ha bastado con decir que se es poderoso para serlo, con amenazar para ser temido. Si Ricardo Claro, representante de lo más aborrecible de la derecha chilena, no hubiese dejado creer que su venganza era inevitable y fatal, nunca hubiese acumulado el poder que acumuló. En los hechos sus enemigos más encarnizados gozan de excelente salud, y su tan temible venganza no impide que uno de ellos sea el más popular contendor a La Moneda.

La idea de poner a Schaulsohn primero y a Ravinet luego de candidatos a la Municipalidad de Santiago es la prueba de que el fetichismo ha alcanzado ya el corazón mismo de la Concertación. Los resultados son los mismos que han condenado a la derecha a la derrota en cincuenta años. Tanto Schaulsohn como Ravinet son hombres capaces e inteligentes, pero completamente apartados de las ideas de su conglomerado. Hombres de una elite satisfecha de sí misma que piensan que se los echa de menos. Grandes diagnosticadores de lo que está mal en el resto del mundo, pero poco dados a la autocrítica. Son hombres que confunden deliberadamente su existo personal con el de la Concertación. Son ante todo nombres, pasado, historia. Ni Alcaíno, ni Zalaquett ofrecían más entusiasmo o ideas, pero ante la soberbia eran simplemente nuevos, distintos, escuchaban antes que hablar. Ante el fetichismo ofrecían la sombra de un cuerpo real.

Lo mismo se puede decir de Álvaro García en Cerro Navia. Nombres sin proyectos, ideas vagas y malos recuerdos ante lo que el electorado sin entusiasmo alguno escogió la realidad. Una realidad, la de la derecha, que a diferencia de las elecciones municipales del 2000 tampoco entusiasma a nadie. En una elite cerrada, ciega y sorda a lo demás, el votante ha elegido castigar al que le prometía ser su puerta de entrada al mundo, al que le dio un estatus vital más digno pero no le ha entregado voz en el debate, lugar en la mesa de las ideas.

Cuando dos de los tres candidatos de la Concertación (Frei y Lagos) mandan condolencias a la familia de Ricardo Claro, es difícil pedirle a nadie un voto fiel. El fetichismo busca, al ver que los nombres fallan, en qué creer. Piensa el fetichista que con hablar más de ecología se puede dar la impresión de que se está renovando, o con poner más jovenes en los partidos, o con aliarse más claramente con los comunistas, o con sacar de la nada un candidato nuevo. El fetichista llega a soñar con una derecha que se autodestruya sola. Reza a toda suerte de ídolos, pone toda suerte de agujas en los muñecos de vudú, imita toda suerte de afiches y plataforma de algún Obama. Despierta el lunes encontrando soluciones en cualquier artículo mal traducido del New York Times.

Hace muchas cosas y al mismo tiempo ninguna. Olvida que Chile no es para la Concertación una novia inaccesible, sino una esposa con la que se lleva un largo matrimonio. Un pacto de a dos al que ella es hoy por hoy infiel con el primero que pasa, sólo como una advertencia. Pide la esposa no una aventura, no unas vacaciones sino recomponer la relación desde su base misma. No quiere ser seducida sino amada y comprendida. No quiere ideas nuevas, sino la vieja idea de que al poder no se le puede entregar a los poderosos, que una democracia es un lugar en que nadie queda desautorizado de entrada. El viejo mensaje de que los escrúpulos no son tontos, y que sin la culpa, cristiana o laica, este mundo es una selva para los débiles en que no vale la pena vivir. Un viejo mensaje, una vieja comprensión del mundo a la que derecha no podrá acceder, pero que la Concertación, demasiado ya mezclada y envejecida en la misma elite claustrofóbica chilena, ya ha abandonado.

En política no importa tanto perder como perderse. Es lo que la ciudadanía le ha avisado a la Concertación. No se preocupen de ganar o perder, preocúpense de no perderse, de no perdernos. Es el último aviso, a la próxima la esposa sin remordimiento abandonará el hogar a mano del galancete del auto grande y los escrúpulos chicos.