Crítico literario, novelista y cronista, Álvaro Bisama (1975) viene escribiendo desde hace tiempo libros a veces incómodos y casi siempre raros. Acaba de publicar por partida doble “Cien libros chilenos”, una personalísima selección comentada de libros nacionales, y “Música marciana”, una novela donde el hijo de un pintor reconstruye la historia trágica de su familia. Fanático de los X-Files, la ciencia ficción, Piglia y seguidor, en realidad, de casi todo lo que se pueda leer, Bisama bromea con que el apocalipsis se acerca y responde a las críticas que han salido de sus recientes libros.

Por Tal Pinto • Foto: Alejandro Olivares

¿Por qué escribiste “Cien libros chilenos”?
-Vengo escribiendo de libros chilenos hace un buen rato y tenía ganas de transformar esa mirada en una cosa más amplia. Segundo, también tiene que ver para mí con resolver ciertas lecturas pendientes; creía que estaba pendiente volver a leer algunos libros que yo había dado por sabidos. Adoro el libro por eso, porque me permitió volver a leer una cantidad de libros que me habían enseñado de una forma y cuando volví a leerlos aparecieron de otra.

¿Fue entonces una manera de liberarse de ciertas interpretaciones ajenas de esos libros?
-Fue para liberarse, para hacer suma cero con ciertas interpretaciones, y para volver a leer a Pedro Prado y darme cuenta que era brillante; volver a leer a Orrego Luco. Uno los da como una suerte de elefantes viejos arrugados en un cementerio y te das cuenta que los tipos escribían increíble, que tenían ideas brillantes y potentes, y que estaban haciendo una literatura que a ratos podía inclusive ser tanto o más brillante que la actual. Me pareció tan necesario como sorprendente lo que uno pudiera decir de eso.

¿Tenías alguna idea especial en mente cuando comenzaste a escribirlo?
-La gracia de “Cien” es que yo no tenía tesis alguna cuando estaba leyendo los textos. Luego, me di cuenta que todos los textos estaban hablando de ciertas cosas, como la construcción de Chile, la construcción de la identidad, o de la idea de novela, o discursos respecto a ese presente que a veces es tan lejano pero tan parecido a éste. Y eso no lo tenía claro.

¿Quién leyó estos cien libros: Bisama el crítico o Bisama el novelista?
-Hay mucho de “Cien” que está escrito más del lado de la crónica que del lado de la crítica. No es un libro de crítica en la medida que no aspira a ser absoluto, autoritario, ni quiere dejar ningún juicio sentado; al contrario, tiene más preguntas que respuestas. Ahora, es imposible ser un crítico puro y duro a lo Ignacio Echevarría después que has escrito ficción.

¿Entonces?
-Yo creo que “Cien” es el libro de un lector. El libro de un lector que ha escrito novelas y que a ratos trabaja la crónica. Hace rato que me siento mucho más un lector que un crítico.

¿Y qué le impresionó a ese lector?
-Surgió el tema, el color, como el aire de la identidad. Un aire muy diáfano pero para mí a la vez muy enrarecido: yo no sé por qué me fijé en ciertos textos.

¿Cómo cuáles?
-Lo que me pasa cuando veo los textos de “Cien…”, estoy pensado en “El último grumete de la Baquedano”, es que yo no lo quería poner pero al final apareció, y quedé choqueado. Me acordaba, pero a la vez no me acordaba, que Coloane hiciera que el héroe en una novela de aprendizaje tan alemana, tan conradiana, se terminará encontrando con un hermano que había abandonado la civilización, la lengua, todo… Me parecía tan radical y tan potente como leer “Papelucho” y darme cuenta que lo único que Papelucho hacía era habitar un habla. En el fondo, Papelucho no tiene una historia, está obsesionado con la escritura, y una escritura que habla todo el rato de la muerte. Y esto es lo que nos venden como la literatura infantil.

MAMPATO Y CONDORITO

Aunque te encargas en el prólogo de negar cualquier pretensión canónica, una selección siempre se puede leer como un canon.
-El gesto está más con las inclusiones que con las omisiones. Si hay un gesto canónico no está en las novelas ni en los poemas, está en incluir a “Mampato”, en colocar en el libro a “Condorito”.

¿Por qué incluir a Mampato?
-Primero, porque nadie más lo incluye, y también porque para mí es tan automático pensar que si hay que elegir cien libros chilenos o cien obras sobre Chile, “Mampato” y “Condorito” me parecen absolutamente relevantes respecto de esa construcción discursiva de lo que puede ser el arte o los discursos que la cultura construye sobre lo que es Chile.

Leer a “Mampato” y a “Condorito”, entonces, como novelas.
-Siempre lo he hecho. A ciertos autores les choca, pero yo siempre he terminado por leer todo como una novela, como relato o como crónica.

Deshacerse de los géneros literarios…
-Y está bien. En el fondo, hay un cierto ejercicio autoritario de la crítica literaria que dice lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer, y a mí hace rato que no me interesa.

¿Por qué?
-Por el hecho de que los espacios de la crítica son espacios de liberación de lecturas o de discursos para el lector. No se trata de proteger parcelas, sino de abrir lugares. En este lugar viciado o casa oscura y clausurada que es la literatura chilena, son mucho más interesantes los libros como el “El Río” de Gómez Morel o “El empampado Riquelme”, de Mouat, que están haciendo ejercicios de forma y estilo, que, por ejemplo, novelas realistas chilenas sobre la casa y el aburrimiento de la clase burguesa. Además, me parece bestial esa clase de crítica que termina despreciando el texto. Si uno hiciera una analogía, no hay nada peor que un narrador como el de “Palomita blanca” que termina despreciando a su propia voz.

Sin embargo, hay libros en “cien…” a los cuales no les tienes ningún aprecio, ¿por qué incluirlos? ¿Por qué mezclar a los queridos, que son mayoría, con los detestados, que son minoría en tu libro?
-Porque eran preguntas. “Cien…” es el libro de un lector, y un lector tiene que trabajar más sobre la pregunta que la respuesta. El ejercicio estético se hace para mí tanto de lo que te gusta como lo que te desagrada.

Eso explicaría la inclusión de “El libro blanco del cambio de gobierno en chile”, del historiador Gonzalo Vial.
-Claro, porque es una novela fallida, una novela que se parece a “Pantaleón y las visitadoras”, una pésima novela epistolar. El ejercicio es tan deforme, es tan monstruoso, es tan terrible, que termina construyendo la mejor novela de ciencia ficción chilena, una novela del colapso y la paranoia. “El libro blanco” es una novela de Philip K. Dick escrita por un redactor que nunca leyó a Philip K. Dick y que además no sabía escribir. Es mutante.

LASTARRIA, SCI-FI

En “Cien…” aseguras que la primera novela chilena es “Don Guillermo”, y además, que es una novela de ciencia ficción.
-No creo que sea una novela de ciencia ficción; lo que sucede con la novela de Lastarria es que había dos maneras de leerla: como un panfleto político o como una novela fantástica. Para el resto de la cultura chilena era mucho más útil leerla como panfleto. Pero la novela sigue siendo leída. Ahí está el invunchaje, que se repite una y otra vez. Es una novela muy rara. Lastarria recoge todos los escombros del romanticismo europeo, no entiende nada, y escribe una novela para hacer una suerte de intervención local.

Era una novela fantástica pero hoy puede ser una novela de ciencia ficción.
-Mi teoría es que en Latinoamérica todo se mezcla. Yo no soy un lector de géneros. Hasta el libro de Zambra, “La vida privada de los árboles”, termina en el futuro. Podría entonces ser leída como una novela de ciencia ficción, una novela conjetural. Estoy trabajando en un lugar donde todos esos referentes se anulan y dejan de tener sentido.

¿Qué otras novelas chilenas se podrían leer de una manera oblicua?
-”El obsceno pájaro de la noche”, la novela más grande de Donoso, es una novela sobre tráfico de órganos, brujería… y todo el mundo la lee como una novela realista, pero contiene cualquier cosa menos realismo. Es una novela bestial sobre la desaparición de la identidad por medio de la mutilación del cuerpo. Pero nosotros lo ponemos como el maestro del realismo.

¿Es conveniente leer así a Donoso?
-Es súper conveniente.

¿Hay una resistencia a leer ciertas novelas desde ideas predeterminadas o, por así decirlo, desde el centro?
-Si lees desde los lugares menores las lecturas aparecen de manera contradictoria, más conflictivas, mucho menos resueltas, y además sucede algo con esa clase de lecturas alejadas del centro: obligan al lector a tomar la decisión sobre los textos. Si descentras las lecturas hechas, es el lector el que tiene que decir “quién diablos es este tipo”. O qué hago con Bolaño, o con Marín.

¿Qué te parece que el crítico literario de La Tercera, Juan Manuel Vial, te haya tratado de incontinente al comentar “Cien…”?
-Aburridamente predecible. Eso tiene dos aristas. La primera, es que es la manera de leer de Vial. Su modo de acercarse a los textos, su método como lector pero también como redactor. Y a mí me parece válido porque yo tengo el mío. La segunda arista es más compleja: en el fondo –y esa la crítica más recurrente a “Cien libros chilenos”-es que incluí historietas, leí como novela “El libro blanco…” y me salté a ciertos autores. Pero eso a mí me parece la gracia del libro; eso de los cruces, de hacer cosas que supuestamente no se pueden ni se deben hacer en un libro de este tipo, lo de leer donde no se debe. Pero donde Vial habla de incontinencia, yo veo otra cosa porque toda esa movilidad de formatos y registros que yo leo y que algunos la achacan como un defecto del texto, para mí es una virtud. Eso porque la obra de Hervi debe ser leída al lado de la de Diamela Eltit, o sin ir más lejos –y eso que yo no soy fan de Condorito en modo alguno- hay que reconocer que Pepo creó un espejo poderosísimo donde reflejarnos, tan monstruoso como cualquier novela de Donoso. Mira cualquier titular de LUN. No hay términos medios: Chile puede ser el fundo donde viven los monstruos de la familia Azcoitía pero también puede ser Pelotillehue.

CHILE ALIENÍGENA

¿Y la crítica de Patricia Espinosa a ”Música marciana”?
-Nada. No me parece demasiado nada. A ella no le gustó “Música marciana” pero sí le gustó el último libro de Jorge Edwards. Me imagino que eso explica todo.

Dices que no te interesaba escribir novelas que sigan el desarrollo de un sólo personaje, un arco. ¿Podrías ahondar esta idea?
-Es un problema de dispersión. Yo soy disperso. Trabajo con listas: anotaciones que se convierten en novelas o cuentos. Imágenes y personajes que se chocan unos contra otros. Siempre ha sido así. ¿Has escuchado a Sonic Youth? Se demoraron no sé cuantos años en hacer singles de tres minutos. Hay una lección ahí, creo.

Dijiste que había que ser raro. ¿Por qué?
-No sé si la palabra es “raro”. Pero me interesa sí el ruido, la saturación, el exceso y eso acá suena raro. Trabajo así desde hace un buen rato. Me imagino que es la bendición de no haber asistido a ningún taller literario en la década del noventa. Pero este país está lleno de autores raros. Zambra es raro, la Leo Marcazzolo es rara, Emar es raro, Donoso es más extraño que todos juntos: Buñuel mezclado con Tod Browning, Orrego Luco y quizás, con algunos toques de Kenneth Anger. Así que no tengo demasiada culpa: escribí “Música marciana” antes de “Cien libros…” pero éste me confirmó algo que ya intuía: que Chile estaba lleno de autores personalísimos, anómalos, casi 500 años de puras rarezas.

Es tu metáfora de Chile como Marte.
-”Música marciana” explota eso. Marte es quizás eso, la proyección de una gran ruina cósmica donde los únicos habitantes son sombras,los ecos de una vida que ya no es posible, que ya fue. Chile es quizás eso también: imágenes superpuestas, palimpsestos de sueños rotos, ficciones que se apilan para no llegar nunca a ningún lado. Películas perdidas. Fotogramas de una vida familiar que nunca estuvo. En síntesis, no me parece mal la idea de Chile como una civilización alienígena desaparecida cuyos ciudadanos están perdidos y solos en el mundo.

¿Qué es la música marciana? ¿música de la catástrofe? ¿música del peso de la noche?
-O puro ruido. El sonido de la máquina de tatuar sobre la piel. Música de emisoras AM llenas de psicotronia ciudadana. Esa música chilena que no existe pero que soñamos. El recuerdo de la infancia, que es otro planeta. El acople falso que predice un futuro que no llega nunca. Samplers de ruidos del centro de Santiago. En el fondo es un murmullo; una canción que no existe pero suena en las paredes de una casa que tampoco existe que queremos que sea la nuestra.

“EL VIRUS BICENTENARIO”

Volviendo a “Cien”, ahí enfatizas el efecto que tuvo el centenario de la república sobre las novelas chilenas de cambio de siglo, ¿qué importancia tiene esa fecha, ese hito?
-Creo que la efeméride acelera ciertas producciones, ciertas ideas y estéticas que no se hubieran acelerado si no estuviera cerca ese hito, como las ideas Nicolás Palacios, Orrego Luco y Baldomero Lillo, que no estarían en el mismo club si no estuvieran en cierto modo hablando de los mismos segmentos y lugares que son espejos del Centenario. “Casa grande” es una novela del Centenario.

¿Cuál sería la estética del bicentenario?
-No tengo idea.

Hay libros que se supone van hacia allá: “Yggdrasil”, de Baradit, los tuyos, los de Zambra…
-Yo tengo una teoría medio delirante. Creo que el Bicentenario es nuestro fin del mundo. Lo que hace el Bicentenario es acelerar ese discurso milenarista que tiene que ver con cogerlo todo y volver a leerlo. Es como lo que fue 1999 para efectos tan distantes como Chuck Palahniuk y Chris Carter.

Chile, a partir de su año 200, o 201, será otro animal.
-Lo va a ser. Yo lo llamo el “Virus Bicentenario”: una excusa para que los tipos se vuelvan locos narrando historias sobre esa clase de espacios, símbolos, ideas, imágenes que están ahí y creo que se van acelerar. Afortunadamente, escribí un libro ahora, no tengo idea qué va a pasar en dos años más.

Entonces, según entiendo, Chile se acaba el 2011.
-2012, según la fecha Maya. Año en que los extraterrestres van invadir la Tierra según los X-Files, y que además los ángeles en sus platillos voladores van a bajar del cielo, según algunas sectas milenaristas que yo no sigo pero he cachado.