Mientras Barack Obama comenzaba a sentirse el hombre más importante del mundo el pasado martes 4 de noviembre, los mexicanos tenían puesta su mirada en un lugar muy distante de Washington. A las 18.46 horas de ese día caía sobre el exclusivo barrio de Lomas de Chapultepec el avión Learjet 45 que transportaba al Secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño, mano derecha del presidente Felipe Calderón y suerte de Ministro del Interior mexicano, al ex fiscal antidrogas José Luis Santiago Vasconcelos, y a otros altos funcionarios federales. La espantosa caída tuvo lugar en un momento del día en que el tráfico vehicular y peatonal en la zona alcanza dimensiones bíblicas, y que sólo puede augurar una catástrofe del tamaño de esta ciudad.

Más allá de la creencia generalizada de que la caída fue a causa de un atentado y de los denodados esfuerzos del gobierno de Calderón por afirmar lo contrario, de recordar que pese a los avances de la tecnología los aviones todavía se caen, que nadie, por muy importante que sea, tiene comprada la seguridad en los cielos, que todo se debió a una turbulencia provocada por un avión de mayor tamaño que pasó por el lugar con anterioridad, y que al parecer las miles de horas de vuelo de la tripulación se reducían a unos pocos paseos dominicales, ya empieza a instalarse una gran duda en la ciudadanía: ¿cuántos murieron realmente?

La impactante imagen de treinta o más automóviles en llamas está fresca, al igual que las de los fierros retorcidos desparramados en un lugar que en segundos se convirtió en un verdadero infierno. La lista oficial de víctimas fatales dice que son quince, ocho de las cuales iban en el avión. La identidad de los pasajeros se dio a los pocos minutos de ocurrida la tragedia, pero la de las siete personas que murieron en tierra ha salido a cuentagotas. A más de dos semanas de los hechos, es tremendamente difícil encontrar un listado oficial con sus nombres, Calderón no los mencionó en el funeral oficial, y al menos uno de ellos sigue en calidad de N.N. Si bien no hay que descartar que esta sea efectivamente la cantidad de víctimas fatales, cada vez son más las personas que huelen gato encerrado en este asunto. En lo personal, todos mis conocidos dan por hecho que se trató de un atentado, y muchos de ellos tienen la firme convicción que el número de víctimas fue más abultado. ¿Sus razones? Básicamente tres: los que iban en el avión eran de los peces más gordos y apetecibles en la guerra contra el narcotráfico, que en lo que va del año ha costado más de 4 mil vidas; dada la hora, el lugar y las horribles imágenes difundidas, resulta difícil creer que sólo siete personas perdieran la vida al caerles un avión encima; y por último, la arraigada incredulidad del pueblo mexicano hacia las versiones oficiales. La historia les da alguna razón para tanto escepticismo.

Una larga historia de imprecisión

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) la población del Área Metropolitana de la Ciudad de México es de 19.826.918 habitantes. Sin embargo, este número al parecer resulta demasiado pequeño para algunos, quienes con toda convicción señalan que la real población asciende a más de 22 millones de personas, es decir, casi 3 millones por sobre el exacto cálculo oficial, diferencia que alcanza para albergar ni más ni menos que al total de la población de Valparaíso, Viña y Concepción juntos. Estas diferencias numerales, que llegan a dar angustia, irritación y pánico a los extranjeros, son pan de todos los días en México, un país donde la exactitud numérica depende de la particular interpretación de cada uno.

Gran responsable de este fenómeno de incredulidad estadística es el propio gobierno federal, célebre por su afición a distorsionar lo cuantificable, siempre minimizando aquellas cifras que le puedan resultar en algo complicadas. Quizás el más famoso de los ejemplos ocurrió hace 40 años, el 2 de octubre de 1968, cuando fuerzas militares enviadas por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz masacraron a los estudiantes en paro reunidos en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. La ferocidad de la represión produjo un reguero de sangre cuyo número exacto de víctimas es todavía un misterio. En su momento el gobierno mexicano habló de 26 muertos, pero los testigos de entonces estimaron que esta cifra debía multiplicarse muchas veces. Así, en los primeros días se habló de un número de víctimas que oscilaba entre los 300 y los 350, aunque una suerte de consenso ha bajado la cantidad a alrededor de 150. Lo interesante es que cada mexicano, de acuerdo a sus propias convicciones, tiene un número personal para la tragedia, aún cuando nadie ha sido capaz de dar una lista con los nombres de los caídos en aquella aciaga tarde. Un instituto inició hace pocos años una seria investigación que revisó todos los antecedentes habidos y por haber, llegando a la conclusión que la cantidad de víctimas alcanzó a las 44, diez de las cuales aún no han sido identificadas. A pesar de lo acucioso de su trabajo, esta cifra es rechazada de plano por la mayor parte de la ciudadanía, que la considera mezquina, aunque sea incapaz de aportar pruebas que indiquen que realmente fue mayor.

La historia se repite en septiembre de 1985, cuando un terremoto grado 8.1 en la escala de Richter sacude a la Ciudad de México, causando la devastación de gran parte de la ciudad. A pesar de la evidente calamidad, el gobierno de Miguel de la Madrid, impulsado por un incomprensible espíritu nacionalista, rechazó la ayuda internacional, que para eso nos bastamos nosotros los mexicanos, porque además la tragedia no fue tan grande, 4 mil muertos a lo más. Sin embargo, la realidad decía que el gobierno hacía agua por todas partes, que era incapaz de prestar el más mínimo socorro y mucho menos emprender cualquier esfuerzo de reconstrucción. Y es que las víctimas no eran 4 mil, sino muchas más, tantas como la imaginación o la experiencia personal pudieran estimar. Personalmente he leído y escuchado versiones que oscilan entre las 4 mil oficiales y las ochenta mil. Aquí nadie se pone de acuerdo, y menos se sabe a ciencia cierta la identidad de los fallecidos, olvidados ya bajo el silencio de los escombros.

¿Cuántos murieron en la guerra sucia emprendida contra la guerrilla en los setenta? Misterio. ¿Cuál es el número real de mujeres desaparecidas y asesinadas en Ciudad Juárez en los últimos años? ¿Trescientos? ¿Quinientos? ¿Mil? Silencio.

Se podrá decir que la práctica de distorsionar números de víctimas es internacional y ampliamente extendida (bien lo sabremos nosotros los chilenos), pero el drama mexicano radica en que la costumbre se extiende hasta hoy día, ocho años después del fin de la dictadura democrática del PRI, cuando se suponía que las nuevas instituciones, la nueva prensa y la nueva ciudadanía no iban a dejar que esto siguiera ocurriendo.

Al ver un blog de El Universal sobre el avionazo del 4 de noviembre llaman la atención no solamente las muestras de incredulidad respecto a las cifras oficiales, sino además el sentimiento de impotencia que embarga a muchos de los que escriben, que sienten que en México la verdad fue secuestrada hace un buen rato, especialmente cuando afecta a personas comunes y corrientes, como los oficinistas, cuidadores de autos, vendedores ambulantes y artistas callejeros que se encontraban en las calles de Lomas de Chapultepec aquella aciaga tarde de martes, y que dos semanas después aún no vuelven a su oficina, a su kiosco, a su calle, a su esquina.

Por Rodrigo Díaz