Son dos hermanas y dicen que no sabían que los Ciulla lideraban una red que mandaba cocaína peruana a Europa. Durante un año una de ellas limpió la casa del narco, le cocinó y le lavó la ropa. La otra les pagaba las cuentas, los acompañaba a comprar al mall y prestó su nombre para comprar una camioneta y un celular. Las dos se pasaron catorce meses presas antes que las declararan inocentes. Ésta es su historia.

por Joaquín Riveros • Fotos: Cristóbal Olivares

Un segundo después de que el juez terminó de leer la sentencia en el caso de Giovanni Ciulla y la mafia italiana, la pequeña sala del Tercer Tribunal de Juicio Oral se llenó de los gritos y aplausos de una pequeña barra de mujeres -niñas, maduras y ancianas- apostadas junto a la puerta, que hacían caso omiso a la reconvención del juez para guardar silencio.

“¡Bravo! ¡Bravo!”, gritaban, como si estuvieran en pleno estadio. Mientras toda la prensa le hacía un close up a un cabizbajo Giovanni Ciulla, condenado a 10 años y un día por asociación ilícita, dos hermanas, María y Marisa Quintanilla Villalón, de 32 y 33 años, esposadas y a punto de estallar en llanto, eran absueltas y recibían los aplausos de la eterna barra de familiares que durante 14 meses las fueron a ver a la cárcel de mujeres, convencidos de su inocencia.

La historia pasó colada por la prensa, demasiado contenta con un caso protagonizado por Giovanni Ciulla, sobrino de un capo de la mafia de Palermo (Giuseppe Ciulla), vinculado a la muerte del juez Giovanni Falcone en Italia, y que a fines de los 80 había huído a Chile para restablecer su red de narcotráfico junto a su mujer, Elena Guererro, una famosa narco conocida en los bajos fondos como “La Canalla”.

Su sobrino, Giovanni, ahora era condenado por triangular estupefacientes entre Chile, Perú y Europa.

Frente a esa tremenda historia, el caso de dos hermanas de La Cisterna, pobres, empleada una, dueña de casa la otra, que por vínculos familiares, según denuncian, se habían visto envueltas en el proceso, no merecía el honor de las letras de molde y menos aún el de las pantallas.

“Ellas siempre fueron inocentes, sólo trabajaron como empleadas en casa de los Ciulla, pero nunca nadie las quiso escuchar porque son pobres”, decía a la salida del Centro de Justicia la cuñada Patricia Ramírez, ante la indolencia de los reporteros que pasaban de largo, satisfechos con la historia de mafia que ya tenían entre manos.

La pequeña historia de las hermanas Quintanilla, sin embargo, podía mostrar de primera fuente dos mundos radicalmente distintos. Uno, la cotidianeidad de una familia narco, contada por la mujer que trabajó como empleada en casa de los Ciulla durante más de un año; y,dos,los recovecos y desigualdades de un sistema de justicia que mucha veces se extralimita en sus poderes y que a veces no es tan ciego como debiera con las diferencias de clase.

TOM SELLECK Y DON FRANCIS

Marisa y María Quintanilla Villalón son primas en primer grado de Romina Villalón, la esposa de Giovanni Ciulla e hija de La Canalla, condenada a 5 años y un día por dirigir, con su marido, la red de narcotráfico que mandaba droga a Europa.

La relación entre las hermanas Quintanilla y el matrimonio Ciulla Villalón, sin embargo, fue tardía.

-Yo conocí a Romina cuando ella tenía como 18 años y ya estaba casada con Giovanni (Ciulla). Nos conocimos para un Año Nuevo, pero pasaron como 3 ó 4 años en que sólo nos veíamos para los cumpleaños, en los típicos encuentros familiares en que uno se junta con los primos -explica María Quintanilla en el pequeño living, sin grandes lujos, de su casa de calle Zurich, en La Cisterna.

Para entonces Gionvanni Ciulla junto a su mujer, Romina Villalón, hacían el relevo generacional del clan, luego que el patriarca, Giuseppe, muriera en un accidente de tránsito en Santiago, tres años después de que se radicara en Chile huyendo de una condena de 60 años dictada por la justicia italiana.

“De lolita yo le iba a hacer el aseo a ellos, le lavaba ropa y le planchaba. Ella me pagaba y a mí eso me convenía, porque necesitaba el dinero. Después dejé de ir, pero hace unos cuatro o cinco años nos empezamos a relacionar más, pero como amigos. Con mi marido nos invitaban a pasar los fines de semana con ellos y muchas veces le ayudaba a pagar las cuentas a Romina y también la acompañaba a comprar cosas”, cuenta María Quintanilla.

Lo que partió como una relación utilitaria, con el tiempo derivó en una amistad de fines de semana, en que María y Romina se juntaban en la casa de los Ciulla en La Reina.

La relación de Marisa con los Ciulla, sin embargo, fue mucho más reciente. Con dos hijas de 7 y 12 años, recién separada y sin trabajo luego de trasladarse de Algarrobo a Santiago, su hermana le contó que los Ciulla necesitaban alguien que les hiciera las tareas domésticas un par de veces a la semana. Fue así como Marisa terminó siendo una suerte de nana part time del matrimonio italiano.

-Yo iba porque necesitaba, era el único lugar donde podía trabajar. Primero, una vez por semana a hacer el aseo, pero luego la Romina me pidió que fuera dos veces. Después también me salió un pololo en casa de la hermana de Romina, Juliette, así que con eso me ganaba unas lucas tres veces a la semana, los lunes y los viernes donde Romina y los jueves donde Juliette -cuenta Marisa, en su casa de allegada en Avenida Fernández Albano, en La Cisterna.

La casa de los Ciulla era grande, de dos pisos, con tres dormitorios en el primer nivel, living comedor, cocina y el dormitorio de un mayordomo que se encargaba de las compras y de la mantención del jardín. En el segundo piso había otros tres dormitorios, uno grande, el de Romina con baño con jacuzzi y sauna incorporado. A eso se agregaban otros dos baños, el patio y la piscina.

-Era una casa grande, de familia bien, de gente que tiene plata, pero tampoco era tan lojusa -recuerda Marisa.

La jornada de limpieza partía temprano, cuando Marisa, luego de dejar a su hija en el colegio, cruzaba casi todo Santiago para llegar a la casa de sus patrones.

-Salía a las 8 de la mañana de mi casa, tomaba un troncal, luego el Metro en La Cisterna y la línea 4 hasta Bilbao. Me demoro como una hora -cuenta.

La pega era harta y pesada, según recuerda: “Llegaba y me cambiaba ropa, tomaba desayuno, y de ahí no paraba hasta las nueve de la noche. Tenía que hacer las camas, los tres baños, el living comedor, los dormitorios del segundo piso y cocinarles varios platos para la semana. Eran comidas sencillas, cazuelas, porotos. También les lavaba la ropa y se las planchaba, me pagaban 10 mil pesos más 1.500 para la locomoción”.

Contra el gusto charro que siempre se le achaca a los narcos, los Ciulla, sobre todo en el living, tenían detalles delicados.

-La Romina siempre me pedía que le limpiara con mucho cuidado el servicio y las bandejas de plata, que sólo usaban para ocasiones especiales. Yo las limpiaba con Brasso, era un servicio completo, varios cucharones, tenedores y bandejas. También tenían antigüedades, un cuadro que tenía un marco de oro, pero nunca supe de qué pintor era, un teléfono como del siglo pasado, una espada como del Quijote y unas pistolas antiguas. Yo solo limpiaba. También tenían un bar chiquitito lleno de tragos, whisky y vinos buenos, no sé cuáles, pero sé que eran buenos porque no se los tomaban todos los días -recuerda Marisa.

“Pero lo más bonito -sigue-eran unas tacitas muy finas de loza, como de la realeza y unas copas con orillas de oro. Eso y sus recuerdos de los viajes, que eran fotos con artistas. En una salían con Tom Selleck, en otra con Telly Savalas, el de Koyack, ah, y también tenía una en que salían junto a Don Francisco”.

Por aquel tiempo, los Ciulla vivían entre Santiago y Viña del Mar, donde tenían una casa de veraneo y tres cabañas que habían comenzado a construir y que luego destinarían al arriendo. Su vida, según María, era como la de cualquier familia de clase media acomodada.

“Los fines de semana iban a los malls, nosotros a veces los acompañábamos. Ellos, eso sí, compraban todo al contado, no como una, que saca todo a crédito. La verdad es que no tenían una vida tan lujosa, la casa era bonita, su bonito sillón de cuero blanco, su linda vitrina con loza, un lindo comedor, cosas que yo le conocí hace tiempo. Sólo al final, un mes antes de que cayeran presos, se compraron un plasma”, recuerda María.

La que más lucía la plata, según María, era Romina.

“Ella tenía harta ropa, más de 30 pares de zapatos, claro que entre los antiguos y los nuevos. Botas caras, de 150 lucas, dos o tres pares”, dice.

Según cuentan ambas hermanas, el arriendo de las cabañas de Reñaca y la colaboración con un primo que tenía un puesto en La Vega, eran el sustento de la familia. Bastante poco, sin embargo, para el nivel de vida que llevaban.

Pese a ese austero lujo levantado de la nada, ninguna de las hermanas dice haber sospechado que los Ciulla traficaban.

“Nunca se me pasó por la mente. Yo allí nunca vi nada, ni armas ni droga. Yo iba a trabajar y siempre ha sido igual, cuando trabajo en la casa de alguien me da lo mismo en qué se gana la vida la gente, no les ando preguntando, oye, y tú cómo te ganas la plata”, explica Marisa.

-Ellos arrendaban cabañas en la playa, desde siempre les conocí esa vida, la misma casa, no es que hayan pasado de pobres a millonarios. Nunca sospeché nada -agrega María.

Lo que no sabían las hermanas Quintanilla Villalón es que casi al final de esa etapa dorada con los Ciulla, la policía vigilaba permanentemente sus pasos. En lo que se denominó la Operación Malaquita, la PDI, dirigida por la fiscalía Oriente, realizaba una investigación de 10 meses, con vigilancia en Chile y monitoreo de los viajes del clan al extranjero, para desarticular lo que la prensa llamó “la red de tráfico de drogas chilena más grande de los últimos años”. La época dorada de los Ciulla estaba apunto de derrumbarse y, con o sin querer -eso sólo lo saben los Ciulla- arrastraría en su caída a las hermanas Quintanilla.

La Caída

El 30 de agosto de 2007, Marisa Quintanilla Villalón tuvo un despertar violento. A las 6:30 de la mañana, una decena de policías reventó con un ariete la puerta de la casa de su suegra, donde ella vive en una pequeña ampliación contigua. Sola con su hija menor de 5 años, Marisa dice que no entendía nada.

-Estaba durmiendo, llegaron a la casa de al lado, botaron las puertas, despertaron a mi mamá y le pusieron una pistola en la cabeza a mi sobrino. Ese día yo tenía que ir a trabajar a casa de Juliette(Villalón, hermana de Romina), así que pensé que era mi tío que me estaba despertando, pero los gritos eran demasiados. Fui a abrir la puerta y me dicen: detective, abra”.

Lo que vino después de esa abrupta entrada fue un torbellino de sucesos de los que Marisa, casi año y medio después, sólo recuerda ráfagas.

-Me decían que estaba detenida por tráfico y asociación ilícita, pero yo no entendía nada de nada. Me decían no te hagas la tonta, nada más vístete, saca ropa interior y vamos. Dieron vuelta toda mi casa, las fotos, los zapatos de los niños, el tarro de la basura, los tarros de leche de mi hija, el refri, la cómoda, todo. Una funcionaria se metió conmigo al baño, porque me dijeron que no podía entrar sola. Me tuve que lavar el puro trasero, con mi guagua sentada en la lavadora. Me hicieron firmar un papel donde le dejaba la tuición de mi hija a mi madre, porque me amenazaron con que si no cooperaba se la iban a llevar al Semane -recuerda Marisa.

Las sospechas sobre Marisa nacían de su cercanía con la casa de los Ciulla y de dos viajes que en diciembre de 2006 y marzo de 2007 le había regalado Giovanni a Barcelona para, según ella, fuera a retirar unos documentos de la madre del italiano.

Algunas horas más tarde de ese 30 de agosto, lo mismo ocurriría con María Quintanilla Villalón, un personaje que no estaba en las pesquisas de la Policía.

-Me llamó en la mañana la hija de Romina y me dijo que su mamá le pidió que fuera al BancoEstado a retirar las cosas que estaban en una caja porque la habían detenido. Esa caja estaba a nombre de ella y mío, porque una vez que acompañé a Romina al banco, ella me ofreció que quedara como segunda y yo, como a menudo le pagaba las cuentas, acepté, porque algún día me podía servir -explica María.

Como ése, María dice que le hizo otros dos favores a Romina. Esos favores -que oídos suenan a candidez-luego jugarían en su contra y la terminarían incluyendo en el paquete de acusaciones del fiscal.

-Una vez la acompañé a ella y Giovanni a comprar una camioneta Chevrolet chica porque ellos me dijeron que la necesitaban para acarrear materiales para la construcción de las cabañas en Reñaca. Romina me dijo que si la podía poner a mi nombre, porque ellos no andaban con documentos. Era una camioneta chica, que costó como 2 millones. Yo les dije que sí, obvio, si me la estaban regalando -aclara María.

María también le sacó un celular a su nombre en MoviStar, el que finalmente terminó usando el hijo de Ciulla.

“La compañía me ofreció otro teléfono con plan y yo le dije a Romina si lo quería, luego ese celular lo terminaron usando los hijos de Giovanni, pero yo no tenía idea qué llamadas hacían”, agrega María.

Con esas pruebas, el fiscal Víctor Santelices formalizó a María y Marisa por asociación ilícita para el tráfico de drogas. Ambas, junto a al resto del clan, fueron dejadas en prisión preventiva. Las Quintanilla quedaron en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, donde compartieron celda con Romina Villalón, con su hermana Juliette y Ana Jiménez, otra imputada.

Lejos de las comodidades de la casa de La Reina, recluídas junto a otras 50 internas en el patio número dos, con mala comida y no poco frío, la otrora amable relación con los Ciulla no tardaría en resquebrajarse.

JUNTAS, NO REVUELTAS

El verano de 2008 fue el más triste de las hermanas Quintanilla Villalón. Al poco tiempo de estar adentro, las diferencias económicas entre los miembros del clan y las hermanas Quintanilla se empezaron a notar. Desde cosas tan básicas como la comida que les llevaban los parientes, hasta las diferencias en las mismas razones por las cuales, según las Quintanilla, los Ciulla las habían involucrado.

-Al principio no hubo discusión, pero yo siempre le reprochaba a Romina en lo que nos había metido. Ella al principio me pidió perdón, me dijo que si hubiera sabido que por hacerle el favor de la caja me iban a meter presa, nunca me lo hubiera pedido. Nosotros después le decíamos a Romina que hablara con el fiscal para exculparnos, pero nunca lo hizo. Siempre se reservó su derecho a guardar silencio. Giovanni, en cambio, era más considerado. Cuando nos topábamos en las audiencias él decía que quería hablar, pero que el fiscal no lo recibía -explica María.

Marisa llegó a pelear con su prima:

-Una vez le dije a Romina: ¿tus hijos comen?. Sí, sí comen, me contestó. Porque mi hija chica no tiene ni leche para tomar. Ah, qué lata me decía ella. Sí, qué lata, le dije, y tú no has hecho ni una huevada para que yo me pueda ir. Otra vez, cuando las cosas ya estaban mucho más tensas, una de ellas me
dijo: tú eres la empleada. Sí, le dije yo, no me da vergüenza decir que trabajaba como empleada sacando la mierda de tu casa.

El quiebre llegó a su clímax un día que Marisa se peleó a combos con Juliette, la hermana de Romina. En adelante, nunca más se hablaron.

Pese a que las pruebas que pesaban sobre las hermanas Quintanilla eran mucho más débiles que las del resto del clan y a que ambas eran madres de niñas menores de 10 años, durante 14 meses nunca recibieron el beneficio de la libertad provisional.

-La Juliette me decía: pide un abreviado. Ya, le decía, pero qué es un abreviado. Es asumir que llevaste droga, me contestaba. No, eso jamás, nunca voy a asumir algo que no he hecho, no voy a ensuciar mis papeles. Ellas sabían del tema, si se cambiaban de abogado como quien se cambia de calzones -dice Marisa.

EL DÍA D

Una semana antes del juicio, el defensor público Mario Palma tomó el caso de las hermanas Quintanilla.

-Las fui a ver a la cárcel y me dijeron que llevaban mucho tiempo presas. Les expliqué que quedaba poco tiempo y que ese fin de semana iba a revisar los antecedentes -cuenta.

Palma revisó la carpeta de la investigación. Repasó el parte policial, las declaraciones de los detectives, las traducciones del italiano de las 10 mil escuchas telefónicas, los certificados de la condena de Ciulla en Perú por tráfico y las pruebas que había aportado el fiscal para acusar a las Quintanilla.

-Mi primera impresión fue que no tenían responsabilidad porque la prueba de la fiscalía era insuficiente -recuerda.

The Clinic contactó a la Fiscalía Oriente para solicitar la versión del fiscal Víctor Santelices pero éste, a través de su vocero, Mario Schilling, señaló que no se iba a referir al tema.

Pero en el extracto de la acusación del fiscal contra Marisa Quintanilla se leen los cargos en su contra: los viajes a Europa, que atribuyen a la obtención de dinero para pagar a correos humanos de drogas, algo que Palma dice que no está sustentado en evidencias:

-La única prueba que se da es el viaje, el itinerario y dos escuchas telefónicas de entre 10 mil. Ella está en Europa y recibe un llamado, pero si uno lo escucha, no dice nada. El fiscal interpreta la conversación. Además, según los peritos, no hay certeza científica de que quien habla sea Marisa. Ellos hacen la relación. Sobre María,el extracto del fiscal es un poco más largo: le atribuye haber colaborado en el ocultamiento de bienes adquiridos por Ciulla (el celular y el auto) y tener a su nombre la caja de seguridad del banco, que tenía 20.100 euros en billetes de alta denominación.

Palma, su abogado, también tiene una explicación para desvincular a su cliente:

-De 10 mil escuchas telefónicas, ninguna corresponde a María. Ella no era partícipe hasta el momento en que retira la caja de seguridad a petición de un familiar. Pero es un acto normal de ayuda, y además, ella no conocía el contenido de esa caja. Sobre el auto, ella lo puso a su nombre porque los Ciulla no andaban con documentos y sobre el celular, el usuario es Pietro Ciulla, el hijo de Giovanni. ¿Cómo ella iba a sacar un celular a su nombre y se lo iba a pasar a Giovanni para que traficara? Eso más bien prueba que ella no sabía nada. El fiscal dice que su participación en la asociación ilícita era para ocultar los bienes.

Bien, ¿por qué no investigaron los bienes de María? ¿Tiene más autos, casas, cuenta corriente? -dice.

CIULLA

El 22 de septiembre, Ciulla partió el juicio cargando con toda la culpa. “Para qué lo vamos a negar, yo mismo estaba traficando en esto. El único que es la oveja negra de la familia soy yo (…) No sé qué tanto hablan de la mafia”, dijo antes de ponerse a dar los nombres de quienes lo habían contratado en Perú y de los contactos que recibían la droga en Europa.

Días más tarde, las hermanas Quintanilla fueron absueltas. La fiscalía no logró acreditarles delito. El 11 de octubre, después de 14 meses de encierro, salieron por la puerta norte del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín. Afuera las esperaba la misma barra de mujeres que las había aplaudido cuando en el tribunal oral leyeron su sentencia absolutoria. Volvían a estar libres, lo que en el caso de ellas significaba juntar las chauchas para pagar sus defensas: una, endeudándose; la otra, de vuelta a trabajar por 10 mil pesos diarios limpiando casas ajenas.