El Clinic nació en el Vaticano. Nada de raro si se sabe que su creador y director fue guardia papal y pensó seriamente en ser cura. Este cronista recuerda haber interrumpido una sesión de chistes y portadas para unirnos con el director al cortejo fúnebre del Cardenal Silva Henriquez. El Clinic, como todo lo que dura en Chile, nunca dejó de ser profundamente católico. Su amor a la blasfemia, sus prédicas a favor del caos, sus orgías imaginarias son frutos de las mentes afiebrados de unos monaguillos, demasiados creyentes para seguir yendo a misa después de pillar a su cura favorito manoseando un compañero de curso.

Tuvo que ver el Clinic con eso que el cardenal Oviedo llamó la crisis moral. La crisis moral de la iglesia misma, valiente durante la dictadura, pero demasiado cómoda en ella, demasiado enojada con la democracia, demasiada preocupada de mantener sus privilegios antes de defender nuestros derechos. Pero el Clinic no nació en el Vaticano sólo en el sentido simbólico, sino en el sentido real. En un departamento del barrio Vaticano de Providencia se pensaron sus portadas, y sus primeros artículos de fondo. El Vaticano es decir: La calle Monseñor Pérez, Monseñor Muller, Obispo Donoso, y luego más allá María Luis Santander, Ricardo Matte Pérez y Seminario, en la frontera poniente. Aunque el espíritu del barrio, ese mismo de la Quintrala, baja por las Claras (primera oficina del Clinic) hasta el Parque Bustamante.

Al centro del Vaticano, Los Ángeles Custodios, y su amarillo colonial y su enorme ángel a punto de caer al primer terremoto sobre la casa de cristal, enorme cuadrado de vidrio entre las enredaderas de una mansión francesa donde se celebran de vez en cuando matrimonios y donde un argentino infame conseguía cocaína a bajo precio. Santiago parece a ese altura un pueblo de provincia, de esos que sólo existen en las novelas latinoamericanas. Calles curvas, pequeño laberinto, almacenes y botillerías donde chirrea a solas un televisor. Siesta de perros, y gatos que de vez en cuando de suicidan y dejan aproblemado todo el barrio por semanas. Aunque la ilusión de barrio feliz, de vecinos de siempre es sólo cierta a medias. Las casas grandes con jardines para los niños, y verenda y segundo piso y hasta gárgolas y torre de castigo y estatuas de ninfas, lo ocupan productoras de cine, consultas de siquiatra, y casas matrices de universidades. El resto del barrio lo componen agazapados departamentos,muchos de los años sesenta y setentas, que tienen el extraño pudor de esconderse detrás de los árboles. En esos departamentos y algunos más antiguos viven de vez en cuando periodistas jóvenes, publicistas recién divorciados, pintores que están a punto de triunfar, parejas inestables que esperan un hijo para que la separación les duela más.

En el Vaticano todo es aún provisorio. Los árboles se agitan cuando hay viento, la luz del sol brilla sobre el parque, la vereda se tuerce y esconde fingiendo ser un laberinto. En la noche los travestis hacen de guardia de parque encantado donde los niños juegan a ser hombres y tener ideas, y emborracharse sin que los mire la mamá. Casi solteros, casi casados, en el Vaticano corre el aliento mismo de la ansiedad que hace llamar a medianoche a toda suerte de ex novias o de amigos que te cortan porque están viendo la repetición de la repetición de un capitulo de los Simpson. En el Vaticano empieza la vida en serio, aunque aún tiene la máscara de una broma, la vecina caliente que te atrapa cuando llegas curado a casa, la novia que se encierra a romper con precisión científica tu computadora, el diario que no es un diario que se escriben a golpe de clavo oxidado y promesas que no hay porque cumplir. Un útero, se me imagina ahora, era—y debe aun ser—el Vaticano. Un vientre que nos protegía, entibiecido y asustado, esperando ser grande, ser rico, ser felices. Esperando también que Pinochet fuera condenado, y devuelto a Chile, y condenado nuevamente aquí, y preso, y libre y muerto. Esperando algo siempre, los niños, algo de los grandes, algo de los viejos. Mordiendo, como los perros quiltros los tobillos de los gigantes sin saber que a la postre seriamos esos gigantes mordidos, esos adultos que conceden y ceden y saben más pero saben también callarse. Protegido en la falda de los Obispos, Obispo Pérez, Donoso, Muller, tomábamos mucho como lo hacen los marineros antes de que el cirujano del barco les corte el brazo o la pierna. Necesitábamos anestesia, en esos tiempos heroicos en que éramos unos pobres pendejos de mierda de un egoísmo sin igual, de una ansiedad sin fin, de una impunidad que me avergüenza ahora que se en que consisten todos los castigos.

Así nació el Clinic, en esa ciudad provisoria, menos bella de lo que parece, bendecida por un ángel, a la sombra de una iglesia. Arrendando casas ajenas y jugando a ser inseparable nos lanzamos a ciega en esa aventura, la aventura extraña de un por un segundo o dos no tener miedo. ¿No lo tuvimos? Creo que sólo lo pospusimos, creo que sólo nos obligamos a vivir, y salir del útero y nacer y dolerse, y vivir y celebrar y luego morir que es lo que nos queda ahora por hacer con dignidad, con torpeza, con entereza, con valentía.