Una y otra vez los personeros de la Concertación nos repiten que el país ha cambiado y ha cambiado para mejor. Para ello esgrimen todo tipo de cifras estadísticas que prueban sin el asomo de la menor duda que ésta ha sido la coalición más exitosa de la historia reciente de Chile. Poca gente de buena fe duda de esto. Creo que los únicos que lo dudan son justamente el estamento político que repite obsesivamente estas cifras y estos lemas. Ahí y sólo ahí, en la dirigencia de nuestra política, en el centro mismo de nuestra intelectualidad, el cambio no ha llegado.

Esa nueva clase media que las cifras denuncian y describen está en cualquier parte menos en la Concertación. El hecho mismo que la renovación de ésta dependa de chicos de apellido Undurraga u Orrego, prueba lo lejos que está la dirigencia concertacionista de ese mundo que ha ayudado a crear con sus políticas públicas. Los Zalaquett, los Sabat, o los Hasbún, parte de una minoría, la palestina, que ha sido tradicionalmente discriminada por la derecha clásica, militan en la Alianza. Lo mismo Lily Pérez, la alcaldesa Plaza o Cornejo. No en vano las comunas emergentes suelen votar por esa combinación política.

En esas comunas y en las otras, el voceado cambio ya llegó. Lavín fue su intérprete hace ocho años, Bachelet, su formulación concertacionista. Ya tuvimos nuestro Obama, ya somos una sociedad que se comunica por Internet, que no obedece a los que los diarios de la elite esperan de ellos. Ya somos diversos, raros e inesperados. Lo seríamos aún más si la inscripción automática fuese un hecho. Somos distintos, irreversiblemente distintos ¿pero somos mejores?¿somos lo que queremos ser? Más gente tiene acceso a la salud, a la educación, a la información, a la cultura, estamos de acuerdo en lo cuantitativa pero estamos en desacuerdo en lo cualitativos. Ni esa educación, ni esa salud, ni esa información, ni esa cultura es la que queremos.

El tiempo de celebrar que la mayor parte de los chilenos que estudian en la universidad lo hacen por primera vez en la historia de sus familias, ya pasó. Ahora nos preguntamos ¿en qué universidad estudian, qué tipo de profesor los forman, qué ideas dominan a esos profesores? Lo mismo pasa en la salud, o en la carreteras, los logros, las cintas cortadas, las concesiones firmadas a la rápida, las represas gigantescas, no bastan, queremos saber cómo se hacen, quién las hace, para quién las hace. ¿Quién?, ¿cómo?, y ¿cuándo?, preguntas sacrificadas por el miedo a que impidieran la simple realización, los actos, los consultorios nuevos sin camas, los policías educados a la rápida en cursos intensivos de un semestre, los computadores en colegio sin electricidad, los libros muy leídos pero apenas escritos, los opinólogos que se pierden en sus propias preguntas llenas de otras preguntas subordinadas y anglicismos mal dichos, las universidades donde los rectores se queman a lo bonzo.

Estar ciegamente por el cambio es una forma de evitar mirarlo de frente. Su rostro es el de un Chile que discrimina menos, pero que también confunde (y es cosa de oír a Zalaquett o Vasco Moulian) lo afectivo con lo efectivo, el castellano con el inglés, lo vistoso con lo visible. No mirar el cambio es no ver entre las cifras, las voces acalladas que no tienen lugar en los mismos foros, y encuentros de notables. Satisfacerse con que se filman más películas que nunca en Chile, es evitar verlas con detención, analizar sus guiones no del todo terminados, su patetismo voluntarioso o su humor de guardería preescolar. Estar contentos con lo que hay, es no ver que lo que hay ya fue, que a la hora misma que uno alaba el presente éste se vuelve pasado.

“Fuimos víctimas de nuestros propios éxito” le explicó una vez Felipe González a Ricardo Lagos. La soberbia es el pecado mortal del político, pecado que es condenado en esta vida, con una ceguera instantánea. Felipe González pasa por alto el desfile de casos de corrupción y los GAL, y las incoherencias de su periodo final. Olvida, o no ve, que no es la corrupción en sí (¿habrá sido Aznar menos corrupto que González?) lo que el electorado condena, sino que la ejerzan justamente la izquierda. Soporta que la derecha se satisfaga de sí misma, pero ve que cuando la izquierda empieza a hacer eso, se pudre. Lo que acabó con González no fue el éxito, sino el enorme fracaso de ver su mundo político convirtiendo en una serie de caudillos y condados preocupados de protegerse entre si antes de unirse en un proyecto. ¿Le recuerda a usted, lector chileno, algo todo esto?

Para administrar el éxito, para congratularse de lo bien que lo hemos hecho, nadie vota por la izquierda. Ama el electorado en la centro izquierda, lo mismo que detesta, su facultad de poner todo siempre en cuestión. Lo mismo pero al revés pasa con la derecha: ama lo mismo que detesta en la derecha, la verdad triste o alegre que las cosas son como son y que para el vencedor tiene siempre derecho a todas las patatas (como diría Machado De Assis).

Cuando le dan a elegir, como hoy en Chile, entre las víctimas de sus propios éxitos, y los que logran el éxito gracias al fracaso de los demás, se queda fuera de la contienda, asqueado por término doble, esperando que pase esta vuelta para ver si la sensatez vuelve en la próxima.