El 2008, aparentemente, no hubo tragedias memorables. No tuvimos inundaciones ni terremoto (aunque por estos días tiembla a cada rato). Miento, el volcán Chaitén entró en erupción y arrasó con una ciudad completa. Varios meses antes, The Clinic entrevistó a un profesor peruano que aseguraba que de Santiago al sur desaparecería todo vestigio de vida producto de la actividad volcánica. Así explicaba las supuestas ansias expansionistas de Chile: aquella población requeriría un nuevo territorio. La tesis suena deschavetada, digna de un Noé satánico, no obstante lo cual un magma misterioso parece recorrernos por debajo. El mundo entero, para ser precisos, entró en crisis. En todas partes están preocupados y reina la incertidumbre. Los economistas, que durante décadas se las dieron de gurús, hoy reconocen no poder predecir el porvenir del capitalismo mundial. Los mapas en que confiaban no siempre tenían su correlato en la realidad. El sistema escondía mentiras y, como se le enseña a los niños, las mentiras son siempre descubiertas. Un murmullo subterráneo dice que el 2009 muchos perderán el trabajo. El ministro de Hacienda advirtió sobre la importancia de cuidar el empleo por estos días. Entre los especialistas esto se comenta con la naturalidad de quien tira la cadena del excusado, como si fuera obvio que dados los indicadores habrá hogares que se irán por el desaguadero. Es para preocuparse, ¿no? Según los chinos, fue el año de la Rata. No ha de ser casualidad que en los cines dieran Ratatouille, la película de dibujos animados sobre un chef ratón. Las ratas aprenden a cocinar con restos. Hurguetean en la muerte hasta pillarle su lado sano. Son sobrevivientes por excelencia. Fue un año de indecisiones políticas, de candidaturas trepidantes, de mucho cálculo, mucho olfato, y poco arrojo. Las ratas son intrusas, pero husmean antes de entrar en la cocina. Entiendo que los políticos están aquí para jugar sus fichas y no para comentar el juego, pero yo veo el ambiente enrarecido. De una parte, sin caminos fácilmente descifrables, y de otra, una insuficiente voluntad de descifrar. Convengámoslo: Piñera no ofrece nada fresco. En su entorno hablan y hablan de un tal grupo Tantauco en el que piensan Chile sin descanso, y, no obstante, no se ha filtrado ni una brizna de idea novedosa. La Concertación, por su parte, ya no tiene razón de ser. Apuesto que no sabría explicar bien por qué quiere gobernar, si acaso quiere hacerlo. Al cabo de veinte años de viaje, se halla atrapada en medio de aguas bobas, que es como se le llama al mar cuando las olas salpican sin dirección. No pilla el viento y sus cuadernos de ruta se encuentran desteñidos por la humedad. Las dudas de Lagos e Insulza también pueden ser leídas como una señal de extrema incertidumbre en el ambiente. Han de intuir más de un peligro cerca, estos dos políticos avezados para no tirarse de cabeza al agua que más les gusta. Aquí es cuando se echa de menos la fuerza descalculada de la juventud. Pero los jóvenes reinan por su ausencia. No han irrumpido en el ámbito público las generaciones de recambio. Quizás, en estos tiempos de confusión, se hallen impidiendo el naufragio de sus nidos particulares. Al interior de las familias, cada cual sabe lo frágil que es el armatoste. Los matrimonios distan mucho de estar convertidos en sociedades inquebrantables, nada garantiza que un hijo no crezca lleno de problemas, los colegios han subido sus mensualidades, la casa requiere cuidados urgentes, pero no está la situación para gastar en plomerías. Una amiga me comentó que no se trataba de un año malo, pero sí duro. A mí, por ejemplo, se me murió un amigo queridísimo, y lo que siento cuando me acuerdo es un silencio impenetrable. Un vacío que se roba la totalidad de las preguntas y las respuestas. El hijo de Felipe Lamarca arrancó por la avenida Kennedy al infinito. El Rafa Guiñez, que fue la primera viola de la Sinfónica cuando tenía catorce años y después tocó en los Parkinson y después en las esquinas delirantes, también murió la semana pasada. Se lo llevó una peritonitis a los 43 años, uno menos que mi amigo, el pintor Pablo Domínguez. Empezaron a morirse compañeros de nuestra edad. Todo indica que estamos ante un ciclo que concluye. Nada claro se percibe en el horizonte. Cualquiera que suelte una respuesta rápida no merece confianza. ¿Demasiada subjetividad? Es probable, pero antes de escribir esto hice varios llamados por teléfono, y en casi todos percibí un aliento cercano al miedo, no miedo propiamente tal, quizás preocupación y cautela. Es lo que se siente cuando se camina a tientas.