Por Rafael Gumucio

A veces trato de imaginarme en qué trabajarán, cómo se vestirán y cómo se verán todos esos posteadores de los blogs. Da vértigo pensar que camino por las calles como si nada al lado de fanáticos de Pinochet, comunistas enrevesados, niñas trotskistas, partidarios de matar a patadas a todos los peruanos, antisemitas que sólo leen los protocolos de Sión, fanáticos de Hermógenes, descubridores de toda suerte de conspiraciones, inventores de la rueda, sidosos que reparten sus virus, calumniadores de toda especie, poetas bizcos, amantes de la esposa del poeta bizco, gente que está dispuesta por un sí o por un no a reventarte a patadas, a violar a tu hermana, a maldecir a tu tatarabuelo.

Tiende uno a pensar que sólo un cesante de 300 kilos que vive con la mamá, sólo un oligofrénico capado por su novia, sólo un tonto que se quedó congelado en 1976, sólo un jubilado que su esposa engaña con su bastón, puede escribir semejantes acumulación de abismos mentales e insultos gratuitos posteados a toda horas (sobre todo si son de oficinas) y desde los más insólitos rincones del mundo. Pero lo más seguro es que estos virus ciberelectrónicos, esos artistas del odio, son en su mayoría gente normal, con hijos o abuelas que quieren mucho. En otro medio, con su nombre y apellido a cuestas, estos mismos opinantes extremos, estos mismos resentidos profesionales, serían en la mayoría de los casos de una moderación ejemplar. Yo mismo cuando he entrado en el juego -casi siempre con mi nombre, eso sí-no he podido evitar insultar, burlarme, ofender y sentirme ofendido. El medio determina el mensaje, la velocidad, el anonimato, el mismo hecho de parasitar un artículo ajeno, de beber de la sangre de alguien que en general sí da su nombre, obliga tarde o temprano al insulto.

El que postea está ontológicamente resentido. Da lo mismo si es pobre o es rico, si su computador es un Mac o un PC con todas las teclas malas. Está determinado ante sí mismo de escribir y vengarse por ser sólo un posteador, por venir después de un texto que en un primer gesto de rebeldía se esfuerza en no leer. El posteador se rebela contra el simple hecho que también en las opiniones -en las palabras que deforma y en las ideas que ignora abiertamente-hay jerarquía, también orden, también lugares. El posteador vive siempre alarmado porque lo censuran, perseguido porque le tienen miedo los cobardes, aunque con una valentía ejemplar se hace llamar Anónimo, o Ítalo, o Tragaesta, Aburrido, Erasmo o Pino8. El posteador se escuda en la democracia sin comprender que la democracia sólo tiene sentido entre ciudadanos, es decir, personas con nombres y apellidos, que se hacen cargo de sus dichos. La igualdad ante la ley sólo tiene sentido cuando todos asumen con esa misma igualdad el costo y el beneficio de sus opiniones. La libertad de opinión se rompe cuando un ciudadano tiene derecho a seis opiniones distintas (según la cantidad de seudónimos que tenga) y otro sólo uno, mientras el anónimo pueda denunciar donde queda tu casa, como es tu perro, sin que tú tengas cómo averiguar dónde queda la suya, ni cómo el pobre perro que de seguro insulta también porque tampoco puede defenderse.

La democracia nace de dos constataciones contrarias: nadie es igual a nadie pero todos somos iguales. La democracia es un orden, una forma más justa de jerarquía, no el final de todo orden, no la burla a toda jerarquía. Lo que el Internet plantea es justamente una parodia de la democracia que tiene como objeto inconfesable destruirla. En democracia manda el que se expone, el que puede a través de su nombre, de sus opiniones, de sus ideas, aunar voluntades. La democracia no puede convivir con los anónimos y los enmascarados. Estos se niegan al deber más básico de todo orden democrático, al derecho más esencial que éste nos da, el de tener un nombre, una cara tan válida, como cualquier otra cara, como cualquier otro nombre. El anónimo, el posteador que miente y hace trampa se niega así al juego, un juego en que puede perder. Porque eso es también lo que el posteador odia de la democracia, porque aunque todas las opiniones nacen con iguales derechos no todas son igualmente válidas. No se puede negar por simple capricho seis millones de judíos muertos, ni cientos de niños de Gaza; no se los puede pesar y poner en una balanza sin ser un cínico, no se puede celebrar el comunismo sin contemplar su fracaso en todos los países en que se instaló, no se puede cantar las loas de Pinochet sin mirar a la cara a sus víctimas. En democracia las ideas compiten sin eliminarse, la autoridad se reparte pero no se niega.

No es así un azar que las ideas más extremas, las nostalgias más incomprensibles y las monstruosidades más gratuitas hayan encontrado en el Internet un caldo de cultivo sin igual. Nazis, trotskistas y stalinistas, en la misma jerarquía los hechos y los delirios, las opiniones y las verdades, todo se pierde y ese niño que odia porque si encuentra en esa marmita de pus ideológica una razón para patear carabineros primero, lápidas del cementerio después y luego a su novia porque es más linda y más rica que él.

Las condiciones mismas del medio, el anonimato, la inmediatez, su empeño en la palabra, su falta total de control, permiten un desarrollo sin igual de ese absolutismo individualista que constituye el acervo ideológico de la mayor parte de los blogueros y sus posteadores. Los fundadores del Internet, hijos al mismo tiempo del hipismo anarquizante y del mercado sin control, no podían hacer otra cosa que crear esta parodia de la libertad de expresión que está justamente limitándola como nunca antes en el mundo. Porque quien escucha una voz realmente distinta en este caos de chillidos histéricos, en ese ruido que permite como nunca que sea la voz del más fuerte la que trone.