El conocido novelista y cronista Rafael Gumucio es también poeta y aforista. A sus libros Memorias prematuras, Comedia nupcial, Los platos rotos y Páginas coloniales, pronto se sumará el conjunto de ensayos Los quiltros; la novela La deuda permanece tentativa y lejos de aparecer. Estos aforismos, coronados con un breve ensayo en que recuerda a su abuelo, son inéditos.

Los muertos nos ofenden porque no dependen de nosotros, mueren sin permiso, dejan de sonreír cuando se les cuentan bromas o de indignarse cuando se los escupe en la cara. Detestablemente libres, hacen exactamente lo que quieren. No quieren nada, y tienen el privilegio de ser los únicos que pueden cumplir completa y totalmente ese deseo.

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Los muertos están libres de la suerte. No les puede ir peor o mejor de como les va.

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Los muertos están muertos. Completamente muertos, como nosotros nunca estaremos completamente vivos.

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¿Y si estuviéramos tan vivos como está muerto el cadáver? Si, como el muerto, no podemos rebelarnos contra nuestra vida, contra la vida en general, entonces no tenemos nada que llorarle al cadáver. Somos un pedazo de cuerpo animado contra su voluntad, que contra su voluntad deja de moverse para siempre.

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¿Para siempre? Quien sabe, cuando todo estemos muertos, cuando no haya sobre la faz de la tierra ni un vivo que moleste, es posible que todos los cadáveres se agiten nuevamente, que todas las calaveras despierten al mismo tiempo, que se acabe esa pantomima ejecutada a cuenta de los vivos.

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Nadie está menos solo que un suicida.

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“Me mato para que nadie más me vea, me lanzó del séptimo piso para que en pleno vuelo me reconozcan como parte de una tribu, la tribu de los suicidas”.

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“Me mato, me ahorco, me ahogo, me lanzo del quinceavo piso, pero no me separo por ello de la humanidad, no me aparto ni un centímetro de la especie, porque justamente es una señal de la especie, matarse, una joya de la humanidad su afición al suicidio”.

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Todo partido o secta pide suicidas, porque sabe que el suicido es en si la forma suprema de militancia.

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Titulo para una tesis universitaria: “El suicido como una forma de cohesión social”.

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“No se mató después de todo, no tenía suficiente orgullo, era demasiado humilde, le faltaba ambición.”
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Nos es imposible, de pronto, soportar el campo donde todos, desde los insectos hasta los dueños de fundo, nacen y mueren de un modo tan impúdico, mientras a nosotros por el contrario se nos ha enseñado a morir escondidos, como quien expulsa un deshecho sobrante.

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Tu cuerpo entero como una enorme defecación del alma.

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Cagar y morir, expulsar la materia, deshacerse del peso. ¿Pero quien es él que nos defeca?

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El caballero feudal se caracteriza por haber hecho de la muerte, la suya y la de los otros, su vocación principal. Es por eso que recibe los impuestos de los campesinos. Es a cambio de su arte de morir y de matar que es alimentado, cantado, amado y temido por toda la comarca.

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El noble vive de la muerte. Espera con impaciencia heredar de una tía, tiene que preparar el momento en que dejará su herencia a sus hijos. La muerte no es, entonces, para él el final de nada, sino el comienzo de casi todo.

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La burguesía hizo del odio a la muerte, y del amor a la vida, su centro. Un burgués es eso, alguien que no quiere morir. Nacen de esa negación los derechos humanos, las calefacción central, los hospitales, pero también la prohibición del alcohol y el tabaco, el puritanismo y el terror y miles de ancianos muertos en vida conectado un respirador mecánico.

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Los nobles mataban sin piedad pero al menos enseñaban a morir.

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Hoy, bajo la benéfica dictadura de los burgueses, la muerte ha dejado de ser solamente temible para convertirse en nuestro principal terror.

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Enseñar a morir y enseñar a matar es también aprender que la muerte es una excepción y no un regla, que es en todo caso, algo mucho menos fatal e inescapable de lo que cree el burgués en sus pesadillas.

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Sólo se puede hablar con vitalidad de una pasión muerta.

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Argumento para una película de ciencia ficción: Una sociedad en que por respeto a los muertos se ha decidido no hablar nunca de ellos, ni retratarlos, ni homenajearlos. Un mundo en que políticos, escritores e historiadores tienen que hacer largos perífrasis para no hablar del legado de un fallecido acallado por respeto.

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Mi abuelo murió por no decidirse entre fumar un cigarrillo y beber un vaso de whisky. A los 87 años y en pleno uso de sus facultades mentales, el humo y el alcohol se atragantaron en sus pulmones, obligándolo a dejar de respirar. Su esposa, mi abuela, que apenas tomaba y no fumaba, tuvo que esperar los 92 años, verse a sí misma perder la cabeza, usar pañales, depender de la bondad de los extraños, pasar años y años viviendo una vida que nada se parecía a ella. Su buena salud se transformó en el mayor de sus dolores. Los últimos años de su vida consistieron en la lucha entre su cabeza, su conciencia, su moral que pedía morir lo más luego posible, y su cuerpo que se resistió por años a la evidencia y se apagó sólo después de meses y meses de dolorosa lucha.
Pienso ahora, comparando las dos muertes, que mi abuelo no fumaba ni tomaba sólo por vicio. Era un sobreviviente nato, un falso melancoólico, un luchador que sabía que si quería morir a tiempo, si quería evitarse la vergüenza y el dolor de sobrevivir demasiado, tenía que ayudar a la muerte. Por eso fumaba, por eso tomaba, por eso desobedecía las ordenes médicas. Amante de la justicia, necesitaba contrarrestar su inmenso instinto vital y regalarle algo de peso a la muerte para que alguna vez se inclinara la balanza a su lado.

Detrás de la prohibición de fumar y beber subyace la extraña visión de la vida, del instinto vital, como algo frágil. De alguna forma secreta, los defensores de la vida piensan que está sujeta a un permanente ataque, que somos, cada uno de nosotros y todos nosotros en conjunto, una fortaleza que espera la llegada de los bárbaros. Importa poco que los datos contradigan esta visión de las cosas. Da lo mismo que en términos estadísticos vivamos más o mejor cada día que pasa. Da lo mismo que en sociedad desarrolladas sea cada vez más difícil morir. Cada muerte, por más natural que sea, resulta entre nosotros una derrota inadimisible. Cada vida preservada a cualquier costo se convierte en un deber del que no podemos salvarnos. Nuestra respiración individual, nuestra salud es así, hoy por hoy, considerada un deber social, una obligación del Estado, que no podemos romper sin ser castigado. Somos libres en muchas cosas, pero más presos que nunca en lo más esencial: vivir hasta donde queramos.

Paradojalmente, quizás, el mundo del romanticismo que desapareció al llegar los noventa del siglo XIX, en su mórbida pasión por la muerte era más optimista que el nuestro. Mi abuelo fumaba porque sentía que podía desperdiciar un poco ese enorme caudal de respiración que tenía sus pulmones. Werther se podía suicidar porque de alguna forma sabía que algo de él viviría después de muerto. Podía Edgard Allan Poe jugar con la muerte y los muertos sin sentir que se perdería del todo en el juego. Nuestros abuelos y bisabuelos habían visto morir a tanta gente sin que la muerte ganara la partida, se podían dar el lujo de ser galantes con la visita del cegador y su calavera.

Ese lujo, ahora que la muerte es una excepción, ahora que es un error médico, es algo que misteriosamente no podemos permitirnos más. La vida era sólo parte de lo que los antiguos poseían. Tenían ideas, honor, fama, hijos, tribu, partido y religión. Hacer cualquier cosa para sobrevivir era para nuestros abuelos sinónimo de miseria. Sólo el que no tenía nada, el que no era nadie, podía abrazarse a la vida. La vida era así un mínimo común denominador. Eso llevaba al extremo incluso de despreciarla, de mancharla, de quebrarla sin piedad. Hemos llegado al extremo justo contrario, el de imponer la vida, el de arrastrar ancianos centenarios entre tubos hasta que ya sus cuerpos no aguantan ni una sonda más. El extremo de vegetalizar la vida humana, es decir quitarle al hombre todo su instinto animal (su pulsión de muerte) y mantenerlo vegetal y refrigerado en esos enormes viveros que se convierten los hospitales.

Los amantes de la vida sólo pueden sostener su amor justamente negándole a esta su derecho principal: el derecho que tiene la muerte de matar. Es esa la principal contradicción a la que se enfrenta toda prohibición saludable, toda medicalización de nuestra sociedad.

Lo que llevaba a mi abuelo a fumar y a tomar no era una pulsión suicida, no era un desprecio a la vida, sino justamente las ganas de vivir. Era el placer, ese instinto que nos distingue de las plantas. Era el deseo que nos distingue de los animales. En el centro de la vida está la muerte. Todo lo que nos hace vivir, usa como símbolo, como herramienta fundamental, objetos, alimentos, personas que nos pueden matar. Vivir es de alguna forma matarse, es decir avanzar hacia esa parte esencial de la vida que es la muerte (sino es al revés, que la vida es sólo una parte esencial de la muerte). La vida no se guarda, no se protege, no se cuida. El que se cuida, el que se protege, el que se vigila es el enfermo, es decir al hombre que porta en sí la muerte. Prohibir el tabaco y el alcohol, proteger a los ciudadanos de los venenos, tiene como sentido profundo decirle a la ciudadanía que no está tan viva como cree. Que puede vivir pero no ejercer una de las pregorativa misma de la vida humana, que está justamente en el uso beneficioso que podemos hacer del veneno.

Eso es lo que nos hace humanos, la capacidad de destilar el veneno y encontrar en él miel. Ese es también el riesgo, porque en el intento la mayoría simplemente se intoxica. Nos constituye como humanos un deseo que es más grande que nuestros cuerpos. Dios o la especie nos hizo así justamente porque la fragilidad del hombre es lo único con que puede morigerar su poder. Él que nos hizo, no sólo nos hizo mortales, sino que nos hizo desear la muerte para de alguna manera controlar nuestro poder. Nos dejó, nos llamó, a matarnos a nosotros mismo para evitar que matemos a todos los demás.

Horrorizados con razón por las montañas de muertos en los campos de concentración, asqueados del tono necrofilico en que terminó el romanticismo, hemos creado un infierno contrario pero al final parecido. A la montaña de cadaveres le hemos opuestos montañas de seres muertos en vida, de mujeres y hombres a los que le hemos quitado las palabras, la dignidad, el cuerpo, preservándoles sólo los signos vitales. Hemos extirpado, como si se tratara de un tumor, la muerta a la vida, sin darnos cuenta que ese tumor que palpita era el corazón. Matamos a la vida para que no muriera, aunque temerosos de ser demandados por negligencia médica nos apresuramos en conectar al paciente a un respirador y mantenerlo en coma por los siglos y los siglos, amén.