Manuela Infante tiene 28 años y junto a la compañía Teatro de Chile se ha dedicado a repensar personajes históricos, como Prat y Juana de Arco, lo que en el caso de Prat les valió incluso una querella. En este Stgo. a Mil, reponen una obra estrenada el año pasado, que según Infante es el extremo de las reflexiones planteadas por ella y su compañía. El personaje revisado es nada más y nada menos que Cristo. E Infante cuenta que la vieron algunos curas y los felicitaron.

Por Catalina May – Fotos: Alejandro Olivares

Estudiaste en Saint George, pero tu familia no es religiosa. ¿Crees en Cristo como lo presenta la Iglesia?
-No, no soy cristiana, pero no le tengo la bronca que alguna gente le tiene. La elección de la figura de Cristo para este montaje fue una especie de ironía que nos planteamos cuando estábamos saliendo de la obra Narciso y nos preguntábamos qué hacer. Nos pusimos a pensar en una figura histórica y alguien dijo Cristo, y se rió. Es divertido que haya surgido a partir de esa ironía, porque lo que aborda la obra es justamente eso. Si hay una figura histórica que plantea el problema de quién es el personaje objetivo o la historia oficial, es Cristo. Como se dice en la obra, si tú lo buscas en Google te salen millones de millones de resultados. Es eterno.

LA GRACIA DE CRISTO

Ustedes como compañía han insistido en la revisión de figuras históricas para replantearlas desde una visión no oficial. ¿Qué interés hay detrás de eso?
-Para mí eso siempre ha tenido que ver con un deseo de preguntarse por la realidad. Si el observador modifica lo observado, entonces cabe preguntarse si es la realidad algo tan objetivo como hace dos siglos creíamos que era. A mí me inquieta mucho esa pregunta.

¿Por qué?
-Bueno, claramente ahí hay un impulso político. Si es que la realidad en algún punto es también el resultado de quien la observa, nosotros efectivamente estamos construyendo las hueás que nombramos y observamos, no sólo observando y nombrando cosas que nos preexisten. Tenemos un rol en esa construcción y eso abre un mundo de posibilidades para decidir en qué realidad queremos vivir. Hay algo que empodera al sujeto frente a su realidad ahí y tras esa reflexión, que parece filosófica, está el deseo de reivindicar nuestra capacidad de accionar en el mundo en que vivimos. Por eso uso la palabra político.

¿Crees tú que has sido capaz de transmitir ese mensaje en tus obras?
-Creo que sí, que por lo menos las obras plantean la reflexión de: “Chucha, ¿qué es la realidad?”. Y por eso es tan entretenido hacerlo desde el teatro, porque uno lo hace desde la ficción. Es súper bonito plantear que así como se construye la ficción, quizás no son tan distintos los mecanismos con los que se construye la realidad. Yo creo que eso la gente sí se lo alcanza a preguntar.

Has dicho que la obra Cristo representa en ese sentido el extremo de las reflexiones planteadas por ti y la compañía Teatro de Chile…
-Porque radicaliza la noción de que no hay acceso al original y de que cuando hablamos de Cristo estamos frente a puras representaciones. “Nos cuentan” lo que ocurrió. Eso es una narrativa, una construcción de ficción. La gracia de Cristo es que pasó hace mucho más tiempo que los demás personajes que hemos tratado, y por lo tanto tiene muchos más “nos cuentan” entremedio. Y además es una figura universalmente súper reiterada.

Y además tiene la carga de una religión que plantea dogmas basados en lo que nos dicen fue Cristo y su vida…
-Sí. El tema de que “Cristo es el representante de Dios”. Ahí hay algo interesante para pensar respecto de la representación y la realidad y la teatralidad. Él viene en representación de… igual que un actor representa un personaje. Y está el tema de la fe. En la religión se le pide a la gente que tenga fe en que el Dios existe y en que Cristo hizo milagros. Es lo mismo que nos ocurre con respecto a nuestra realidad cuando la asumimos, cuando tenemos fe en que la realidad es inamovible y está allá afuera y no la construimos nosotros en la medida que la habitamos. Siento que operan mecanismos parecidos.

La obra Cristo termina siendo también una reflexión sobre el teatro y sus representaciones. ¿Cómo llegaron a eso?
-Eso apareció en el proceso. Siempre supimos que estaba implícita la pregunta por la realidad. Y en un punto nos preguntamos qué significa representar algo que conocemos sólo por sus representaciones. Esa pregunta desencadenó la relación entre Cristo, que conocemos sólo a través de pinturas, evangelios, etc, y el teatro, que es precisamente un espacio de representación. Si jugábamos a que teóricamente buscábamos al Cristo original, la realidad detrás de todas esas representaciones, en el escenario nos pusimos a buscar la realidad detrás de la representación.

El uso del cartón es fundamental en la obra. ¿Juega algún rol simbólico?
-El cartón partió por algo muy circunstancial y después nos hizo sentido. Las mujeres de la compañía estábamos en Ámsterdam el año pasado montando la obra y no teníamos plata para nada. Cachamos que botaban ene cartón y que era la raja. Para mí hace sentido en la noción de que es algo que se construye y se deconstruye. Un modelo armable. También tiene que ver con que ésta es la primera vez que trabajamos con video y yo creía que había que contraponer algo súper tosco a esto como high tech.

IMPOSICIONES HISTÓRICAS

Prat fue la primera de tus obras en que revisabas un personaje histórico y lo planteabas desde una versión no oficial. eso causó mucha polémica y hubo hasta querellas de por medio. ¿Qué crees que pasa en Chile que hay “realidades” intocables?
-Es loco lo que te voy a decir, pero yo creo que Chile en este momento peca de una sobre flexibilidad y revisitación y modificación. Siento que estamos más en un flujo de superficialidades que no se casan con nada. No veo que haya gente defendiendo valores. No siento nada muy arraigado, por lo menos en las generaciones nuevas. Eso puede ser una suerte si se convierte en la capacidad de releer y reconstruir la realidad en que vivimos. Si es un paseo superficial y es simplemente que no somos capaces de quedarnos quietos, no. Pero a mí no me ha vuelto a pasar ningún rollo de ese tipo con las obras.

¿Con Cristo no tuviste ningún problema con la Iglesia?
-Nada. Fueron unos curas a una función, estaban felices. Se quedaron a saludar y nos felicitaron por el trabajo. Basta ver la obra para cachar que estamos hablando de Cristo, pero que tenemos derecho a hacerlo.

Yo en realidad pensaba en gente como los que el año pasado lograron que se prohibiera la píldora del día después. “Es abortiva, va en contra de la vida”, es su realidad y nos la impusieron a todos ignorando las pruebas científicas en contra…
-Bueno, por eso te digo que es tan político el tema de la objetividad de la realidad. Todas las imposiciones históricas, desde las dictaduras más feroces hasta ese tipo de gestos, están sostenidas por una visión de mundo que cree en la objetividad, que cree que hay una verdad. Y yo creo que el revuelo de Prat tiene más que ver con el miedo a darse cuenta que hay una generación que está empezando a leer las cosas distinto, que con que se toque a determinada figura.

STGO. A MIL Y MONOPOLIO

¿Qué te parece santiago a mil? Hay hasta promotores en las calles ahora…
-No puedo hablar mal de teatro a mil, porque estoy ahí. Pienso que sería interesante que se empezaran a formular festivales alternativos a Santiago a Mil en este país. Creo que ya es hora de que alguien tome esa iniciativa, porque cualquier monopolio en cualquier ámbito es negativo.

¿Crees que de todas maneras que haya más teatro es mejor?
-En la medida en que es tan agresivo que llama a la gente que nunca ha ido al teatro, sí. Pero habría que mirar algunos números y ver si la gente que va en enero al teatro vuelve a ir. Porque si no, ES un monopolio. No sé cómo funciona eso.

¿Qué te gusta de lo que se está haciendo en teatro ahora?
-Lo último que me gustó muchísimo fue Un roble, de Alfredo Castro. Encuentro que hay hartos trabajos serios e interesantes.

¿Alguna figura del teatro chileno, te marcó durante tu formación?
-No me pasa como algunos que dicen que tienen maestros. ¡Y me encantaría! Pero te juro que con la compañía, sin sonar arrogante, mucho de lo que construimos lo hacemos por negación, yendo al teatro y diciendo: “Esto es lo que NO quiero hacer”. No es que todo sea malo, pero no queremos sólo imitar lo que nos gusta.

TELE BASURA

Por ahí leí que tú -como tantos actores- asegurabas que nunca trabajarías en televisión. ¿Es así?
-La única diferencia es que en este momento de mi vida yo no aseguraría nada (sonríe)… pero no tengo ninguna intención de trabajar en la tele. No me gusta el producto. Pero si apareciera la instancia de algún producto bueno y me invitaran, a lo mejor lo haría. Pero hasta ahora lo que veo… encuentro que es una basura en su mayoría, no lo soporto y en realidad no veo nada.

Varios de tus compañeros de compañía, como Héctor morales, actúan en la tele. ¿Hay discusiones ahí?
-Más que una discusión tratamos de estar conscientes y de hacernos cargo de lo que eso podría significar. Cuando éramos más pendejos lo conversábamos, pero ahora cada uno elige las cosas que le parecen. Lo jodido con la tele es que consume mucho tiempo y nosotros ahora estamos luchando mucho contra hacer teatro como si fuera hobbie, de 7 a 10 de la noche, porque todos trabajan en otras cosas. Estamos trabajando bien duro en convertir la compañía en una empresa autosustentable para que pueda ser nuestro trabajo.

¿Y eso cómo se logra?
-Con el apoyo de instituciones y privados. Levantando fondos. Es tremendo, pero es una hueá que hay que inventar YA y nosotros lo estamos haciendo, pero no hay un camino trazado, nadie lo ha hecho antes. Quizás La Troppa. Estamos mono los nueve integrantes de la compañía repartiéndonos las tareas.