Cuando dentro de unos pocos años, nuestros hijos se conviertan en adultos, con toda seguridad, podrán contarles a los suyos, y a sus nietos, lo felices que fueron cada Navidad con sus juguetes electrónicos, y también lo felices que fueron disfrutando a esa pléyade inagotable de héroes tecnológicos que alimentaron su imaginación; nosotros, en cambio, los que vivimos esa infancia de caballitos de madera, de palitroques, de muñecas de trapo y de esas pelotas de fútbol con blady, con que pichanguéabamos la pobreza poblacional, no tenemos la suerte de contar con héroes inmortales ni mascotas virtuales; los nuestros tenían cuerpo de algodón, que se lavaban la carita con agua y con jabón.

Y, esta noche, la televisión –qué ironía, la misma que lo vio nacer y que luego lo sepultó en vida, a manos del rating– nos anunció que nuestro héroe infantil, se había marchado en medio de las lágrimas de quienes esperaban que su cuerpo de algodón, al fin, latiera.

¿Quién ha muerto esta noche: Jorge Guerra, el creador, o Pin Pon, su obra? Imposible separarlos. Jorge, el actor militante, el labrador, el guerrero de la inocencia, el que siempre batalló para que en nuestra infancia recibiéramos algo más que sana entretención, ha descansado, ha partido a toda prisa para tomarse de la mano de Yoya Martínez, nuestra abuela nacional, que lo espera una cuadra más adelante para marcharse juntos al mundo de nuestros muertos olvidados; también lo ha hecho su muñeco Pin Pon, cuyos trastos ya nadie vestirá y cuya voz se apagó entre nosotros, para transformarse en mito. Ambos cumplieron con el encargo de colmar nuestra inocencia de ilusiones, de divertirnos con esa ingeniosa manera de transformarse en un muñeco más pequeño aún, que se posaba sobre el piano del Tío Valentín, o que desde una cajita le hablaba hacia arriba.

Nuestros hijos suelen mofarse de aquella infancia gansa, sin tecnología, que nos tocó vivir hasta mediados de los setenta, cuando irrumpió el Atari, el tatarabuelo de la Wii; también a ellos les resulta incomprensible que nos hayamos entretenido jugando a la escondida; no obstante, sépanlo pendejos insolentes, fuimos muy felices. La gran responsable de esa felicidad, sin duda, fue nuestra inocencia. Y es sobre el metal de esa inocencia, donde Pin Pon esculpe su historia, y nos la cuenta; él transita con libertad sobre las avenidas inmaculadas de nuestras creencias, las surte de una disciplina necesaria, las provee de un método; es un relato que hoy extrañamos, sobre todo cuando sentimos que vivimos en una sociedad sin liderazgos.

Antes que el joven actor del Ictus creara a su personaje en 1965, los chilenos apenas habíamos oído hablar de la televisión; sólo unos cuantos afortunados conocían el cine; la mayoría de los niños asociaba el esparcimiento a un viejo aro de bicicleta que equilibraban con un palito en la mano, o a la clásica pichanga callejera. Pin Pon logra entrar en esa precariedad material, y capturar nuestra inocencia para enseñarnos a soñar; no es que hayamos sido unos provincianos obsecuentes, o que nos hayamos rendido ante la ciencia ficción del chroma key, es que poseíamos una capacidad de asombro virginal sobre la que podía escribirse un relato, sin que lo cuestionáramos; vivíamos en un país –y en un mundo– menos sofisticado, que nos permitía darnos el espacio de escuchar al otro, sin descalificarlo; tal vez éramos menos ambiciosos que hoy, éramos más solidarios. Si Pin Pon hubiera nacido treinta años después, habría durado una semana en pantalla; lo habría devorado la falta de inocencia y la incapacidad de asombro de unos niños que nacen con un control remoto en la mano, es decir, que nacen con la capacidad de decidir.

Nosotros, en cambio, fuimos encantados por la magia de un mundo que estaba en construcción; evolucionamos desde el palito para mantener en pie el destartalado aro de bicicleta, hasta la horquilla de alambre que moldeamos con nuestras manos para reemplazar la tabla rasa; evolucionamos desde la salita a la que acudíamos para ver televisión pagada a chauchas, hasta el plasma; evolucionamos desde el overol color caqui de la escuela primaria, hasta el aula universitaria; evolucionamos desde la inocencia de sentirnos convocados, a la desconfianza de sabernos ignorados; en fin, cambiamos. Y, en ese tránsito, Pin Pon tuvo algo muy importante que decir: él nos enseñó a soñar que podíamos soñar con un mundo posible, con un mundo mejor.

Pin Pon, gracias por la magia, por los colores con que incendiaste nuestra imaginación; gracias por la sutileza de convertirnos en seres ingrávidos, como pompas de jabón.

Por Patricio Araya G., periodista