¿Por qué será que el Festival de Viña genera tanta nostalgia y simpatía, y a la vez, tantos anticuerpos? La respuesta a lo primero, tal vez podamos hallarla en las fases 1 y 3 de su historia. En tanto, la fase 2 –la más siniestra y vergonzosa– nos permitirá responder la segunda parte de la pregunta. El Festival de la Canción de Viña del Mar, tiene tres fases bien definidas; la primera, va desde 1959 a 1973; la fase 2, parte en 1974 y concluye en 1990; y la fase 3, que comienza en 1991 y que llega hasta nuestros días.

Los nostálgicos podrán solazarse en clave blanco y negro con los modestos recuerdos de la primera época festivalera (fase 1), acumulados en algunos registros radiales y hemerográficos, y en unas cuantas cintas magnéticas de carrete abierto, o en sus sucesoras, las cintas U-Matic; desde allí podrán rescatar las imágenes fundacionales de aquel simple espectáculo veraniego –de unas sillitas y unos cantantes desafinados al borde del cerro–, que devino en un pretencioso émulo de los shows italianos y españoles, y que a comienzos de los setenta comenzó a ser televisado y transmitido a otras ciudades del país por las pantallas de Televisión Nacional.

Por su parte, los simpatizantes de este certamen la tienen mucho más fácil todavía. Ellos disponen de un abundante arsenal de recuerdos que les provee la historia reciente, desde 1991 hasta 2008 (fase 3); dotado de cientos de referencias, tanto personales como públicas, como la actuación de Los Prisioneros en el primer festival sin dictadura en 1991, o la reciente actuación del británico Tom Jones, o las incansables repeticiones con las que los canales hastían nuestra paciencia. Dichos incondicionales siempre encontrarán aquí la forma de reentretenerse y reencantarse con semejante engendro mediático; podrán procesarlo o tragárselo entero, pero jamás se rebelarán contra él, porque para ellos el Festival es el referente natural de su memoria emotiva. No es malo. Allá ellos. El problema de los anticuerpos es nuestro; esa vinculación odiosa que hemos establecido con el Festival de Viña, se gesta durante los diecisiete años de la dictadura, período en que nuestra juventud y la fase 2 del mentado evento, se disputan el mismo espacio. De modo que la historia del certamen se funde en una sola con la historia de nuestra juventud veraniega. Lo que fue bueno y bonito para algunos en esos diecisiete años, para otros fue repudiable y ofendió su inteligencia.

A contar de 1974, la dictadura se apodera del Festival y lo controla a su antojo, lo utiliza como plataforma publicitaria de sus “rostros”, sus Goebbels de turno le imponen desde la Secretaría General de Gobierno, el deber de proveerle a los miembros de la junta militar una imagen limpia, bondadosa, amable, democrática, en circunstancias que estamos en presencia de la censura despiadada, de los generales y almirantes apoltronados en el palco, de los artistas obsecuentes, de los animadores serviles, de los productores y directores incondicionales al régimen, de los alcaldes designados que se pavonean desde la seguridad que les brinda su jefe supremo, pequeños dictadorcillos dotados de autoridad neroniana para levantar el dedo o bajarlo, a favor o en desmedro de cantantes y humoristas.

Mientras Viña del Mar conquista a sus turistas con su propaganda abrumadora de cada año, y las oberturas del Festival van asentándose en la oreja popular como un grato recuerdo veraniego, otros miles de chilenos son detenidos, torturados, ejecutados, o hechos desaparecer, luego de pasar por cárceles y cuarteles clandestinos; las oberturas también son utilizadas para silenciar la voz del descontento que baja desde la galería.

La fase 2 del Festival es la época de las peores violaciones a los derechos humanos y del terrorismo de Estado, del miedo generalizado, de la DINA, de la CNI y de DINACOS; de la Caravana de la Muerte, de la Operación Colombo, del asesinato del general Prats y de Orlando Letelier, del exterminio del MIR y de la masacre contra las directivas del Partido Comunista; el Festival de Viña es en paralelo el circo anual que enmudece ese genocidio y también enmudece el desencanto popular, y satisface la algarabía del pinochetismo incondicional; el Festival cumple el rol goebbeliano de trastocar la realidad de entonces, de intentar persuadirnos de que todo está bien, que nada malo ha sucedido, y de que sigamos saltando y cantando al ritmo de unas melodías siniestras; son los años del despilfarro aberrante en que la parrilla festivalera se digita desde el Diego Portales, y luego, desde La Moneda, a cuenta del erario nacional; son los años donde la plata y la gloria se reparten generosas a costa de nuestra desgracia. Son, qué duda cabe, años horrendos y hediondos, que quisiéramos olvidar, igual que a la generación de servidores de la dictadura.

El rechazo que a muchos produce el Festival de la Canción de Viña del Mar, nace y se consolida en esa época siniestra e inmoral, y sólo puede compararse con el hedor de una letrina; su nauseabundo pasado nos produce algo más que el simple rechazo, nos retrotrae a la “fase terrorista de la dictadura” –como la llama Tomás Moulian–; nos recuerda la imposición forzada de un nuevo orden social y moral, donde el miedo y el terror de vivir en ascuas, ocupó gran parte de nuestro tiempo. La fase 3 del Festival no tiene por qué pagar los costos de la fase 2; lo malo es que ambas están unidas por la misma misión: ser un show de televisión destinado a encubrir los verdaderos problemas del país.

Desde 1974 hasta hoy, cuando la dictadura fatalizó al show viñamarino con su perversión y fanatismo, éste jamás ha dejado de cumplir el encargo de mantener a los chilenos ajenos a sus problemas, embobados en la pantalla como ingenuos niños frente a los dibujos animados; el Festival no es sino el opio que ralentiza la reacción popular, crea en el inconsciente colectivo una falsa sensación de bienestar, de igualdad y de justicia; para lo cual sus maquiladores cuentan con la herencia más funesta de la dictadura: la ignorancia funcional de los chilenos. Sobre ella es posible poner en funcionamiento cualquier experimento destinado a mantener a un pueblo sumido en el consumo y la desmemoria. Los artefactos culturales y los bienes que los sustentan pueden convivir sin mayores reparos sobre el escenario de la Quinta Vergara. Y así será siempre.

La fórmula ha sido exitosa: desde el primer febrero en dictadura hasta nuestros días, más que ver sobre el escenario viñamarino a los mismos actores serviles al sistema, hemos presenciado la consolidación de una “contracultura” marcada por su esnobismo y mal gusto, un auténtico ideario monotemático de un submundo ensimismado en la misión de descerebrarnos en masa. Se trata, en rigor, de un intento de unos pocos miserables, que pasaron del afán propagandístico fascista de blanquear a una dictadura, a servir los intereses de un mercado que los recompensa con abundancia.

Tal vez ya hayamos superado el trance de una dictadura de sapos y torturadores, que nos sumieron en el desconsuelo de tener que ver y escuchar sólo lo que su filtro censurador dejaba pasar, y en su reemplazo hoy nos hayamos hecho de unos sinvergüenzas organizados, que insisten en divertirnos a su manera; y tal vez eso nos permita sentarnos frente al televisor o en un escaño de su nuevo coliseo, pero, sin duda, lo que aún no superamos, es ese cuestionamiento permanente que hacemos del Festival de la Canción de Viña del Mar, y eso, por cierto, pasa por una sola condición: que se apaguen de una sola vez las voces y las luces de toda esa parafernalia milica y de esa pandilla de serviles, y que deje de circular entre nosotros esa moneda acuñada en la fase 2, en cuyas caras se hallan esculpidos los rostros de los niños símbolos del pinochetismo: Raquel Argandoña y Antonio Vodanovic.

En Chile, a veinte años de haber descartado el rigor de una dictadura como forma de gobierno, aún no hemos hecho el ejercicio de desvestirnos de sus trastos malolientes, y tampoco nos hemos extirpado de la memoria los traumas de su prehistoria y de su posterior veneración, mientras ello no ocurra, todo aquello cubierto por su impronta, no cesará de causarnos escozor, y rechazo.

Por Patricio Araya G., periodista