Hubo una época en Chile en que nadie reclamaba por nada. El periodismo se componía casi exclusivamente de conferencias de prensa transcritas íntegramente, sin una coma de más o de menos. La dictadura explicaba sólo en parte ese silencio sonriente que se alargó durante casi todos los años 90. La crítica era mal vista y el poder siempre tenía la razón. Los últimos negocios de Pinochet yacían en una bóveda secreta en el Congreso que no se podía revisar, y Ricardo Claro usaba y abusaba del espionaje militar para sus propias vendetas personales. Si no te gustaba cómo era la cosa, no tenías más que irte.

A algunos nos parecía este clima de concordia obligatoria una enfermedad irremediable. A algunos nos parecía que las autoridades tenían que ganarse el respeto a golpe de burlas, de preguntas, de debate. Algunos sentíamos la necesidad de opinar aunque los magos de la comunicaciones nos decían que en la posmodernidad y el fin de la historia, y la transición política, eso de la polémica ya había pasado de moda. Algo más que la moda ha cambiado en este tiempo. Nadie en el Chile de hoy se reserva su opinión y cada cual tiene opinión sobre todo. Más que opinión tienen reclamos: Indignación, gritos, chillidos, sorna e ironía que suben de tono hasta convertirse en ladridos histéricos: transporte, economía, polución, túneles, supermercados, todo está mal, nadie entiende nada, todos están equivocados, todos son ladrones, corruptos, frívolos, idiotas, imbéciles, asquerosos. Todos tienen la culpa de lo mal o lo bien que estoy, menos yo, sagrado yo que se salva primero que nadie, que no le importa más que nominalmente lo que les pasa a los demás.

Inútil es comentar el ratonil comportamiento de quienes sólo se atreven a opinar y disentir cuando esto no acarrea ningún precio ni ningún riesgo. Los callados de los 90 esperaron que Lagos dejara en claro que el miedo se había terminado en su reino para gritonear al mismo Lagos sólo cuando salió del gobierno y no podía defenderse. Lo que llama la atención no es que los cobardes opinen sólo cuando no hay jueces ni querellas para juzgarlos, sino lo que estas opiniones tienen en común. Un enorme desprecio por la política, los políticos, pero también por los artistas, intelectuales, actores, directores o escritores. Un desprecio que se basa en la idea que la gente que sale en la tele o en los diarios, todos esos que se suponen nos dirigen o nos representan, nos están robando, acallando, que merecen así el peso de todas nuestras burlas, desprecio u odio puro.

La lógica, la decencia, el pudor, ya no importan. Todo vale lo mismo. Da lo mismo el senador Espina o el senador Ruiz Esquide, lo mismo Pinochet que Chile Deporte. Los testarudos que se quedan en Chaitén no dudan en querellarse contra el gobierno por no drenar el río de su pueblo fantasma. Algunos comentaristas del blog de La Tercera no dudan en preguntarse quién paga el helicóptero de la Fach que salvó la vida de la hija del ministro de Hacienda. Todo, el dolor, la compasión, la mínima del sentido común debe ser sacrificado en aras de un especie de meritocracia del resentimiento, en una incapacidad de callar la primera tontería que se te viene a la cabeza. Una de éstas no es otra que la que pide que los políticos tengan el mismo trato que los ciudadanos comunes siendo sometidos a diario al triple de cuestionamientos, de responsabilidades y deberes que los opinólogos aficionados que se burlan de lo mal o de lo bien que lo hacen, da lo mismo.

El odio visceral e infinito contra la elite chilena tiene, por cierto, por origen el desprecio de ésta hacia la gente, su profunda endogamia, la profunda desigualdad que defiende y la sustenta. Pero el resentimiento antipolítico, el odio gratuito contra cualquiera que da la cara sólo ayuda a perpetuar esa desigualdad. Sólo alivia al atropellado lo suficiente para que no haga nada por cambiar su situación. ¿Por qué un nuevo líder, qué nueva cara nace de ese resentimiento? ¿Quién puede decir algo nuevo y distinto ante esa tropa de ranas croando en el pantano que a los pocos segundos desautorizan y destruyen hasta sus propios voceros? ¿Quién se atreve a ser político o líder de algo cuando esto es sinónimo de delincuente, asesino y débil mental? ¿No votaran muchos de esos que encuentran que la Concertación son puros ladrones por Sebastián Piñera, el más puro y desenfadado producto y beneficiario de la desigualdad chilena?

La idea de que todos los que salen en la tele son tontos es tan simple como la que son todos ángeles. Ven corrupción en todos lados y no lo incorruptible, sino lo que envidiosamente quisieran poder corromperse más. Pensar que los políticos están ahí sólo para calmar la rabia que me produce mi impotencia sexual, mi sobrepeso, mi jefe que me odia o las várices de mi mujer, es lo que destruye las democracias a la larga. Una prensa que se dedica a ver conspiraciones, sexo, sangre y robo en todas partes, sólo acelera el proceso de descomposición. Es cosa de ver a Italia, Venezuela o Argentina. El odio contra los políticos, la denuncia permanente, es la puerta de entrada para que los Chávez, los Berlusconi o los Menem y Krischner hagan de las suyas impunemente.

“Yo creo que todo es mentira” recitaba León Gieco en una canción de Charly García de los años 80, hasta que la profecía se cumple y ya no hay en la Argentina alguna verdad en qué creer. El juego termina, por supuesto, con niños mendigando en la calle y líderes que se reeligen a perpetuidad porque sólo ellos, sus cuerpos, sus chistes, sus discursos, son verdad.

Siempre habrá algo indecente en quien busca la luces y el poder, pero siempre habrá, al mismo tiempo, algo valiente en que se atreve a exponerse y decir yo quiero. Juegan los opinólogos de última hora, los comentaristas anónimos de blogs, los descontentos de siempre, a criticar el poder pero en el fondo critican esa valentía de exponerse, ese yo que se atreve a decirse y nombrarse. Nada les horrorizaría más que tener que actuar ellos. Tranquilamente escondidos en la penumbra, esperan el final del partido para declararse hinchas eternos del equipo ganador.

“Los señores políticos”, decía ese ejemplo mismo de chileno medio que fue el general Pinochet. Fue él quien nos enseñó a burlarnos y desconfiar de los políticos. Una maniobra, muy política por lo demás, que funcionó y sigue funcionando a la maravilla. Los que hablan, los que piensan, los que usan corbata están todos equivocados. Sólo el general de uniforme, que ladra en vez de hablar, tiene siempre la razón. Sólo él nos garantiza la luz y la sombra, o estás conmigo o estás muerto. Lo otro, la incerteza, el error, la duda, todo eso es pura política, politiquería y demagogia.

Por Rafael Gumucio