Por Patricio Fernández, desde La Habana • Foto: Samy Benmayor

Cuba fue el centro de tensiones de los políticos chilenos este verano. El encuentro de Bachelet con Fidel Castro dio para que todos hablaran, apoyando o criticando. Pero pocos dijeron algo de cómo están Cuba y los cubanos después de 50 años de revolución.

Cuba es rarísima. Está llena de experiencias que son y no son, al mismo tiempo. Los enemigos del
régimen son, finalmente, sus aliados. Pocos dudan que de acabarse el bloqueo el aire soplaría mucho más fuerte al interior de sus instituciones y, no obstante, EE.UU lo conserva. Fidel tiene a los ciudadanos agotados, pero no pueden evitar admirarlo. Aún resultándoles insoportable, le reconocen superioridad. Juega el papel de los padres autoritarios, de los patrones de fundo, de los señores feudales. Obnubila. Sólo un genio político de proporciones se mantiene 50 años en el poder y pone una isla de ese tamaño al centro de los mapas del siglo XX. Fidel se ha codeado con cada uno de lo más grandes estadistas y estrategas de las últimas cinco décadas. Ha sido adorado como un dios. Se ha parado de igual a igual frente al coloso norteamericano. Su rostro y sus palabras están repartidas en carteles a lo largo de las carreteras y barrios de Cuba. Los afiches no promueven productos comerciales, sino lecciones revolucionarias: “Revolución es igualdad, justicia y libertad”, “Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo”. Cosas así. Muchas provienen de la boca del Che, otras de José Martí. Para donde mire uno encuentra a alguno de estos profetas. Martí representa el nacionalismo, el Che la moral del combatiente y Castro al mesías que las fusiona. Todo esto en un país que juramos sería la tierra prometida.

Adentro de muchas de las casas y departamentos de La Habana hay canarios, cacatúas o loros, por lo que basta entrar a un domicilio particular para escuchar el canto de los pájaros. En las calles, los cubanos hablan con cuidado. Evitan pronunciar el nombre de Fidel; para referirse a su persona, acarician una barba imaginaria, se golpean el hombro con dos dedos o apuntan al cielo. Basta, sin embargo, conversar un rato corto para que todos, absolutamente todos salvo los directísimamente responsables, comiencen a lamentarse. Sus vidas están repletas de restricciones absurdas. Ciertos enfermos crónicos sólo pueden retirar sus medicamentos un par de días al mes, y si por algún motivo el afectado no puede asistir,debe conseguirlos pagando coimas o en el mercado negro. Los que rentan dormitorios hacen malabarismo para ocultar sus piezas extras. Ya tienen técnicas para sortear a los inspectores, pero se avergüenzan cuando deben pedirle a sus huéspedes, repentinamente, que escondan alguna de las maletas. Alguien decidió un día que ciertos paladares debían tener trece sillas: ni una más ni una menos. Salvo que se halle el modo. Un campesino no puede criar vacas y luego comerse una para navidad, porque las vacas no le pertenecen. Matar una vaca tiene una pena mayor que asesinar a un hombre. Fácil imaginar entonces la falta de ganas de un campesino para acrecentar el ganado.

La isla está prácticamente incultivada.

Por todas partes hay campos extraordinarios sin el menor sembrado. Llanuras extensas tomadas por la hierba y las malezas. Cuentan que decenas de años atrás, en plena lucha por el hombre nuevo, fueron arrancados de cuajo grandes cantidades de árboles frutales, de mangos, de guayabas, de aguacates. Arrasaron árboles que tardan más de diez años en dar sus primeros frutos para sembrar caña y tabaco en su lugar. También los huracanes han aportado lo propio. En la zona de Viñales, al occidente de la capital, cerca de Pinar del Río, el último ciclón se llevó miles de miles de palmeras. Allí el paisaje tiene un aire prehistórico: en vez de cerros hay mogotes, unos cubos enormes en una pradera enteramente verde, arrojados ahí como dados sobre una mesa de juego. Y hay ríos subterráneos. Cursos de agua que avanzan por cavidades de roca, en cuyos muros los encargados de los botes turísticos, para ganarse unos dólares extras, descubren figuras fantásticas.

La gentes es afectuosa, especialmente en los pueblos y ciudades pequeñas. En La Habana, como corresponde a una ciudad grande, hay para todos los gustos. Existen familias cultas y refinadas que viven sin ninguna ostentación en El Vedado, mansiones en Miramar, y grandes mayorías que deambulan por La Habana Vieja, por Belén, el barrio chino, por lo que se llama Centro Habana, los alrededores de la estación y Jesús María, estos últimos, sectores nada de dulces en la madrugada. Aunque lejos de los niveles latinoamericanos, el robo sí existe, y también el crimen. Suele tratarse de casos vinculados al tráfico de drogas o la prostitución. Hace menos de un mes, según comentaban, dos españoles murieron acuchillados. Estos asuntos se saben así, de boca en boca. El Gramma no tiene páginas policiales.

La salsa, según reza una canción cubana, se menea como los pasos de un buey cansado. Grupos musicales y parrandas cantan por doquier. Reina la alegría, o parece que reinara. Esa fiesta de vitalidad natural y fresca, de relajo sexual, playas y baile, forma también parte de lo que ofrece la isla revolucionaria a sus visitantes. Se tiene la sensación, a ratos, de que a pesar de las dificultades, campea la felicidad. Pero todo es tan raro en Cuba… Tras la fiesta y el entusiasmo, no es difícil vislumbrar una nota de tristeza. Un escritor amigo, de cuarenta y tantos años, decidió por estos días partir de Cuba. Aprovecharía la invitación a un congreso en el extranjero para quedarse. Me lo contó tras yo preguntarle qué salida le veía a este cuento. “Mira, me dijo, están los tiempos históricos y los tiempos humanos. Quizás sean diez años, quién sabe, pero yo tengo dos hijos, y no quiero que se sigan creciendo acá”. Su voz tenía una entonación decaída, ni una gota de violencia. Imperaba la desesperanza y la resignación. Elisa, la ingeniera, optó por abandonar sus responsabilidades petroleras para retirarse a un rancho en los alrededores de Bacunayagua, cerca de un mirador alucinante y bajo decenas de zopilotes. Comunista de toda la vida, hija de obreros, profesional especializada en Rumania, revolucionaria, optó por cultivar una huerta y practicar reiki, lejos del mundanal ruido en que se fue convirtiendo para ella la monserga combativa. Cuba la entristecía. Vestía como una campesina, con la misma ropa todos los días, y sin la menor intención de tener más. Sostenía que la gente aguantaba en su país, porque la vida era fácil: bastaba una manta para dormir y estirar la mano a un árbol para comer. “Imagínate esto en Finlandia. Allá sería imposible”. No podía vender la leche y sus historias con el ganado y los burócratas se parecían a los chistes de Beni Hill. Decía: “mejor reirse”.

La rebelión, la protesta, el rayado callejero, no aparece dentro de las posibilidades. Se trata de una dictadura estrictísima. Los periódicos son de tres tipos: o del Partido Comunista Cubano (Gramma), o de la juventud del partido (Juventud Rebelde), o de los partidos comunistas regionales. El choque de opiniones no figura entre sus preocupaciones. En la televisión, donde pueden verse las mejores películas de la historia del cine sin interrupciones publicitarias y programas de alto nivel cultural, de esos que acá le darían soponcio a un ejecutivo de cualquier canal, tampoco cuenta con paneles de discusión. La dirigencia comunista celebra la uniformidad. Si un piquete osara ponerse a gritar en una esquina, de inmediato serían apresados y, me explicaron, posiblemente no por policías, sino por individuos convocados por los CDR, los famosos Comités de Defensa de la Revolución. Por mucho que a un vecino le desagrade el gobierno y su sistema, es muy probable que participe de los CDR. De lo contrario se vuelve paria y la menor actividad le es entorpecida. En Trinidad, una mujer me contó que había pasado ocho meses detenida, acusada de llevar turistas, por tercera vez consecutiva, a restaurantes ilegales imposibles de desconocer. Cada una de estas faltas es ingresada en una libreta de anotaciones, como las de los escolares. Tenía veintitantos años y un hijo de meses cuando la detuvieron. En los círculos próximos al poder, bastan unas cuántas declaraciones o tonos inapropiados para caer en desgracia. Son conocidos los casos de importantes personeros a los que una frase desatinada les costó el ostracismo y la marginación. A otros, claro, les ha costado la vida. La disidencia no pasa de ser un juego aceptado a cambio de su imposibilidad de convocar. Difícil encontrar a alguien que no baje el tono de voz cuando echa fuera sus frustraciones. Si bien están hablando mucho más, todavía miran hacia todos lados antes de hacerlo y no son pocos los que imploran reserva. El miedo continúa siendo la principal arma de control.

Escuché confesar a un famoso cantautor de la nueva trova que si por los supuestos logros de la revolución había que comerse tanta porquería, quizás habría que ignorarlos. Según él, la corrupción estaba campeando. La existencia de dos monedas, el CUC y el Peso Cubano, la primera equivalente a las divisas y el segundo relegado a la precarísima economía interna, está produciendo una desigualdad absurda. Cumple, en algún modo, la premisa de los Quilapallún: que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda. Sólo que aquí se trata de los ricos en conocimiento. Aseguran que se ha generado una pirámide invertida. El profesional gana en pesos cubanos, mientras que el portero de hotel, la mesera turística, los tipos disfrazados de folclóricos para las fotos de los extranjeros, las prostitutas, etc., etc., todos aquellos que interactúan con los turistas, lo hacen en CUC. Si algo vale la pena, se paga en CUC. La órbita del peso está limitada a menos que lo básico. Si no me equivoco, el jabón es un producto CUC. La cerveza que se compra en pesos es francamente intragable. En pocas palabras, esta medida terminó engendrando una nueva e incomprensible sociedad de clases.

La Habana es una de las ciudades más hermosas del mundo. No creo exagerar. Es un cúmulo de edificios sorprendentes. Sus muros están gastados, y al nostálgico de alma que habita en occidente, le da pena imaginarlos relucientes. Tiene el encanto y la soberbia del abandono, como Nápoles o Palermo. El paso del viento y la lluvia no ha sido disfrazado allí. Corren aguas sucias por sus veredas, aguas sebosas que ennegrecen los pastelones de piedra y ayudan a resbalar. Por esos callejones eternamente caminables, se arriba a sorpresas sucesivas: una academia de baile, una droguería, un montón de niños haciendo Tai Chi en el patio de una escuela.

La Habana tiene aspectos de metrópoli que alterna con otros provincianos. Está repleta de rincones y mundos convergentes. La gente se viste con lo que tiene, o sea, con la variedad enorme de colores y cortes que genera la ausencia de modas invasivas. Los travestis se reúnen a un costado de las escalas del Capitolio. Fanáticos del beisball se juntan para discutir a gritos en el Parque Central. De los palacios salen hombres en traje de baño y alpargatas, por los balcones asoman mujeres con blusas deshilachadas, y muchos deambulan por ahí con la cadencia de un veraneante camino de la playa. La Habana tiene pocos faroles, como si llegada la noche prefirieran aislar la realidad. Es y no es, del mismo modo que su lógica política.

En Cuba, cuando habla un alto dirigente, entre los analistas de pasillo se desata una ola de interpretaciones. Cada palabra es leída al derecho y al revés, y han acabado por desarrollar un código misterioso para desentrañar contenidos ocultos. Respecto del momento actual, por ejemplo, hay quienes ven una pugna de poder entre los hermanos Castro. Para estos, Raúl tiene la obligación de avanzar por la ruta aperturista, y sabe que, a sus 76 años, los plazos se acortan. Esta pugna, seguramente, estaría explicando la salida del canciller Pérez Roque y de Carlos Lage, ambos cercanísimos a Fidel. Según otros, Raúl nunca hará nada sin la aprobación de su hermano grande. Son las dos cabezas de un mismo organismo. Uno el policía malo y el otro el bueno. No faltan los que piden esperar, para ratificar sus sospechas, el próximo congreso del Partido Comunista. Allí, aseguran, Fidel podría volver a levantarse en gloria y majestad.

Por el momento, los cubanos continúan acostándose y levantándose, educándose mejor que las mayorías pobres del continente, disfrutando de un trato llano e igualitario cuando se encuentran, tuteándose indistintamente, sin padecer la locura capitalista de acumular como fin último en la vida y perdiendo el tiempo sin hacer de ello una tragedia. Tienen salud garantizada, a estas alturas desprovista de medicamentos, pero nadie muere esperando a las puertas de un hospital. A los cubanos, la revolución les dio pies, pero les ha cortado las alas. Pueden ser profesionales, pero difícilmente ejercer su profesión, y menos todavía satisfactoriamente. En el último tiempo el Estado ha ofrecido tierras para que las exploten, y pocos las han querido tomar.

¿Para qué? Saben que debería suceder algo, pero dudan que suceda. A la hora de hablar de política, se percibe el bostezo de la desesperanza. Poquísimos quieren que no quede nada en pie. Está llorando una reforma, la revolución.