Por Alvaro Díaz

Lo primero que debo aclarar es que sólo hago entrevistas por dinero. Jamás se me ocurriría importunar a una persona y robarle un par de horas de su vida para que corra el riesgo de exponer sus vanidades y torpezas si no fuera porque alguien me paga. Por eso mismo, para mí las entrevistas son un oficio. Diría que intento hacer siempre la misma entrevista, corregida por la experiencia, pero la misma. Debo puntualizar que me dedico a los retratos, y que considero esta labor más cercana a la fotografía que a la literatura. En efecto, me es sencillo describir las entrevistas como fotografías: las mías, idealmente, privilegian el punto de vista y prescinden de maquillaje y efectos de lentes o de iluminación. Pongo la cámara en automático, encuadro y dejo que el retratado haga la mayor parte del trabajo. Y como las fotografías, unas se ven mejor que otras. Puedo asegurar que, desde que ejerzo el oficio en conciencia, nunca he hecho una entrevista descollante, pero tampoco una rematadamente mala. Me quedan relativamente buenas, y por eso me piden una que otra y puedo pagar algunas cuentas con ellas. Mis entrevistas pagan las cuentas y no el dividendo, como me gustaría. De todas maneras, están dentro de las mejor pagadas de un mercado que ofrece migajas. ¿Por qué me detengo en miserias? Simplemente para describir un universo donde la preparación de los entrevistadores con suerte pasa de una ojeada por Google. Me ha sucedido corrientemente, como entrevistado –valga la aclaración, corro en los dos bandos, pues me ha tocado promover programas de televisión y, últimamente, una película- que el periodista no sabe quién demonios soy, ni siquiera cómo me llamo. Lo que podría ser la madre de las afrentas se explica, primero, porque pertenezco a la calidad de entrevistados poco apetecibles y permanentemente disponibles, segundo, porque se supone que me conviene a cualquier costo que me entrevisten dado mi mendiga necesidad de prensa, y tercero, porque la ridícula suma con que se encuentra el entrevistador escrita en su cheque al final de mes por hacer ésta y otras cien funciones justifica la más descarada de las desconsideraciones.

Bajo la ética del dinero hago funcionar otras éticas. Como rara vez me llaman para sacarle una verdad urgente a un personaje que esté en la cresta de la ola noticiosa, dada mi incapacidad de descubrir bajo la manga implacables antecedentes que destruirían a una persona que minutos antes me dejó entrar a su casa, me ofreció un café y me presentó a sus hijos, busco entrevistados atemporales, unos más conocidos que otros, pero lejanos a la urgencia. Lo primero que me aseguro es de que tengan tiempo para conversar, que quieran ser entrevistados, no para exponer latamente sus proyectos e ideas tan necesarias de ser tomadas en cuenta y a la vez tan desconocidas por los necios, sino para ser sometidos a una entrevista, es decir, para hablar de su propio devenir sin planificaciones. Debo detenerme en un asunto un tanto triste, aunque probablemente más vulgar de lo que sospecho: corrientemente hablo solo, y una parte de lo que hablo son respuestas a una entrevista imaginaria. A veces soy contundente, otras sensato, otras tremendamente divertido. Siempre ponderado, lúcido, interesante. Es una especie de entrevista definitiva, que todos leerán, comprenderán y considerarán, donde expongo aquello que no se entiende de mí, y a través de la cual consigo el perdón y la veneración. La ampliación al resto de la especie humana de este sicótico comportamiento me ha llevado a establecer que todos, en mayor o menor medida, quieren dejar en claro quiénes son ante el resto, y que uno puede ser un pertinente vehículo para lograrlo. Los problemas llegarán cuando la manifestación verbal de lo que ha rondado durante años en la cabeza del entrevistado no sea el magnífico relato que supuso, sino una narración incompleta, errada en puntuación y sintaxis, la tardía constatación frente a una grabadora de que el libreto nunca es igual a la interpretación. Mi idea de entrevista va en busca de aquello “en lo que se le va la vida” al entrevistado, lo que distrae sus pensamientos la mayor parte del tiempo. Por eso aborrezco las entrevistas a los actores jóvenes –y a algunos viejos – que por no tener nada que contar, se lanzan contra la iglesia, los conservadores, la hipocresía, el nacionalismo y todos esos monstruos de fácil puntería que pueblan sus dramatizaciones, pero que rara vez sobrepasan en tiempo y jerarquía como preocupaciones al odio contra el gásfiter, a la combinación precisa de unos zapatos comprados en Buenos Aires o a la pugna con un vecino por la poda de unas ramas que dan a la calle.
Para no desviarme por completo del camino, puedo señalar como parte de mi ética que jamás dejo al entrevistado leer su entrevista antes de salir publicada, que rara vez le hago caso a los editores, sobre todo a las instrucciones tipo “pregúntale qué opina de legalizar el aborto o la marihuana”, que yo traspaso mi material al computador, dado que al volver a escuchar la voz del entrevistado y el ritmo de la entrevista puedo calificar intenciones, y por que me avergüenza que alguien más escuche mis mal planteadas preguntas, mis interrupciones y mis forzadas adulaciones. Y por último, que respeto el deseo del entrevistado por no hablar de ciertos temas personales. Si esos temas son los que convocan la entrevista, la suspendo en el acto y ahí queda. Como ejemplo puedo citar una entrevista que le hice a la modelo Carla Ochoa para la revista Fibra. Mi idea original no era indagar en su privacidad, pues el saqueo que diarios, revistas y programas de televisión habían hecho de sus cotidianas desventuras la habían convertido en un yacimiento de bajísima ley. Sólo quería saber que opinaba como espectadora de aparecer en medio del escándalo a cada rato, que decía su entorno inmediato de tanta exhibición. Algo funcionó mal, y luego de revelarme que en el departamento de sus padres no cabían los osos de peluche gigantes que su novio Miguel Piñera le había regalado enfermizamente para conquistarla, se puso a llorar. Me dijo que yo era una mala persona y que se sentía intimidada. Le ofrecí terminar ahí la entrevista, a lo que accedió y se fue. Esa fría mañana caminé un largo rato Vitacura abajo masticando mi desencanto. Nadie en su sano juicio quiere hacer llorar a otra persona, menos a un frágil pajarito que no tenía la menor conciencia de lo que un puñado de truhanes, entre los que fugazmente me encontraba, hacía con su vida.

ENTREVISTAS BUENAS Y MALAS

Para algunos, una entrevista buena es aquella donde el entrevistado queda mal. En este caso es necesario el lucimiento del periodista, cuyo arsenal va calibrado en busca del entredicho. Este método funciona con los sinvergüenzas, pero está anclado en la inconducente teoría del complot, bajo la premisa que todos son malos menos yo y mis amigos. Para otros, las entrevistas no son más que un medio para levantar a alguien, hacerle un homenaje en vida y conseguir el auspicio de su empresa. Son sospechosos perfiles de empresarios innovadores y preclaros que, paralelo a sus negocios, hacen gala de su destreza comandando un yate. Para mi una entrevista buena es aquella donde el entrevistado aparece como lo que es. Hay entrevistados que, por su desmedida intención de aparentar, quedan de inmediato al descubierto. Esto sucede, incluso, cuando se cuenta con la complicidad del entrevistador. Es el caso del ex presidente argentino Carlos Menem. Mientras en su país le seguían un juicio por tráfico de armas, acá Pedro Carcuro en el programa De Pe a Pa le celebraba hasta sus gases. El más incauto podía percatarse de que estábamos frente a un bribón de marca mayor, pese a los esfuerzos del relator deportivo por encubrirlo como galán maduro, vividor y hombre de una sola palabra. El mismo Menem, años después, fue entrevistado por su despechada esposa Cecilia Bolocco, en el fallido La noche de Cecilia. Fue un espectáculo humillante. El retrato involuntariamente certero de un matrimonio concertado por el feble espejismo de la conveniencia y destruido por los hechos. Menem aparecía como un viejito patético que no sabía qué decir frente a preguntas como “¿por qué no vino al bautizo de su hijo Máximo?”. Así, tratado en tercera persona por una mujer que sencillamente lo odiaba y que desplegaba frente a las cámaras su cruel venganza.
A ratos tengo la certeza de que no hay que ser muy inteligente para entrevistar bien. Es más bien el talento de parecer interesado o deseoso de comprender cosas sencillas lo que hace hablar a los entrevistados. Hace poco en el cable, en un late show mexicano para ser más precisos, entrevistaban al cantante Pedro Fernández, quien desde niño ha protagonizado un montón de películas. Mientras repasaban las imágenes de “La mochila azul”, el entrevistador, cuyo nombre desconozco, le preguntó como lo había hecho para llorar con tanto entusiasmo, y Fernández se despachó una declaración tan inesperada como estremecedora: “Es que junto antes de filmar la escena –dijo- el director me contó que mis padres, que venían a verme al set, habían muerto en un accidente automovilístico. Después de filmar me dijo que todo era mentira para hacerme llorar”. James Lipton, un desagradable y zalamero actor que nunca actuó, conduce Desde el Actor´s Studio, programa clásico de entrevistas a estrellas de Hollywood. Básicamente son planificados y blancos repasos biográficos, pero es esa misma ausencia de peligros la que permite a los invitados exponerse a sus anchas, sin cautelas. Es así como Kim Bassinger y Peter Falk se descubren como maravillosas personas, Tom Hanks como un ser sensato, Sidney Lumet como un obsesivo por los lentes que coloca en su cámara y Spike Lee como un pelotudo. En una dimensión local, las entrevistas de Cristián Warnken consiguen algo similar en el plano del conocimiento: el que tenga ideas se tomará todo el espacio que requiera para desplegarlas. El que no, naufragará angustiado por el exceso de tiempo. En una entrevista a un diario argentino, Jaime Bayly se ufanaba de adular a sus entrevistados al punto de hacerlos explotar de vanidad. Una teoría graciosa, aunque la realidad la convertía en una astuta disculpa, pues de sus conversaciones quedaba en evidencia el lambisqueo a figuras de segunda orden, no así la sensación de haberlos hecho caer en una planificada trampa.

UN MÉTODO

Como ya anunciaba, trato de hacer siempre la misma entrevista, una fotografía con los controles de la cámara en automático. Lo que cambian son los entrevistados y su contexto, y como no hay uno igual a otro, no hay problema. Estructuralmente es muy sencilla: primero, pregunto por lo más actual, lo que supuestamente nos convoca. La idea es salir rápidamente de lo que el entrevistado ha tenido que responder en varias partes y de manera maquinal. Si es un artista, será su último trabajo, si es un político, la pugna de la semana. Luego, la parte que más me gusta, le pido un relato detallado de su vida, principalmente de la niñez y adolescencia, del momento de la formación. Qué hacían sus padres, donde vivía, si tenía amigos, cómo le iba en el colegio y con el sexo opuesto. Es habitual que los entrevistados hagan una descripción rápida de este período, deteniéndose exclusivamente en los datos, que son lo que menos importa. Pero cuando se les da pie y tiempo para que reúnan los retazos e intenten armar algo, la cosa se pone interesante, pues no hay discursos aprendidos sobre el pasado inocente. Me gusta preguntar por tías, casas, profesores y mascotas, entre otras vaguedades. Las colecciones, por ejemplo, son un buen punto para detenerse, pues alguien que mantiene y agranda una rigurosa colección hasta el presente es un ser inquietante, que lucha contra la idea de desprendimiento que dicta la sabiduría. Tras cartón, vuelvo a preguntar por sucesos contemporáneos, pero esta vez ligados al pasado recién evocado. Sin duda que los triunfos y fracasos actuales se vinculan con el aprendizaje y la ceguera obtenidos de triunfos y fracasos anteriores. Para el final dejo los temas peliagudos, si es que los hay. Esto, por una asunto de confianza ganada y porque, tras haber conversado multitud de cosas, se pueden poner en perspectiva, dejan de ser manchones aislados de una vida corriente o ejemplar, pues forman parte de esa vida y la condicionan. Un paso por prisión o tribunales, una situación familiar caótica, un episodio de furia o una resonante derrota no pueden quedar fuera, pero tampoco pueden convertirse en el centro del asunto, como si todo el tiempo gastado sólo fuera una excusa para llegar a la evocación de situaciones dolorosas, una vil emboscada.
Creo que las entrevistas son, además de una forma de ganarse la vida, una manera de acercarse y comprender a los otros a través del noble ejercicio de la conversación, y que de capitán a paje hay un principio fundamental que está más allá de cualquier consideración: todos tienen sus razones.

(Publicado originalmente por la revista Dossier de la Universidad Diego Portales)