Por Aloiso da Ciudade

Le pedí a un amigo su camioneta para hacer un pequeño flete personal. Él, generosamente, me la prestó bajo la condición de que yo sacara el vehículo del garaje sin su ayuda. A pesar de no cachar muy bien la talla, acepté la condición. Al toparme con el desafío, me di cuenta de lo absurdo de la situación: tuve que hacer unas 10 maniobras para sacar ileso al monstruo de casi 7 metros de largo del garaje, ¡dos veces el largo de un Spark!

Dicho fenómeno de los autos grandes tiene su origen. Hay una ola en EE.UU. que sigue la tradición reciente de la exageración en el consumo y que, como de costumbre, contagió a la burguesía occidental de muchos países, particularmente la de Santiago, la capital chilena: es la moda de los autos grandes. Son las SUV’s, VAN’s AWD’s y otros acrónimos muy elegantes con sus apóstrofe’s. Pero en el fondo son lo que son: gastadores autos petroleros de lujo ridículamente grandes en una metrópolis saturada de vehículos, en los cuales la mayor parte del tiempo viaja una persona sola en una avenida en muy buen estado.

Lo interesante es que en vez de que el diseño se adapte a las necesidades materiales humanas, el exagerado narcisismo proliferado en la cultura neo-liberal hace que el diseño siga otro camino, adaptándose a los caprichos individuales de una sociedad emocionalmente desestructurada. Y que el resto de la ciudad se adapte: si el auto no cabe en ningún estacionamiento, no importa; si la calle es estrecha, no importa; si yo no veo la moto o el ciclista que viene atrás de mí, no importa; si tengo que maniobrar 10 veces para sacar el auto del garaje, no importa; si mi auto gasta hasta cinco veces más que un city car en una ciudad con restricciones serias respecto a la contaminación, no importa; si el riesgo de herir gravemente a los ocupantes de otros vehículos en caso de accidente aumenta gracias al tamaño y peso de mi dinosaurio… ¡no importa!

Lo que sí me importa es el efecto anestésico de un producto que, según una sociedad enferma, genera seguridad y felicidad a su dueño. Más aún si este producto es caro, exclusivo, grande y brillante.

La necesidad, o “valor de uso”, no parece ser el principal factor motivador de dicha ola: una ciudad plana como Santiago no demanda un motor grande y fuerte; el transporte mayormente individual no demanda una pick-up doble cabina; buenas carreteras y calles pavimentadas no demandan un carro alto, 4×4, con enormes neumáticos todo-terreno.

Sin embargo, ya escuché diversas teorías explicando el gran éxito de esta extraña moda automotriz en contra de la creciente racionalización de recursos para frenar el calentamiento global. La primera está basada en la inseguridad personal y el auto acompaña a otras cosas en el paquete, como casas grandes, joyas, grandes bienes que tratan de llenar a algún vacío derivado de esta inseguridad. Tal vez sea una forma de “exhibir” su éxito profesional para los demás (confundiéndolo con éxito personal) como quien no logra convencerse diariamente frente al espejo. La segunda también está pauteada por
la inseguridad, en este caso relacionada a la integridad física, como el miedo a los asaltos, accidentes de auto y otras paranoias del género. Es como si encerrándose dentro de un mastodonte 4×4, el dueño feliz y su familia feliz fuesen intocables, así como en su casa con reja eléctrica y guardia privado. La tercera teoría que escuché es que un auto grande genera la “ilusión” de poder a un individuo en la mitad de una muy democrática red vial. De hecho, un auto mayor puede darse el lujo de andar por ahí tirándose encima de autos más chicos, los que tienen cuidado extra ya que, en caso de choque, son ellos los perjudicados. Sin embargo, permítanme recordarles: las reglas de tránsito son las mismas para autos chicos o grandes, blancos o Atlantic Blue, baratos o caros. Porque usted igual no puede cruzar en luz roja, manejar borracho o andar contra el tráfico porque se cree la muerte con su Dakota. Por eso la ilusión.

Las tres teorías, a fin de cuentas, apuntan una misma conclusión: Auto grande, pico chico.

El fulano que está contento consigo mismo no tiene que exhibirse a través de anteojos de marca, ropa cara o un auto grande; quien entiende que los problemas colectivos son también sus problemas, no trata de controlarlos u ocultarlos a la fuerza sólo porque tiene poder adquisitivo; y sinceramente, proteger su integridad física a costa de la de los otros no garantiza un lugarcito en el cielo.