Si Milton Friedman y Marcial Maciel estuvieran aquí, se volverían a morir al ver lo rápido que sus sueños se están derrumbando. Recién hace dos años se nos fue Friedman, el enemigo del Estado que proponía privatizar las policías, las montañas, los ríos y en cuyo homenaje los Chicago Boys -con el respaldo de Pinochet- privatizaron todo lo que pudieron. El año pasado, entre tanto, partió a los brazos del Señor, Maciel, el patrono de los ricos; el que, a través de la Legión, los hizo sentir que Dios los quería opulentos (de ahí el mote de Los Millonarios de Cristo).

Hoy los dos son monumentos agrietados; y buena parte de la elite chilena, que les prendía velas a ambos, está viviendo algo muy parecido a lo que fue la caída del Muro de Berlín para la izquierda.

En todo Occidente, el Estado que aborrecía Friedman debe soltar miles de millones de dólares para respaldar a la banca, a la industria automotriz, a las aseguradoras; mientras tanto los académicos de la Universidad de Chicago -donde enseñaba Friedman-están consternados, porque sus egresados se ganaban la vida ordenando a los países pobres que dejaran morir a las empresas débiles, y ahora no van a poder recetar eso. Y los más ultras entre los neoliberales ya no hablan de USA sino de USSA, con la S de Socialista, metida ahí, en el corazón de esa sigla que era el símbolo del capitalismo. Y hasta dicen que Obama es socialista.

De Maciel, bueno, ya se sabe: predicaba sobre el pecado de la carne mientras violaba niños, tenía sexo con varias mujeres (todas fieles seguidoras) y al menos embarazó a una; y todo esto se vio favorecido por la norma de silencio y obediencia que impuso en su congregación. A sus víctimas les decía que tenía un problema en el pene y que el Papa lo había autorizado para que se lo masajearan. Parece argumento de película porno.

Con todo, la caída de estos pilares del conservadurismo mundial no implica aún el fin de nada. Hoy sus seguidores trabajan diligentemente en rescatar lo que sirva y de ese modo mantener algo del poder que aglutinaron. Para eso es central que logren darle una lectura menos terrible al derrumbe.

Eso es muy claro con Maciel. El llamado “Padre Fundador” nunca fue juzgado por los abusos a menores y aunque el Vaticano lo castigó, no quedó claro el horroroso motivo. De hecho, oficialmente Maciel cae solo por haber tenido sexo con una mujer y ser padre. Nada más.

Si sólo se tratara de eso, claro, no habría delito. Y uno podría mirar su historia como la lucha de un hombre por la castidad; y ni siquiera se podría ser tan duro con Maciel por haber fallado, pues todos fallamos (y en desafíos harto menores). Y se podría pensar que, pese a haber yacido con mujer, Dios pudo haber actuado a través suyo para crear la Legión. Nada de extraño que hoy los legionarios digan: “Dios actúa a través de instrumentos humanos”.

El problema es que para que esta historia cuaje, hay que olvidarse de los niños abusados. Porque es difícil sostener que Dios actúa a través de un violador. Algún fanático dirá que Dios actuó incluso a través de Hitler, pero le será difícil mantener una red de colegios si tiene que admitir que el fundador habría mirado con ojos torvos a los pequeños que entran ahí. Para que la Legión postule aún a ser “obra divina”, su fundador debe ser un pecador, no un sicópata. La cúpula legionaria dedica sus esfuerzos hoy a fijar ese “matiz”.

Por ello en las disculpas que ofrece no hay mención a los abusos de menores. Lo que constituye un nuevo y terrible abuso. Y a la vez, un nuevo acto de conservadurismo: después de todo se lo defenestra por el mismo motivo por el que se oponen a las relaciones pre matrimoniales, a la pastilla del día después, al condón: porque el sexo entre un hombre y una mujer, fuera del matrimonio, es malo.

Maciel cae, pero no cae el conservadurismo que lo generó, que él incentivó. Tampoco es esperable que teniendo un origen tan siniestro la congregación sea un poco menos dura con los que pecan más suavemente. De los escombros de Maciel surge ahora un monumento aún más castigador.

Aunque suene paradójico, la fe en Maciel es menos firme que la que hay en Friedman. Porque con Friedman está Dios en serio. La fe en él es tan profunda que aún hoy, con todo lo que hemos visto, con los bancos perdiendo miles de millones de dólares por préstamos que no valían nada, aún después de eso, uno ve economistas como Cristián Larroulet que dicen que lo que ha pasado en el mundo es culpa del Estado.

Para pesar de Larroulet y de los Chicago, la opinión que se impone en el mundo es la desconfianza a las grandes corporaciones, a los genios de las finanzas. Se asienta la idea de que el sistema permitió el saqueo más feroz y que los países fueron abusados por especuladores disfrazados de economistas, que con sus consejos “técnicos” sólo querían aumentar las ganancias de las empresas, liberarlas de impuestos, abaratar la mano de obra.

Ahora se aproximan momentos dolorosos para millones de personas. En Chile ya se están sintiendo y no debe haber nadie que no haya vivido u oído muy cerca de 20, 50, 100 personas despedidas de un paraguazo.

El desbarajuste es tal que los Chicago no logran aún armar una argumentación que rescate el modelo. Se habla de ética, se critica la codicia… ¡se cuestionan los millonarios bonos que reciben los directores de esas empresas! Por otra parte cada día la crisis se parece más a la Gran Depresión, cuando el Estado empezó a brillar y acorraló a los privados por varias décadas.

Pero este escenario, que puede alegrar a los que siempre han odiado al neoliberalismo, implica un riesgo enorme: las ideas que lo reemplazan están siendo puestas a prueba en el peor escenario posible y sin ninguna preparación. En estos años no ha habido equipos estudiando en serio las posibilidades del Estado; gente que haya analizado el desastre de los socialismos reales, para aprender a construir un Estado amable; o que hayan medido las falencias del estado benefactor de Europa occidental, para modernizarlo y hacerlo eficiente. El neoliberalismo arrasó con todo, despreció todo, y ahora que se cae a pedazos, no ha dejado nada vivo en su lugar. Sin embargo, si la crisis se prolonga uno o dos años, como lo anuncian muchos especialistas, inevitablemente necesitaremos un Estado, que recoja los restos de la economía; que proteja a las clases medias -aquellas que viven con 300 o 400 mil pesos y bicicletiando con créditos-y que impida que los que han salido de la pobreza, vuelvan a ella.

Vienen momentos complejos, no cabe duda. Es probable que usted que lee esto haya tenido alguna noche de insomnio pensando en cómo cambiará su vida, en si está preparado. A pesar de las críticas que se le podían hacer a lo que había, uno tiende a preferir que nada cambie, que todo siga como antes. Pero eso parece que no está en nuestras manos. Y, además, ¿realmente lo que hay es bueno para todos?

Producto del derrumbe hay una polvareda descomunal que impide la vista. Pero han caído verdades absolutas y eso generalmente es positivo. De pronto es la hora para empezar a discutir todos los temas que parecían sagrados. Dejar de sentir el inevitable miedo que da el futuro económico y empezar a ver cómo generar vidas menos castigadas, vidas con menos mall y más colegios, con menos arribismo, con menos culpas y más bosques, con más cosa pública y menos winner, con más hombres y mujeres gozando del sexo sin culpas y menos viejos abusando de niños, viejos que nos predican indignados sobre cómo tienen que ser nuestras vidas.

Por Juan Andrés Guzmán