Hay músicas en las que el baile y el canto son -o deben ser-inseparables. Así lo entendían los incas, y así se hacía en la música de la región de los Andes, donde ejercitaban, bajo el nombre de “taki”, la práctica musical, el canto y el baile.

Por estos días, una niña peruana de doce años, venida de la pobreza de los cerros de San Juan de Miraflores y dueña de una voz raramente privilegiada que le ha valido el apodo de “la niña prodigio del folklore”, canta y baila junto a un grupo de jóvenes músicos que la acompaña meneándose con sutileza, al son de una extraña formación instrumental (bajo eléctrico, percusión acústica y eléctrica y un arpa). Su nombre es el mismo de su proyecto musical, “Wendy Sulca” (sus videos y presentaciones abundan en Youtube).

Wendy interpreta canciones compuestas casi todas por su madre. En ellas, la voz de Wendy conmueve por su madurez y por la extrañeza de su complejo registro (registros que solo alcanzan ciertas poblaciones indígenas). El virtuosismo del arpa que hace una permanente contra melodía hace más curiosa aún la sonoridad del grupo, y si es vivo, todo se vuelve aún más peculiar, pues a la mùsica se añade un niño chico vestido de escolar bailando con movimientos de escuadrón militar, todo esto junto a la voz de un animador o supuesto presentador que la presenta cada dos minutos como si se estuviera siempre en un bingo, todo sobre un mestizaje de sonidos de la música andina y ritmos de la cumbia, dando como resultado un proyecto original y de gran pronóstico.

“Madrecita”, “La tetita”, “Huaylash”, “Tengo en mi alma pena y dolor” y “Cerveza, cerveza” conforman parte del repertorio de un folclore bailable en permanente mutación. Tanto o más al callo que los títulos, las letras de las canciones hablan de toda clase de dificultades por las que pueda pasar una persona que, con cueva, puede acceder al agua potable.

El padre de Wendy fue el principal promotor de su efectiva carrera musical, hasta que a consecuencia de un accidente automovilístico dejó de existir. Es, entonces, la madre de Wendy quien asume el rol de compositora y productora, escribiendo éxitos como “Papito” (dedicada justamente al padre muerto) y “Mi vida no vale nada”, logrando hacer de Wendy Sulca un genuino talento infantil -nada que ver con espeluznantes maquetas televisivas del tipo de Kristel-que nos hace recordar, en una versión fusionada y popular, a la notable cantautora boliviana Luzmila Carpio.

Juan Pablo Abalo