A comienzos de marzo, en la inauguración del corredor Vicuña Mackenna del Transantiago, un chofer cruzó el cerco de protección de la presidenta Bachelet y la increpó por el abandono en que se encuentra su gremio. La presidenta le dijo que pidiera una reunión con el ministro de Transportes, pues era la manera más eficaz de solucionar su problema, y no a gritos como lo estaba haciendo en ese momento. Valdivia debe haber pensado que la Presidenta se estaba burlando o deshaciendo de él, porque cualquier mortal sabe que jamás un ministro de ninguna cartera va a recibir a alguien de su escuálido porte en su oficina, así que prefirió esperar a que una idea lo suficientemente buena se cruzara por su cabeza para vengarse de la displicente mandataria. Y la idea llegó. Ayer en la mañana, a eso de las 7, Valdivia detuvo su habitual marcha, le pidió a sus pasajeros que se bajaran, agarró su bus oruga y lo estacionó frente a La Moneda. Lo dejó ahí tirado y se fue caminando, seguramente eufórico y satisfecho por su personal triunfo. Para la mayoría sólo fue una postal llamativa camino al trabajo, para unos pocos un cacho porque había que retirarlo con la grúa y llevárselo a un corral, y para los menos una afrenta al orden institucional, un llamado al caos, por lo que el micrero quedó citado a tribunales en categoría de revoltoso. De todas maneras, Valdivia ganó. Primero se ganó a sí mismo, porque fue capaz de hacer un acto inútil para el resto pero significativo para él. Segundo, le ganó a la rutina y a sus aburridas obligaciones, porque fue capaz de mandar todo al carajo un rato. Y tercero, le ganó al poder que tanto lo desprecia, porque si a otros se les ocurre imitarlo y hacer una gracia semejante de manera coordinada, puede quedar una cagada grande, y ahí si que el ministro o la presidenta van a tener ganas de invitarlo a desayunar y escuchar su cantinela.