Por Rafael Gumucio

Más y más voces serias dicen abiertamente que ha fracasado la guerra contra las drogas. Dicen que no se puede tratar como un tema de seguridad nacional el consumo y tráfico de sustancias que producen placer, deseo o calma. Más aún si esas sustancias se cultivan en países pobres y se consumen en países ricos que están dispuestos a pagar exorbitantes precios por sustancias que cuesta poco o nada producir.

El problema de la droga no es de seguridad ni militar, tampoco es de salud pública. Es un problema religioso. Por más delantales blancos que usen los expertos, por estadísticas que saquen del sombrero, siempre hablarán desde el mito, desde la historia, desde la leyenda, porque eso es lo que estimulan las drogas, es eso lo que consume de ella, mitologías. Poco importa que el alcohol sea más peligroso que la marihuana. Ni un dato impedirá que la hierba sea castigada mientras el whisky tenga comerciales en televisión. El alcohol goza de ese estatus porque es la droga de nuestra religión, el cristianismo en todas sus formas, es la que lleva en sí la sangre de Cristo y la otra que se fuma es de otras tribus, que se reunían a alucinar con otros dioses. Es contra esos otros dioses y no contra la marihuana contra lo que los expertos y las autoridades se rebelan.

Un mundo sin droga no sería un mundo vivible para el hombre. La fragilidad de nuestra especie, la desproporción entre nuestros cuerpos y nuestros deseos, entre nuestra mortalidad y nuestra ansia inmortal, hace imprescindible el uso de alguna que otra sustancia que nos haga creer poder saltar sobre el pozo y sobrevivir la fiebre. En la evolución humana fueron las drogas, y en particular el alcohol, un eslabón esencial. Alejandro El Grande conquistó la mitad del mundo borracho. Sus soldados, no menos ebrios, pudieron sólo gracias a la cerveza dejar sus casas y sus vidas para internarse en el desierto. Videntes, magos y sacerdotes de todo culto predicaron y predijeron totalmente ebrios. El vino entre los griegos, los romanos y los cristianos,era repartido entre los feligreses que recién entonces se sentían parte de la misma familia. La idea de un mundo sin drogas, la lucha por la abstinencia también tiene un origen religioso, la prohibición de tomar fue la droga del puritanismo y el arma de los musulmanes.

El problema con las drogas es con los dioses. El uso de las drogas rituales, de las libaciones ceremoniales en fiestas, oficinas a medianoche,escondidos retretes de estaciones de buses no es un delito solamente: es un sacrilegio. Fuera del control de los sacerdotes, o de los chamanes, las drogas proveen un misticismo rápido, una iluminación que deja después un vacío imposible de llenar. Como el torpe que mira el sol sin anteojos, la droga deja tras de sí una estela de ciegos. O peor aún, un grupo de enfermos que reconstituye en clínicas y programas de doce pasos las iglesias que no le tocó conocer. Los ligas a una religión, la del adicto rehabilitado, que tiene la debilidad como dogma y la medicina como Dios. Los otros, los que siguen esperando despiertos un papelillo, los que se esconden de la policía, los que ríen fuerte para no llorar, reconstruyen pedazos de un dios despedazado. Rastros de una fe que ya es demasiado difícil mantener en vivo. Hijos de un estado, de un mundo en que el mito es sinónimo de horror, y el misterio sinónimo de ignorancia. Feligreses sin sacerdotes, niños confusos que compran vírgenes porque se ven choras, hablan de Buda porque no molesta a nadie, y creen que Donald Trump los hará inmortal. Bailadores de carnaval que no saben nada de cuaresma, híbridos (como yo por lo demás) de varias fes en desorden que pueden por unos minutos o dos protagonizar su propia misa, y beber sin hostia, y fumar la pipa de la paz sin tribu alrededor del fuego, y confundir el equipo de fútbol y el país, y el país y la Virgen María, y la Virgen María y la diosa Kali.

Fuera de las manos de los sacerdotes, lejos del orden tribal, las drogas sólo aceleran la confusión que nos habita. Es esa confusión, la del fetichismo y el kistch, es la que habría antes que todo combatir. Prohibicionistas o permisivos, todos los expertos entienden sin declararlo, que éste es el verdadero problema. Por eso, a pesar de estar en desacuerdo con los métodos, están al final en de acuerdo con el resultado que se resignan en intentar lograr. A falta de dioses creíbles, a falta de un Dios querible, la administración de las drogas debe ser entregada a lo más parecido a una divinidad que tenemos: Está no es el otra que el Estado, que persiguiendo a balazo a los traficantes, o llenando de impuestos los cogollos, devolverá los polvos y filtros mágicos en manos de los sacerdotes del dios Estado: los funcionarios, los doctores, los sicólogos que dan consejos en televisión.