Apenas Cristián Jara Oliva entró a la sala del 29 Juzgado Civil de Santiago, el 26 de enero pasado, notó que varias miradas se le clavaban en la cara.Sabía que eso podía pasar pero nunca se imaginó que fuera tan descaradamente. Quienes lo juzgaban era un grupo de testigos citados para declarar en su contra en un juicio de paternidad. Ninguno de los que estaba en el juzgado le creía su reclamo: que él era el único heredero de Rodolfo Pinochet Ríos, un acaudalado agricultor de la ciudad de Los Ángeles, que se había suicidado cinco años atrás.

Los testigos, eventuales primos de Jara y sobrinos directos de Pinochet, tenían razones de sobra para odiar al joven. El “tío Rodolfo” había muerto sin descendencia y ellos eran los beneficiarios directos de la millonaria herencia. No faltó el que no se aguantó el insulto en ese encuentro.

-Estoy que le pego un combo al care chancho -murmuró uno en la sala.
-Qué se cree este huacho de mierda -reclamó otro.

Jara no pescó. Décadas atrás reclamos de paternidad como el suyo pasaban sin pena ni gloria. Pero ahora la ley lo amparaba: desde 1998 que los derechos de los hijos nacidos con o sin libreta –que eran 16 mil, el 45,8% de los nacidos, el año que entró en vigencia la ley, en 1998- están homologados y él bien podía pasar de “huacho de mierda” a único heredero de su padre, un soltero sin hijos que pese a saber de su existencia nunca lo reconoció.

Algo que está a un tris de resolverse, porque después de tres años de trámites, que incluyeron una muestra de ADN que arrojó un 99,9% de certeza sobre su parentesco, Jara está a punto de convertirse en heredero de una fortuna avaluada en tres mil millones de pesos.

CAMINO AL CEMENTERIO

A diferencia de algunas telenovelas que terminan en un funeral, ésta historia comenzó precisamente camino al cementerio. Fue a principios de abril del año 2005, durante el entierro de Víctor Mario Pinochet Ríos, hermano de Rodolfo Pinochet, en el cementerio de Los Ángeles.

Ese día, una inmensa caravana de vehículos recorrió la ciudad a la vuelta de la rueda. El último hijo varón de los Pinochet Ríos, un ingeniero avecindado por años en Estados Unidos, abandonaba para siempre este mundo. En el cementerio, más de un centenar de personas acompañaba a los deudos. Desde el más humilde peón de fundo, pasando por autoridades como el mismísimo alcalde de la ciudad, fueron a despedir los restos del ingeniero.

Entre la multitud estaba Felicinda Castillo, una anciana que por más de 15 años trabajó como empleada en la casona de los padres del difunto, en el fundo Calleuque, ubicado en los alrededores de Antuco. La mujer estaba allí no sólo para ofrecer condolencias a sus ex patrones. También quería ajustar cuentas con su pasado.

Ocurrió en el momento de los discursos. Varios de los dolientes hicieron un repaso de la vida del muerto. El último en hablar fue el entonces senador de Renovación Nacional Mario Ríos, primo del difunto. La familia apenas podía contener las lágrimas.

Cuando Ríos dejó de hablar, doña Felicinda, casi con un hilo de voz, pidió la palabra. Todo el mundo la conocía y les pareció lo más normal del mundo que quisiera hablar. No en vano Felicinda prácticamente había criado a los hermanos Pinochet Ríos. La anciana tomó aliento y dijo a la concurrencia que, aprovechando que estaba toda la familia presente, iba a contarles lo mismo que le había relatado al difunto un par de años atrás. Los parientes empezaron a aguzar el oído. Algunos sospecharon de inmediato de lo que se trataba. Las miradas, en un par de segundos, pasaron de la congoja a la incomodidad.

-Me he dado cuenta que ustedes se han estado peleando la plata de don Rodolfo a sabiendas que él tuvo un hijo que se llama Cristián y es nieto mío –dijo la mujer, sin el más mínimo aire de revancha. Luego añadió:”cumplo con informarles que él va a hacer todo lo posible por recuperar la herencia de su padre que ustedes se han repartido”.

Nadie se atrevió a enfrentar a Felicinda. La ex empleada de los Pinochet Ríos se fue con un peso menos en el alma.

“NUNCA ME VAS A PERDONAR”

Cristián Jara Oliva estaba en su oficina cuando lo llamó su abuela. Se extrañó: no era frecuente que ella tratara de ubicarlo con tanta insistencia. Al teléfono, la anciana partió con un largo rodeo en que le dio a entender que él no era hijo de su padre. Felicinda le pidió que la fuera a ver lo antes posible. “Te lo tengo que decir en persona”, le dijo.

Jara llamó a su madre, Elena Oliva. Ella le respondió llorando. “Sé que nunca me vas a perdonar”, le dijo. Jara quedó de una pieza. De un rato a otro, su identidad se caía a pedazos. Hasta entonces creía ser un hijo más de Daniel Jara, un camionero al que su madre se unió cuando llegó a vivir a Los Andes.
-Nunca sentí ninguna diferencia con mis otros hermanos, así que no tenía cómo sospechar, incluso somos todos muy parecidos -recuerda ahora.

Cristián Jara pidió permiso en su trabajo, una empresa contratista en estructuras metálicas de Santiago, y partió a la casa de sus padres en Los Andes. Necesitaba saber de primera fuente qué era lo que estaba pasando. Dos horas más tarde lo recibió su madre en el living de su casa.

-Cuando llegué estaba llorando, la abracé, intenté calmarla. No quería decirme nada hasta que le pregunté: ¿es verdad que no soy hijo de mi papá? Sí, me contestó. No se preocupe, le dije, mi papá siempre va a ser mi papá -recuerda.

Cristián resolvió no preguntar más para evitarle llanto a su madre. Pero en su fuero interno lo abrumaba la curiosidad. Esa misma tarde tomó un bus a Los Ángeles. Quería escuchar la otra parte de la historia. Doña Felicinda lo esperaba impaciente en Matarranas, en las afueras de la ciudad.

-Estaba nerviosa, me abrazaba, no sabía cómo comenzar -recuerda Jara.

En cuanto su abuela se calmó le contó la verdad, la misma que había revelado en el funeral de uno de los hijos de sus ex patrones. Fue así como Cristián Jara, un joven contador de 24 años, se enteró que su verdadero padre se llamaba Rodolfo Pinochet Ríos, hijo menor de una acaudalada familia de la región que heredó a sus hijos gran parte de la provincia de Antuco. Su padre, aseguró Felicinda, nunca se había casado y poseía una fortuna incalculable.

-Te cuento esto para que se haga justicia porque, cuando murió tu padre, todos los hermanos se agarraron del moño por su herencia -le comentó doña Felicinda.

Cristián no le tomó mucho asunto a la herencia, porque recién comenzaba a aquilatar las noticias. Pero su abuela insistía. A la mañana siguiente fueron a visitar el fundo Calleuque, un terreno de 1.100 hectáreas donde vivió Rodolfo Pinochet.

Los empleados del campo, entre ellos Corina, cuñada de su abuela, se sorprendieron al verlo. Él era, dijeron, el vivo retrato de su padre a su edad. Los trabajadores insistían majaderamente que tenía que hacer valer sus derechos. Jara escuchaba sin hacer comentarios. Se sentía extraño. Era como si de la noche a la mañana le avisaran que se había ganado el Kino.

El contraste con la vida que había llevado y las enormes oportunidades que le negó el destino lo dejaron pasmado. Las diferencias eran abrumadoras. El modesto hogar donde se crió en Los Andes era apenas una milésima parte del terreno que su verdadero padre tenía en el sur. Aunque nunca le faltó nada, tampoco vivían con holgura. Eran cinco hermanos y la vida no fue fácil. Cristián, todavía niño, cuidaba autos afuera del cementerio de Los Andes y luego trabajó de empaquetador en un supermercado. También fue temporero en la extracción de uva pero, pese a todas las dificultades, terminó el colegio y egresó de contador. La falta de recursos lo privó de estudiar en la universidad.

-Pude haber tenido mucho y a lo mejor no haber pasado tantas necesidades -resume Jara.

Cuando regresó a Santiago tuvo tiempo para pensar y poco a poco fue desenredando la madeja. Su madre, luego de la confesión, no aportó mucho más. Su abuela, en cambio, le contó que siempre que su madre viajaba a Los Ángeles, Rodolfo se aparecía para invitarla al fundo. En una de estas visitas, cuando tenía alrededor de 20 años, Elena habría quedado embarazada. Doña Felicinda piensa que Pinochet se “pasó para la punta”.

-Nosotros lo conocimos de guagua, prácticamente lo criamos, los Pinochet era una familia muy querida para nosotros, por eso creo que hay que ser harto patudo y sinvergüenza para hacer lo que hizo –relata Felicinda.

La visión de Cristián Jara no dista mucho de la de su abuela.

-Antiguamente la gente que tenía el poder del dinero hacía y deshacía con sus peones, se sentía con todo el derecho, cuando vi el Señor de la Querencia me di cuenta que esas cosas pasaban en la vida real.

Después de ese viaje, Elena Oliva volvió a Los Andes, se casó y desapareció de la casa de su familia por varios años. Sentía vergüenza y temor a la reacción de su padre.

-En ese tiempo se mantenían las cosas ocultas, mi abuelito era súper cerrado y mi mamá tenía miedo que la obligaran a casarse, durante muchos años el tema fue un tabú en mi familia- cuenta Jara.

Rodolfo Pinochet, por su lado, siempre sospechó que el hijo era suyo. Incluso, una vez que visitó la casa de doña Felicinda y se encontró cara a cara con Cristián, trató de tocar el tema.

-Eso fue cuando tenía como cinco años, quería conversar con mi mamá y escuchar de boca de ella los rumores que había –cuenta Jara.

Esa vez Elena se escondió y no quiso enfrentarlo. Todavía le cuesta abordar el tema. The Clinic intentó tener su versión de los hechos, pero la mujer no quiso hablar. Ni siquiera doña Felicinda pudo arrancarle la verdad de los labios. Fueron sus otras hijas quienes le contaron que Cristián era hijo de Rodolfo Pinochet.

Un año antes de la muerte del agricultor doña Felicinda lo llamó por teléfono y le dijo toda la verdad. Él le respondió que mientras su hija no se lo confirmara él no podía hacer nada. Un año después de la confesión, el 5 de enero de 2004, Rodolfo Pinochet se voló la cabeza de un balazo. La disputa por la herencia estaba a punto de comenzar.

EL DESCONOCIDO

La fortuna de Rodolfo Pinochet al momento de su muerte bordeaba los 3 mil millones de pesos. Su familia inició de inmediato los trámites para acreditar la posesión efectiva. Pero hubo un escollo. Víctor Mario Pinochet, entonces con vida, aseguró que tenía un testamento que acreditaba que su hermano le había heredado todo. Rosa y Calixto, los otros hermanos, pusieron el grito en el cielo y pidieron pruebas concretas. Mario presentó un documento que, aseguró, era prueba fehaciente del legado y se fue a vivir de inmediato al fundo Calleuque. Cecilia Pinochet Daza, hija de Calixto, recuerda que su tío “se paseaba con pistolas en el campo y no dejaba entrar a nadie”.

Los otros hermanos decidieron tomar cartas en el asunto y le entablaron un juicio. Cuatro meses después, un juzgado de Los Ángeles decretó que el documento presentado por Mario no contaba con todos los requerimientos legales. El supuesto testamento no estaba timbrado por un notario, sino firmado por cinco testigos. A los hermanos no les quedó otra alternativa que realizar lo más pronto la posesión efectiva. El 13 de abril de 2004, Rosa, Calixto y Mario firmaron un compromiso y empezaron a repartirse la torta.

Hasta ese momento, nadie sospechaba de la arremetida legal de Cristián Jara. El joven contactó a un grupo de abogados y el 30 de septiembre de 2005 puso una demanda por reclamación de paternidad. La familia, asegura la defensa, acusó el golpe y empezó a vender los bienes que estaban en sus manos.

-Vendieron muebles, cuadros, armas de colección, vehículos, animales, tierras, bienes raíces y vaciaron una cuenta de 280 millones de pesos que Pinochet tenía en el Banco del Desarrollo -cuenta Rodrigo Lillo, abogado de Jara.

Pero aún faltaba la guinda de la torta. A comienzos del año 2008 la familia se desprendió del fundo Calleuque traspasándolo a la forestal Terrasur por 1.100 millones de pesos. Pese a la exorbitante cifra, en la familia Pinochet dicen que la fortuna del tío muerto no era tan grande.

-Todo lo que han dicho es falso, mi tío no dejó tanta plata, a lo más, creo yo, deben ser unos mil millones -cuenta Cecilia Pinochet.

Para Rodrigo Lillo, sin embargo, el menoscabo patrimonial de Jara ha sido significativo. La defensa asegura que los montos globales bordearían los dos mil millones de pesos. Pero todo no estaría perdido para Jara. Luego de que el juzgado ratificara la filiación, la estrategia de la defensa es ir tras los bienes de Rodolfo Pinochet. De hecho hace un mes y medio interpusieron una demanda de petición de herencia.

-Si el juicio resulta favorable, Cristián podría recuperar parte de los bienes que estén en manos, incluso, de terceras personas –dice su abogado.

Pero los obstáculos no han cesado. La defensa de Jara ha tenido que hacer malabares para notificar a los familiares de Rodolfo Pinochet. El hueso más duro de roer fue Edita Daza, viuda de Calixto Pinochet, quien sistemáticamente se negó a recibir la demanda de petición de herencia. A tal punto llegó su obstinación que los abogados tuvieron que viajar a Los Ángeles e idear un plan para poder notificarla.
-Estuvimos todo un día haciendo guardia afuera de su condominio. Al final, se nos ocurrió mandar a un mensajero con flores de parte de un supuesto admirador. Cuando salió, el joven le pasó el ramo y de inmediato apareció el receptor, que estaba escondido detrás de un árbol, y le dijo: “señora, está usted notificada” -recuerda Rodrigo Lillo.

Pese a todas las disputas con sus nuevos familiares, Cristián Jara dice estar dispuesto a llegar a un acuerdo y compartir la herencia que le corresponde con ellos.

-Siempre mi intención ha sido esa, incluso una vez viajamos a Los Ángeles y mantuvimos un acercamiento con un abogado de Rosa Pinochet, pero el asunto quedó ahí -asegura.

En otra oportunidad, intentó -a través del mejor amigo de su padre- reunirse con sus primos pero ninguno aceptó. Cristián cree saber por qué. Hace tiempo que llegó a una conclusión:

-Ellos no quieren saber nada de mí, siempre voy a ser un desconocido que jamás va a poder entrar a su familia, a su círculo social. Es un problema de estatus, de apellido, de sangre. Todo por ser hijo de mi madre, la hija de la empleada de la casa.

La Iglesia no quería a los huachos

Uno de los principales escollos para la tramitación de la actual ley de filiación en el Congreso fue la Iglesia Católica. En la sesión del 20 de noviembre de 2006 de la Comisión de Constitución y Justicia del Senado, el entonces senador de Renovación Nacional, Miguel Otero citó textual una carta del obispo Jorge Medina que hablaba de los peros clericales al proyecto. “No me parece aceptable que el hijo de una relación adulterina tenga derechos iguales a los hijos legítimos en materia de herencia… No parece justo que el fruto de un acto delictual (el adulterio) venga a sustraer una parte legal a los hijos legítimos”, decía la misiva.

Una vez publicada la ley la polémica continuó. Jaime Fernández, Vicario de la Pastoral Joven, declaró que la ley “no le hace ningún favor a los hijos eliminando la palabra ilegítimo”. El entonces obispo de San Bernardo, Orozimbo Fuenzalida, comentó que el prospecto legal debilitaba “el núcleo familiar y da paso a que los adultos piensen que no es conveniente casarse, total igual sus niños tendrán los mismos derechos que si estuvieran unidos ante la ley”.

Pese a la avalancha de críticas por parte del catolicismo más recalcitrante, desde la implementación de la ley, todos los años se han ido incrementando las peticiones por reconocimientos de paternidad. A poco más de una década de su puesta en marcha, hasta fines del año pasado, los casos sumaban más de 25 mil.