Por Dino Santillana

La duda ya está instalada. El nulo encanto de Frei está colmando de preguntas al mundo concertacionista. ¿Por qué nos arriesgamos a correr una carrera con un auto viejo y obsoleto si en la propia casa tenemos uno nuevo y bien carburado? Andrés Velasco es, sin duda, mucho mejor nombre que el ex presidente para heredar los índices de popularidad de Michelle Bachelet, hacerle frente a los chispazos de Marco Enríquez y sepultar de una vez por todas a Sebastián Piñera. “Es tarde”, dicen desde adentro. “¿Tarde para qué?”, preguntamos. Frei no calienta a nadie, representa al gastado sistema de partidos y la discusión del recambio generacional pasa por él en cada oración. Se ganó su proclamación en una primaria vergonzosa y su capacidad de congregar voluntades externas al ámbito habitual de la política es nula. Velasco, por su parte, tiene el cartel de haber sido cauto con las platas fiscales cuando todos le exigían despilfarro, a costa de una impopularidad inicial que hoy capitaliza como el mejor de sus trofeos. Si la sensatez se entrona, la discusión al menos se hace válida: ¿espejito, espejito, quién es el más bonito? La respuesta está, quizás, en las caras largas de los funcionarios que día a día cruzan el umbral del comando de Frei y que de entusiasmo tienen poco y nada.