El 25 de julio de 2000, el vuelo 4590 de Air France, un Aerospatiale Concorde con capacidad para 100 personas, se estrella a la salida del aeropuerto Charles de Gaulle de París, producto del choque de un trozo de metal desprendido de otro avión contra su ala izquierda. El trozo estaba sobre la pista, una de las ruedas del Concorde lo pasó a llevar y lo lanzó con violencia contra su fuselaje El piloto se percató del incendio del ala, pero no pudo detener el despegue, colisionando contra un hotel aledaño al terminal aéreo. Todos los pasajeros, más la tripulación, murieron en el accidente.

Cinco años después, el 5 de julio de 2005, el vuelo 358 de Air France que viajaba de París a Toronto se incendia cuando intentaba aterrizar en medio de una tormenta en el aeropuerto internacional Pearson de la ciudad canadiense. El avión terminó partido en dos en una hondonada a 200 metros de la pista, envuelto en llamas. Se salvaron los 298 pasajeros que iban a bordo, quedando como saldo sólo 43 heridos leves.

Y casi cuatro años después, en la madrugada de ayer lunes, la historia desgraciadamente se repite. Un Airbus 330 de Air France que volaba entre Río de Janeiro y París se pierde misteriosamente en el Atlántico, entre las islas brasileñas de Fernando de Noronha y Dakar, la capital de Senegal. Hasta ahora las hipótesis son confusas e innumerables, pues no se tendrá certeza de que ocurrió en ese fatídico vuelo hasta que se encuentren partes del fuselaje de la aeronave, asunto que hasta ahora no ha ocurrido. La teoría más aceptada hasta el minuto es que al ingresar a una zona de tormentas, una conjunción de fatales condiciones atmosféricas habría desplomado el avión, aunque como señaló el ex comandante de Aerolíneas Argentinas Roberto Rubio en una entrevista a Clarín. Com, “un avión nunca se cae por una sola cosa, a menos que sea una bomba”.