Por LAKE SAGARIS

Cuentan la historia de un barrio – podría ser santiaguino, podría ser justamente aquí, en el Barrio Bellavista – al lado de un río sucio y torrentoso, ignorado y abusado. Un día, una señora, podría ser la señora que vende sopaipillas en el puente, escucha el grito de un bebé, llorando con furia y terror. Mira al río y ve, con horror, que hay una guagua siendo arrastrada por las aguas río abajo. Pega un grito y la gente comienza a aglomerarse, mirando y gesticulando, puesto que van apareciendo muchas guaguas entre las olas de barro. Un joven se tira al agua. Luego otro. Agarran escaleras, comienzan una operación rescate, sacando a las guaguas y entregándoles a una verdadera cola de mujeres, hombres, jóvenes y viejas, con frazadas e indumentaria para recibirlas. Pero en eso, una chica con mejillas suaves y rojizas como manzanas pregunta, ¿pero quién está tirando las guaguas al río?

Como en el cuento, las organizaciones ciudadanas de Santiago hoy corremos como locos, movidos por una urgencia terrible de salvar – patrimonio, barrios tranquilos a escala humana, ferias libres, los mercados de la Vega, árboles y jardines de vereda, espacios de juegos para niños – todo lo que hace una ciudad amable para vivir. Pero en tanta urgencia, perdemos de vista lo importante: la fuente de estas amenazas. Nos cuesta identificar las causas de estos desastres urbanos.
Hemos visto propuestas de planes reguladores que más que “normar” para que las familias puedan vivir mejor, parecen verdaderos banquetes para las empresas inmobiliarias. Empresas, además, que se esconden del escrutinio público, recurriendo a artimañas como los infames conjuntos (des)armónicos, que generan ganancias de corto plazo para unos pocos, dejando costos altísimos para los barrios y la ciudad. Algunas autoridades han respondido como corresponde. Otras, no.

Universidad San Sebastián y Conama: El abuso flagrante de normas vitales

Entre las autoridades que podrían estar velando por el bien común de todos los ciudadanos, hay una que se destaca por un abandono devastador de sus deberes. Es la Comisión Nacional de Medio Ambiente, particularmente la instancia a cargo de la Región Metropolitana. No hay espacio más complejo y más necesitado de resguardo – ambiental, social, económico – que lo urbano. Sin embargo, hoy en día los megaproyectos pasan “piola”, sin ningún estudio, nada más que una simple Declaración de Impacto Ambiental. A veces, ni siquiera eso.
Veamos, por ejemplo, el DIA que presentó Eugenio Díaz Candia (de la empresa Banmarchant) y Marcelo Ruiz Pérez, a cargo del proyecto “Desarrollo Inmobiliario Bellavista”, que pretende construir la sede de la Universidad San Sebastián y tres torres en altura en Pío Nono con Bellavista, donde antes funcionaba el Liceo Alemán. Recordemos que Bellavista es un barrio patrimonial, a escala humana, hogar de la casa museo de Neruda, dos Zonas Típicas de vivienda obrera (¡de calidad!), barrio de artistas e intelectuales, artesanos y maestros, taxistas y empresarios de todo tamaño y historia, con una población de unos 5,000 almas, de ingresos mayoritariamente bajos y medios.
Bueno, la Universidad San Sebastián ni siquiera presentó una Declaración de Impactos Ambientales (DIA), a pesar de la complejidad de sus impactos: unos 3,000 alumnos en una zona ya saturada y con graves problemas de abuso de alcohol, inseguridad, tráfico de drogas y gestión de espacios públicos.
Pero además, los proponentes, Eugenio Díaz Candia y Marcelo Ruiz Pérez proponen construir tres edificios en altura, que doblarían la población del Barrio Bellavista.
Pregunta el formulario del DIA: “¿Generará aumentos o cambios significativos en la estructura de la población por edades, sexo, rama de actividad, etc.?” y a pesar de que las tres torres, de departamentos chiquititos (estos mismos que hoy en el centro sirven de bodegas y prostíbulos en altura), agregarían más de 5,000 personas, difícilmente familias con niños, los representantes de Banmarchant responden: No.
Pregunta el DIA: ¿Alterará las características étnicas y las manifestaciones de cultura, tales como ceremonias religiosas, peregrinaciones, procesiones, celebraciones, festivales, torneos, ferias y mercados?” y a pesar de una larga tradición de festivales, arte, jornadas a-tracción humana, bailes religiosos y otras por Pío Nono, responden: No.
Pregunta si significaría una intervención “de zonas con valor paisajístico y/o turístico” y, pese a ser Bellavista uno de los hitos paisajísticos y turísticos más importantes del país, responden: No.
Pregunta si “alterará el acceso a bienes, equipamiento y servicios de los vecinos”, y a pesar de que se destruya el único liceo (aunque sea privado) del barrio, responden: No.
Pregunta si producirá “obstrucción de la visibilidad a zonas con valor paisajístico?” y siendo que hará desaparecer el Cerro San Cristóbal (ver, por ejemplo, que ya no se puede ver el Cerro desde el Museo de Bellas Artes, por las torres que se construyeron en Bellavista con Loreto), no obstante responden: No.
O no saben nada, o poco les importa la verdad.

Juicio Público por Domicidio en Santiago

Tal como ha pasado en Vitacura, Ñuñoa, Pedro de Valdivia Norte, Las Lilas, como se intentó hacer en Lo Espejo y muchos otros barrios más, la inmobiliaria dice lo que quiere – parece un mero trámite sin contenido ni intención real – y las autoridades – la Municipalidad de Recoleta y CONAMA RM, quienes deberían hacer valer las normas, miran por otro lado. Ganancias de corto plazo para unos pocos. Costos y sufrimiento, y mucha, mucha pérdida para todos.
En el mundo, ya hay un nombre para el fenómeno que significa la destrucción del hogar, el centro del ser y su memoria íntima y colectiva, su conexión con el mundo y su cobijo en momentos de dureza. Afecta, a través de proyectos de autopistas, rascacielos, represas y otros, a unas 35 millones.
Y afecta, aquí en Santiago, a miles de personas en los barrios más diversos. Se llama “domicidio”, el asesinato del hogar, en el sentido amplio del concepto.
“El domicidio se define más formalmente como la destrucción deliberada del hogar por una voluntad humana que persigue objetivos específicos, que causan sufrimiento en las víctimas… produce un trauma especial, puesto que no se matan a las víctimas, sino deben observar como se destruyen sus hogares en un proceso desgarrador…” dicen James Porteous and Sandra Smith, autores del estudio, Domicide.