Junio de 1989. Revuelta estudiantil contra el gobierno chino. Una fila de tanques del ejercito avanza por la plaza Tiananmen con una sola instrucción: acabar con la refriega sin importar el costo. De pronto, un hombre con un par de bolsas en la mano se cruza en su camino. Los tanques no pueden seguir avanzando, a menos que trituren al desafiante ser humano, cosa insensata por lo grotesco y porque quedará registrada por los reporteros gráficos que están apostados en lo alto del hotel Beijing. La toma da la vuelta al mundo como símbolo de la lucha del pueblo chino por la democracia y como un ejemplo del poder individual. El gobierno chino la utiliza como muestra del respeto de su ejército por la vida humana, y caricaturiza al anónimo ser humano como un alborotador oportunista e irresponsable.

Pero, ¿quién era o es ese tipo? ¿Qué pasó con él? Las respuestas son pocas y difusas. Tras subirse a uno de los tanques, el hombre supuestamente fue detenido y, si se cumplió el procedimiento el habitual para este tipo de sublevaciones, ejecutado. Algunos dicen que escapó as Taiwán, donde vive actualmente, otros que todavía se esconde en China central. La revista Time, sin conocer su nombre, lo eligió como una de las personalidades más importantes del siglo XX. Hay un “Tango del hombre del tanque”, escrito por una australiana, y una novela de segundo orden donde es un héroe que dirige a la insurgencia anticomunista. A 20 años del incidente, Jeff Widener, el gráfico de AP que tomó la más conocida de las tres tomas que existen del incidente, confesó que cuando lo vio aparecer al medio de la plaza, se dijo para sí mismo: “Maldición, me va a fastidiar la foto de los tanques”.