Por Patricio Araya G.

Hasta antes de saberse los resultados del Estudio Nacional de Opinión Pública (más conocido como Encuesta CEP, mayo-junio 2009), el optimismo invadía (rebalsaba), el mundo aliancista, el pesimismo asolaba (aterraba) a la familia concertacionista, y la esperanza se posaba como paloma mensajera en el balcón del meísmo, y la incertidumbre campeaba en las candidaturas de Arrate, Navarro y Zaldívar. Minutos después de la conferencia de prensa convocada por el CEP, las cosas cambiarían de tono, y de rumbo. En las horas siguientes todos se sentirían ganadores. Incluso, los de la Primera B.

En clave bielsista, la previa de la llamada “madre de todas las encuestas”, corresponde al primer tiempo de un partido clasificatorio, mientras que la entrega de sus resultados, equivale a la charla técnica del entretiempo, y lo que viene de aquí en adelante (los reacomodos estratégicos de las campañas), al segundo tiempo del match. En consecuencia, desde hoy en adelante, veremos a los diferentes DT asumir nuevos riesgos, toda vez que los resultados obtenidos hasta el momento, en el mayor de los casos, no son los esperados. Así también, es probable que veamos saltar al gramado electoral a otros “jugadores”, a esos que en política se les conoce como “candidatos tapados”.

Previo a la encuesta CEP todo era euforia en el comando aliancista, Piñera ganaba mirando para atrás. Tal era su seguridad, que incluso anunciaba crear nuevos ministerios y cerrar otros. La confianza del presidenciable opositor llegó a la osadía de atravesar la vereda para presentar condolencias en un velatorio falangista, de donde salió en medio de insultos y maldiciones varias, sin mayores magulladuras. Por su parte, en la casa de los concertados, su crédito –aquel potro elegido entre gallos y medianoche, a codazo limpio– se desinflaba como globo de cumpleaños, y su muerte se pregonaba en todas las esquinas; sólo se discutía qué hacer con el cadáver. Y entonces la solución vino desde el iluminismo cosista de la Concertación: un funeral vikingo a teatro lleno, con todo el elenco estable en escena, desde el niño Bowen hasta el bisabuelo Patricio. Ya en el foro, el populacho desalentado por las heridas de su gladiador y su inminente derrota, exigía al de Caleu en la arena. Mientras, en el comando M&M (MEO y MAX) se frotaban las manos como cabros chicos ansiosos, a sabiendas que lo peor ya era historia y que todo lo que venía por delante era ganancia. Y, por último, los candidatos de la Primera B (Zaldívar, Arrate, Navarro) alucinaban con la mera idea de aparecer nombrados como alternativa presidencial, antes del NS/NR.

Tras la revelación de la “verdad” de la CEP esperada por todos, es posible constatar algunos cambios de aquí a la elección del sucesor de Bachelet: a los de la Primera B les salió el raspe “siga participando”. That’s All! Piñera, en tanto, perdió su privilegiado lugar en la grilla (soltó las riendas y la fusta a la vez, o sea, pecó de exceso de confianza), ya no está solo, a su lado acaba de realistarse Frei, rescatado de la morgue, menos asustado y mejor asesorado (Enrique Correa y mi amigo Tironi). Un poco más atrás, viene MEO, el potrillo más vital del corral, agarrado con dientes y uñas de sus dos dígitos prometedores, esperando completar las firmas que le den boletos para la final de campeonato.

Sin embargo, este rebaraje del naipe electoral, no significa que Frei llegue a la elección presidencial mirando para atrás a Piñera y a MEO; así como tampoco significa que MEO superará la prueba de gobernar sin más ayuda que la de sus amigos internautas y su esposa mediática y la filantropía millonaria de Max Marambio. El efecto ulterior de la CEP está por verse, por desatarse. Así como antes de ella, a Frei se le veía camino al cadalso, hoy su lugar pareciera ocuparlo Piñera, y así como al primero le tenían preparado un funeral de estado y dos potenciales reemplazantes (el ministro de Hacienda Andrés Velasco y el ex presidente Lagos), al segundo ya le tienen el suyo, el más voceado y deseado en la derecha: Pablo Longueira.

Campañas versus Encuestas

¿Quién mueve a quién, el perro a la cola o ésta a aquél? Si ese ethos político contingente, deliberante, que se ha ido consagrando poco a poco desde enero de 2006 (segunda vuelta presidencial Piñera-Bachelet) hasta el presente, tuviera que recibir un nombre propio, se llamaría “Elecciones 2009”; en él entran todas las expresiones de quienes añoran una vela en el entierro de fin de año, desde las ultras izquierdas y derechas, pasando por el centro precario, hasta ese subgénero de moda: los díscolos.

Como nunca antes, dicho ethos obedece de manera tan sublime y disciplinada a la liturgia de las encuestas, confiando a ciegas en ellas, esperando sus guarismos con la ansiedad de los enamorados; creándose entre ambos una complicidad tenebrosa. A tal punto, que ya no se sabe quién determina a quién. Sólo se sabe que es una cuestión de dos grupos minúsculos, pero muy poderosos: los políticos y los encuestadores. En rigor, serán estos dos actores quienes decidan mediante dos muestras futuras quién sigue en carrera y quién se va para la casa.

Si bien es cierto que el elector común y corriente ya ha sido informado que de acuerdo al último sondeo del CEP, Frei se acerca a Piñera y que Marco no alcanza la segunda vuelta, también ha sido notificado de la poca o nula importancia de su voto ideológico. Si hasta hoy su cultura electoral le indicaba que el acto de votar era una cuestión importante para él y para el país, y que se decidía en el terreno de una campaña cara a cara, eso cambió para siempre. La participación ciudadana masiva ha sido reemplazada por un pensamiento en masa, incluso, por un pensamiento acrítico, obsecuente. Desde ahora en adelante, en especial desde este 18 de junio, serán las encuestas, y sólo las encuestas, las que decidirán en qué dirección se mueve el ethos político, y el futuro del país. Y en función de ellas y sus cifras, es muy probable que los comandos decidan –a lo Bielsa– quién entra y quién sale del campo. Y si en algún momento se vislumbró la posibilidad de reemplazar a Frei en la gran final, ahora ese riesgo lo corre Piñera, porque como dicen en sus huestes, “caballo alcanzado, caballo ganado”. Es la hora de Longueira.