Vivir ahí desarrolló mi imaginación infantil y juvenil. En el país mental de la izquierda anticapitalista, hasta los cuentos más rebuscados son creíbles. Hoy, aprovechando mis conocimientos como nativo de Zurdistán, ofrezco una guía sin ficciones a una geografía ideológica que, si bien es una zona de desastre permanente, tiene su buena gente y, sobre todo, exóticas creencias, costumbres, lengua e incluso cocina.

Por Rasmus Sonderriis


Entrada al restaurante Surdistán

El otro día almorcé en un restaurante con el llamativo nombre de “Surdistán”. Podría ser un juego con “Kurdistán”, país soñado para pueblo que lucha, y “Sur”, que para los entendidos hace contraste con “Norte”, es decir, pobres contra ricos, buenos contra malos. Pero según la ambientación, el nombre había de ser una variante ortográfica de “Zurdistán”, terruño filosófico de “los zurdos”.

Este comedor popular alternativo con música de Inti Illimani no sólo ostentaba un afiche de Che Guevara y otras parafernalias del zurdismo. También estaba – todavía está – colocado en posición desafiante por Vicuña Mackenna frente al Mall Plaza Vespucio, monstruoso templo capitalista que rinde culto al consumismo esclavizante, aunque deja al pueblo sólo las migajas del festín de los ricos. Amén.


Recolector de migajas. (Foto del autor)

Mi izquierda es tu derecha

No soporto los sermones, pero hay que ser tolerante, y no todo en Surdistán llamaba a la insurrección. Tenía una pinta más estética que dogmática, más lúdica que militante. Los zurdos chilenos han sido ciertamente más perseguidos que perseguidores, lo cual ha favorecido su creatividad, con más colores en su paleta que el rojo y verde olivo. Como en ese poema de Mauricio Redolés: “O Lennon, eras casi Lenin”.


Faceta lúdica del izquierdismo. (Foto del autor)

Naturalmente, Surdistán también ofrecía varios estantes de alimentación intelectual. Por ejemplo, no faltaba Pablo Neruda. Prefiriendo un plato ideológico más contundente, agarré un ejemplar de la revista “Punto Final”. Es de esa izquierda que siempre acusa el resto de la izquierda de ser de derecha. Pero paradójica y muy extrañamente, su portada citaba al General Juan Domingo Perón, el mismo que recibía con entusiasmo a prófugos nazis de Europa cuando gobernaba Argentina, y que luego se exilió bajo el alero del Generalísimo Francisco Franco, dictador de España, para quien “fascista” ¡ni siquiera era un término de insulto! ¿Por qué una revista tan zurda destacaría la voz de alguien así?

Porque la cita decía: “La economía nunca ha sido libre. O la controla el Estado en beneficio del pueblo, o la controlan los grandes consorcios en perjuicio de éste.” En su afán de controlar, la figura de Perón trasciende el espectro de derecha a izquierda. El caudillo de los descamisados argentinos representa una síntesis de toda demagogia pura, adaptable a cualquier proyecto populista del extremo que sea, extrema izquierda, extrema derecha, incluso del extremo centro. Encierra una observación reiterada pero siempre curiosa: ¡cómo los extremos se parecen


Descamisados de la Araucanía caminan hacia un nuevo amanecer. (Foto del autor)

Mis raíces en Zurdistán

Sin embargo, además de sarcasmo, la cita me produjo nostalgia, porque yo mismo solía creer en ese cuento. Crecí en una familia de extrema izquierda. Fue en Dinamarca, donde el asqueroso monstruo del capitalismo se ponía una linda máscara de prosperidad y reformismo social, pero no por eso me indignaba menos ese sistema vampiresco de explotadores y explotados.

¿Por qué lo cuento? Porque al discutir esta materia, quiero invocar la autoridad de ser un “nativo de Zurdistán”. Me pueden acusar de traidor, pero no de confundido. Incluso, así como existen “cristianos no creyentes”, yo sigo perteneciendo a la izquierda, aunque en un sentido estrictamente cultural y etnológico. Por ejemplo, conozco su idioma. De adolescente mi verbo favorito era “concienciar”, que suena a despertar a alguien de un coma profundo. Significa hacer que otros piensen como uno, y ojalá con igual devoción y fanatismo. Es lo que las sectas religiosas llaman “salvar almas”.

Por supuesto, lo que vale es el amor de familia y no el signo político. Mi crianza “progresista” tuvo muchos aspectos positivos. Siendo que éramos zurdos en un mundo diestro, aprendí a ser crítico. Lo mismo me ayudó a encontrar finalmente mi propia posición. Mis progenitores se salvan por no justificar la vía armada en democracia, un límite fundamental, aunque eso no me salvaba a mí del trabajo agrícola para forjar mi carácter. Más me gustaban las lecturas marxistas, y sobre todo el romanticismo revolucionario, que por algo aprendí español y terminé en América Latina.

Desde temprana edad, me propuse cambiar el mundo. ¿Cómo? A los 11 insistí ante mi preocupada madre en mi derecho a tener un amigo demócrata cristiano, quien incluso defendía con fuerza sus posiciones momias.
“¿Y si nosotros tuviéramos amigos fachos?” ella preguntó. “¿Qué te parecería?”
“Terrible, claro, pero es distinto. ¡Yo soy un niño!” argumenté. Ella me dio de inmediato la razón, pues ¿cómo no iba a prevalecer la inocencia infantil sobre la intolerancia adulta? Lo que ella no sabía es que mi plan para cambiar el mundo empezaba por convencer al amiguito de que él y su familia estaban equivocados, y que yo y mi familia teníamos la razón. ¡Sólo lo quería “concienciar”!

Aunque mis padres eran de una corriente más utópica, a nuestra casa en los 70 y 80 llegaban amigos de la izquierda autoritaria. Cada uno se apasionaba con su visión particular del paraíso de los trabajadores. Pero pese al fuerte sectarismo en el Zurdistán de aquel entonces, todos los zurdos compartíamos lo fundamental en nuestro juicio al sistema imperante. Veíamos una conspiración siniestra y sanguijuela en toda estructura establecida, especialmente si ella generaba riquezas, por definición expropiadas del pueblo. “No queremos migajas, queremos toda la maldita panadería,” rezaba un lema. Porque nosotros, los buenos de la izquierda, tomando el poder total, no sólo sobre la política, sino sobre todas esas riquezas, seríamos capaces de hacer justicia repartiendo los bienes para la felicidad de todos.


Los cuentos zurdos son simplistas pero conmovedores. (foto del autor, mural de otros)

Ése es el cuento con el que crecí como niño y joven danés. Con ese Zurdistán metido en mi cabeza llegué acá a Chile en 1988, poco antes del plebiscito, a los 20 años, rodeándome de miristas y comunistas, muchos de quienes desde entonces han hecho el mismo viaje interior que yo para emigrar de Zurdistán. Aprovecho para publicar algunas de las fotos “con mirada zurda” que saqué en aquella emotiva época en Chile.

Pero en aquellos tiempos nuestro cuento no era ninguna transición prolongada, sino las masas envalentonadas tomándose la calle, luego la deserción de los mandos bajos y medios del ejército, finalmente el dictador en intento de huida, y el pueblo al poder. Ése fue el guión previsto especialmente por los comunistas chilenos, y curiosamente pasó tal cual el año siguiente. ¡En una serie de países comunistas de Europa del Este! Cuando se les cayó el Muro, a algunos se les cayó su mundo, a otros les cayó la teja.

“Puedo cantar los versos más delirantes esta noche”

¿Se puede retratar al típico habitante de Zurdistán? A ver, Zurdistán es un extenso territorio. A lo largo de sus paisajes áridos y fétidos habitan tribus con ritos totalmente distintos, y libran guerras entre ellas. De hecho, más que un país, podría decirse que Zurdistán es un universo aparte, lleno de planetas. Pero para al menos acercarnos a una definición para los fines de esta exposición, el zurdo creyente es anticapitalista. Eso excluye a socialdemócratas, pero incluye a anarquistas y otros “anti-todo”. Aún con esa aclaración, la nación zurda abarca desde el ultra-autoritario y socialmente ultraderechista “machismo-leninismo” hasta los más socialmente liberales, pero aún más delirantes “globalofóbicos”. Aunque ha disminuido notablemente la población de Zurdistán desde su auge en los 70, aún recibe a inmigrantes de muchas clases sociales, desde el resentido de clase mediocre hasta la cuica revoltosa, pero – de no establecerse un sistema clientelista como en Venezuela – raramente del verdadero proletariado, pues la indignación no para la olla.


Cada región de Zurdistán tiene su propia bandera. (foto del autor)

Como hay menos zurdos hoy que en mi infancia, han aprendido a convivir mejor: en cada encuentro “popular”, cada manifestación “de resistencia”, cada protesta contra “el Imperio”, y claro, en la Universidad ARCIS. En suma, es difícil pero posible identificar ciertos rasgos característicos del morador de Zurdistán.

Historia del mundo al revés

Hay que dárselo. El zurdo común y silvestre que vive bajo el capitalismo no es oportunista. Está motivado por lo más sublime de la fe: la certeza de estar entre los justos. Incluso cuando tira bombas molotov en la vía pública, lo hace por un mundo mejor. Los males sociales le afligen tanto, y las soluciones le parecen tan lejanas, que no halla otro remedio que echar la culpa con convicción para al menos aliviar su sufrida conciencia.

La irracionalidad del zurdo es de tinte religioso, al menos es anti-Darwin. No compara la realidad con nuestra herencia como especie evolucionada, sino con sus propios e imposibles ideales zurdos. Eso lo lleva a percibir el tremendo progreso alcanzado por la humanidad desde los albores de la civilización al revés: Piensa que el bienestar material es un estado natural, y la pobreza un engendro artificial. Es una perversión del auténtico y original Carlos Marx, pero es la principal falacia populista que da su atracción al socialismo. Ni siquiera hace falta generar plusvalía, sino solamente “repartir la torta”, ¡qué festiva la metáfora!

Por eso, cuando al zurdo se le piden soluciones concretas, no le preocupa cómo se producen las riquezas, ellas se producen más o menos solas, o por decreto. La principal cuestión es a quién culpar por producir la pobreza. Aquí los villanos predilectos son precisamente los factores y actores que producen más riquezas. El capitalismo. Las empresas. Estados Unidos. Todo ello por la anti-empírica – aunque altamente exótica – creencia zurda en que la ganancia de uno es siempre la pérdida de otro.


Día del Joven Combatiente. (foto del autor)

Pueblo tonto

El zurdo es populista, pero no popular. A pesar de romantizar tanto al “pueblo” en su discurso, él es elitista. Las dictaduras comunistas realzaban la ópera y ballet, denunciando la decadencia de las expresiones artísticas populares. Eso es distinto para el zurdo bajo el capitalismo, pues ahí él cultiva la contracultura, pero igual es elitista. Al tener que admitir, al menos ante sí mismo, que el pueblo no es de zombis despojados de su propia voluntad, lo desdeña por algo peor, por su débil voluntad. Considera que el pueblo a la deriva sin su vanguardia zurda se vuelve patéticamente adicto a las múltiples drogas del capitalismo: el materialismo (ése que no es “dialéctico”), el arribismo, la farándula y crónica roja, la vanidad de querer surgir por medios individuales en vez de colectivos. Es esa vulgaridad del pueblo la que provoca en el zurdo un odio contra la libertad, no la suya propia, sino la de los demás. Tanto así que en lenguaje zurdo, “poder popular” no significa lo que otros llamamos “democracia”, o sea, no lo que el pueblo quiere, sino lo que el zurdo quisiera que el pueblo quisiera.


En Cuba habría hecho deportes. (foto del autor, cuando éste era combativo y valiente)

Entonces, no es sorprendente que la obra intelectual zurda se dedica tanto a lidiar con la frustración de hablar en nombre del pueblo que no lucha como debiera. Ello se remonta a una pregunta que yo de niño hacía a mis padres. “¿Por qué el pueblo no vota simplemente por nosotros [la ultraizquierda] en las elecciones para desmantelar este horrible sistema capitalista y ser finalmente dueño de los medios de producción?”

La respuesta, aparte de enseñarme el vocablo “enajenación”, me dio a entender que, en realidad, el pueblo es tonto. Para corroborarlo, volví a preguntar algo muy parecido a los profesores zurdos en la universidad. La respuesta no varió en nada de la de mis padres. Se me hizo leer a Gramsci y su noción de “la conciencia falsa”. O sea, que el pueblo es tonto.

La perpetua insatisfacción zurda con la naturaleza humana se expresa en conceptos tan tétricos como ése de Che Guevara, el “hombre nuevo”, un ser aparentemente clonado de “Un mundo feliz” que exorciza de nuestra especie – poseída por el capitalismo – el instinto egoísta, reemplazándolo con el más puro afán de servir a la colectividad. En realidad es un intento de conversión de primate a hormiga. Con tanto idealismo, la corrupción se controla sin equilibrio de poderes. El bien común es encarnado por el hombre novísmo, el líder que – si bien tiene un ego demasiado frágil para soportar la crítica – es legitimado por sus asombrosos avances como persona, por lo que él decide a quién encarcelar, torturar y fusilar.

Cuba demuestra las ventajas de la puesta en práctica de este ideal. El “hombre nuevo” trabaja por un salario esencialmente simbólico, unas 20 a 100 veces menos que lo que ofrece McDonald’s o Walmart en cualquier otro país. Cuba no necesita ni competencia empresarial ni libertad de contrato laboral. La Revolución resolvió el problema de la explotación convirtiendo a los trabajadores en “hombres nuevos”, felices de sacrificarse por los mismos ideales que sus patrones.

Excepto que, subversivamente, los cubanos hoy hablan del “hombre huevo”, hasta del “hombre tortilla”.


El capitalismo imparte su “conciencia falsa”. (foto del autor)

Zurdos, diestros y siniestros

A fin de cuentas, hasta el zurdo más zurdo es un ser humano, tan “huevo” como cualquiera. Es comprensible. Nuestra biología no va con las exigencias pensadas para el “hombre nuevo”. A los gobernantes comunistas siempre les ha gustado la buena vida, aunque sea sólo para ellos y sus familiares.

Vivir mejor que los demás de por sí no es repulsivo. Pero sí lo es cuando el mimado “red-set” exige que otros prescindan de lo que ellos necesitan como el pez necesita el agua. Un gran ejemplo es el ídolo zurdo, Pablo Neruda. Él daba vueltas por el mundo como artista. Y sin embargo, el súper poeta estaba convencido de que todas esas libertadas para viajar y expresarse – con las que él hacía su vida bohemia como celebridad – deberían suprimirse para los ciudadanos desde Berlín hasta Vladivostok. Allá la gente debía ser de una confianza especial de sus gobiernos para poder publicar, incluso para salir legalmente de su país. Neruda no era ingenuo, estaba bien informado. Él pensaba que los disidentes soviéticos se merecían los infernales campamentos de trabajo forzado y las siniestras drogas del hospital psiquiátrico. Eran “enemigos del pueblo”, en ese tono fascista tan característico del comunismo. Para Neruda, el cuestionamiento al poder era un derecho sólo para opinar como él. Donde sus ideas ya se habían impuesto, en cambio, la misma actitud le parecía merecedora de la represión más brutal.

Lo mismo al revés

El régimen cubano habla mucho de la “batalla de las ideas”, viéndolo como una pelea en vez de un intercambio. Yo prefiero el “libre mercado de las ideas”. Para optimizar la oferta, Zurdistán debe existir. Incluso sigo teniéndole cariño al zurdo, pero sólo mientras luche por sus ideales. Una vez que los consiga imponer, en cambio, o el zurdo se convierte en una caricatura de su enemigo, o deja de ser zurdo luego de un “desencanto”.


Universitarios luchan por sus ideales. (foto del autor)

En un viaje a Cuba me llamó la atención que los jóvenes de temperamento conformista, los típicos “regalones del jefe” – que yo por mi formación siempre despreciaba – allá son “comprometidos”. Con el poder, eso es. En consecuencia, a esos muchachos, generalmente mateos y ambiciosos, les parece bien que los sindicatos cubanos sean amarillos, siendo controlados por el mismo patrón monopólico. Y repiten un discurso bélico y patriotero que yo tenía asociado con la extrema derecha. En cambio, las personas críticas por naturaleza – con los que yo acostumbraba a hacer amistad en mi país – en Cuba se autodefinen en contra de la izquierda. Son el enemigo interno, y viven un drama muy parecido al de los zurdos bajo Pinochet. Cada vez que se ha llevado de la ficción a la realidad, el cuento de Zurdistán ha tenido un costo devastador.


Obra del cubano Simanca. En la isla oficialmente zurda, Che Guevara no es símbolo sino blanco de rebeldía.

La cuenta de Surdistán, en cambio, salió baratísima. Que no se diga que lucren con el hambre de las masas. Y el servicio fue amable y eficiente. Claramente no atienden asalariados explotados, sino unos verdaderos batallantes de ideas e ingredientes. Vayan allá y dejen propinas solidarias, nada de migajas. Si aumentan las ganancias del negocio, ¿aprenderán los dueños (¿la colectividad de trabajadores y trabajadoras?) a apreciar un poquito el capitalismo? Quizás, pero no les estoy sugiriendo, estimados lectores, que vayan allá por la causa de aburguesar a los zurdos, sino porque – a diferencia de sus ideas – sus platos puestos en el mercado son competitivos. Total, si no les gusta, hay un McDonald’s cerca, también es económico. Y muchísimo más popular.


Pero “sí” a los malls y los McDonald’s. (foto del autor)