POR PATRICIO FERNÁNDEZ

En Chile no tuvimos imperio inca ni azteca, ni una cultura demasiado fuerte anterior a la llegada de los españoles. No hay grandes vestigios de nada. Las haciendas han pasado por encima de los territorios mapuches sin que ninguna ruina memorable interrumpa los potreros. Son como los pieles rojas antes de Hollywood. Quizás por eso, dicho sea de paso, le ha sido tan fácil a los invasores pasarles por encima. Los invasores, por su parte, salvo excepciones contadas con los dedos de una mano, no gastaron en catedrales ni en palacios. Al igual que los antiguos habitantes, se instalaron como nómades en una tierra que se encargó, a punta de terremotos, de volverlo todo pasajero.

La música folclórica tiene su carácter. A mí me gusta, pero a estas alturas, por más que se le busque el lado, difícilmente representará el sentir de las mayorías nacionales. O sea, Chile tampoco es su música. Dicen que el rodeo mueve multitudes, lo que debe significar que late en los campos, porque convengamos que en la ciudad, resulta menos cercano que la lucha libre.

Permanentemente ronda la pregunta por nuestra identidad, y ya podríamos ir concluyendo que no hay respuesta para tal pregunta, porque esa identidad la estamos recién definiendo. O reconstruyendo, si se prefiere. No somos las minas de Baldomero Lillo, ni los salones de Casa Grande. Los personajes de Manuel Rojas siguen rondando, pero eso no tiene gracia, porque rondarán siempre por todas partes. Somos, culturalmente, el territorio más blando de América del Sur. Salvo los miembros de los clubes corraleros, los firmantes de sociedades históricas y los izquierdistas de peñas lamentosas, no creo que haya muchos que sientan nuestro país como un paraíso perdido o una gran historia extraviada. Somos de lo más vulgar del continente, de lo menos identificable, algo así como un grupo humano arrojado sobre un látigo, más preocupado de sobrevivir al guascazo que de construir templos. Los árboles y los glaciares siguen siendo nuestros principales monumentos.

El invento de Chile ha dado para todo. Por las calles no se vive el ánimo que nos transmite la prensa. Son muchos los que fuman marihuana y unos pocos vociferantes quienes la condenan más desde la moral que desde la ciencia, y aún así sus voces retumban aplastantes. Según la ONU somos el país más pitero de América Latina. La gran mayoría de los niños en Chile nace fuera del matrimonio. Los y las adolescentes, así les pese a los que sueñan con un mundo de ángeles, tienen relaciones sexuales a temprana edad. El resto las tiene con igual soltura. Apostaría que encamarse en Santiago de manera intempestiva es más fácil que en Madrid. Aún así, desde lo alto se condena la píldora del día después y se prohíbe hablar en público del condón. A las mayorías ni siquiera las espanta el tema del aborto, pero todavía proponer su legalización por las Cámaras parece una blasfemia. Todo indica que somos un país bastante liberal, y, no obstante, debemos callarlo. En los departamentos de la calle Lyon y El Bosque Norte, entre los altos ejecutivos, se esconden los privados de las prostitutas vip. Los laberintos comerciales del centro de Santiago están repletos de cafés con piernas, quizás el invento chileno más representativo de los años de transición. Y, no obstante, se supone que somos conservadores.

¿Qué pasaría si nuestro país se quitara la máscara, se la jugara por su indeterminación, reconociera que los barrios por proteger son exponencialmente menos que los que se están construyendo y que la ciudad que habitamos se asemeja más a una recién nacida que a una vieja maltratada? ¿Qué pasaría, por ejemplo, si en vez de aparentar historia nos abriéramos, y acordáramos que acá, como en ningún otro rincón del continente, se les respeta a todos por igual, como colonos de sus vidas y el entorno, y convocáramos empresas sin casta, artistas delirantes, mercados inusuales y riesgos de todo tipo?

¿Qué pasaría si Chile se convirtiera en la Holanda de América Latina, el sitio al que llegan los que no se sienten de ningún lado, y, a cambio de sus locuras, les garantizáramos respeto? Podríamos convertirnos en los protectores del medio ambiente, ponernos a la vanguardia en el tema de las energías, llenarnos de placas solares y remolinos, dejar que la gente fume hierba, que los barrios rojos tengan luces rojas en vez de oscuridades sospechosas, que las mujeres decidan sobre sus cuerpos y que nadie quede indefenso a la hora de pedir ayuda. Estoy seguro que no sólo sería divertido, sino que estupendo negocio. Un país organizado como el nuestro, con una corrupción todavía controlada, con instituciones respetables, apasionado por el comercio y perdido respecto de su propia identidad, encierra infinidad de posibilidades libertarias. Da vergüenza andar proponiendo proyectos colectivos, pero si a esto le sumamos la protección social, quizás estaríamos ante una interesante y moderna personalidad. Alguna vez peleamos por la democracia, hoy podríamos hacerlo porque todos sean dueños de estas calles, por ampliar las posibilidades de cada ciudadano de ser lo que prefiera, mientras no impida que el del lado también lo sea. Es cierto que somos malos para bailar: quizás se deba a que no nos hemos permitido tener en conjunto la fiesta que tenemos en privado.