POR CLAUDIO PIZARRO
El Loco Macaya se inició en el hampa a los nueve años y con el tiempo se convirtió en el mejor ladrón de cajas fuertes del país. Ahora está retirado y vive en Valdivia. El año pasado hablamos con él para el especial “Crónica Roja” y ahora lo invitamos para que opinara de cómo ha cambiado la ética delictual. El Loco dice que la nueva generación “está llena de giles, brutos y desgraciados”. Una de las razones del desastre, cuenta, es la falta de educación.

¿Cómo era la ética delictual de la vieja escuela?

-Antiguamente al choro le gustaba taparle la cara al chancho, ser habiloso, amable y condescendiente. Las cosas se hacían con mucha astucia y respeto al ser humano. La cuestión no andaba al lote. Cada uno tenía su profesión y sus herramientas. Se actuaba con inteligencia y se robaba sin dolor. No se veía esa asquerosidad de subirse a una micro, pegarle una puñalada al chofer y quitarle las monedas.

¿Era mal mirado?

-La ética antigua era sin matar, sin puñalear, para eso estaban los cogoteros que andan cooperando y que en la cana se convierten en perkins y tienen que andar lavándole la ropa a la gente. Un choro nunca va andar cogoteando, tiene que tener mente. Ahora no, se meten a una casa y agarran a balazos hasta al gato. ¡A dónde la vieron! Qué tipo de choros son esos.

Qué ha pasado…

-Desgraciadamente se distorsionó todo. No hay una formación como corresponde. No hay ninguna cosa. Ahora los cabros van a la escuela y se agarran a puñaladas dándoselas de matones. Se pasan cualquier película. Hay una generación de cabros choros que se está destruyendo. Son giles de cartón que están amparados por papás que también son de cartón. No son verdaderos hombres.

¿Por qué cree que se pasan tantas películas?

Porque les gusta mostrarse, hacerse cartel, no tienen ni un respeto. Andan con la guevá que aquí que allá, mostrando el cañón y después se les sale un balazo. Está lleno de giles, brutos y pobres desgraciados.

¿Eran más reservados antes?

El choro era previsor. Los hijos no tenían que pegarse la cachá ni cagando que uno andaba robando o si no le perdían el respeto.

¿Y la mujer?

Menos, si antes era así la guevá… Por eso es la bronca ahora con los hueones que se muestran mucho. Además, hablan con vocablos rastreros: “qué te pasa longi conchetumare, soy de tal parte, no te pasí películas conmigo porque la hago cortita”. Desgraciadamente así está la cosa.

¿Puro verso?

En nuestra época nosotros tapábamos todo ese lenguaje. Por ejemplo, si yo quería “achacar” a un gil no podía mostrarme como un delincuente. Era respetuoso. Una persona bacán. Ahora están todos enfermos.

¿De qué?

De violencia y miedo. La gente ya no se sale a divertir como antes cuando iba a un baile a pasarlo bien. No se veían tantos actos de sangre. Ahora ha aumentado la maldad en el ser humano.

¿Cómo se arreglaban las diferencias en su tiempo?

Cuando había que resolver un asunto se arreglaba a combo limpio o al primer pinchón con una cuchilla. Estaba prohibido eso sí cortarle la cara a un choro porque si lo hacías era como sapearlo porque esa marca le iba a quedar para siempre y después lo podían identificar. Siempre se pinchaba en los brazos, la guata o en las piernas. Nunca se tiraba a matar.

¿Qué piensa cuando ve a tanto niño armado que aparece en los noticiarios de televisión?
Me da lástima ver a ese tal Miguelito. Hay que sacarlo de ese ambiente. No hay que ensalzarlo porque se cree más el cuento. Lo mismo con esas niñas que les llaman las arañas que andaban robando en los departamentos. Imagínese, se caen del cuarto piso y se revientan por dárselas de vivas. Esos cabritos están cagados de la cabeza. El gobierno se tiene que pegar la cachá y no mostrarlos en la tele. Hay que sacarlos de su casa, hacerles una buena terapia y se elimina a un delincuente que puede ser tremendamente fatal el día de mañana.

¿Qué piensa del Sename?

El Sename está puro pintando monos. ¿Qué es lo que está haciendo? Mire todo lo que ha pasado, cuánto incendio y toda la cuestión. Tiene que haber gente profesional que conozca la papa. A veces uno los escucha, hablan bonito, que esto que lo otro, pero no saben para dónde va la micro.

CABEZA EN EL WATER

¿Para qué se delinquía 30 años atrás?

Antiguamente se delinquía para pasarlo bien, ayudar a la familia y darle educación a los hijos. Era como una profesión más. Nosotros éramos doce hermanos y yo fui el único que salió ladrón pero toda la plata que robé fue para la casa. Era como una hormiguita que juntaba para el futuro.

¿Previsor el hombre?

Una vez me acuerdo incluso de una apuesta que hicimos en cana con el Negro Lucho, un lanza internacional. Un día le dije, mira negro, si en diez años más no tenemos una casa propia valimos callampa como choros, y si nos topamos afuera y no ha pasado nada, tení que pegarme la media patá en la raja. Era como un desafío.

¿Y se la pegaron?

No, el Negro ahora está radicado en España. Eran otros tiempos. A veces uno se enteraba que un choro viejo se había comprado un Chevrolet, otro había puesto una frutería o alguien se había comprado una fuente de soda.

Pero en la actualidad da la impresión de que todos viven el día a día.

Claro piensan en puro meter la cabeza al wáter y cuando caen en cana se llegan a recagar. Así piensan los choritos de ahora. Esos hueones valen callampa, no se merecen ningún respeto.

Parece que hoy en día existen más distracciones para el delincuente.

Están en la de ellos… viven en una época cruda y bastarda. De repente aparecen carteles al cuete y empiezan las famosas mexicanas. Después les queda gustando la plata y la droga y cuando quedan patos van al dormitorio de la mamá a robarle anillos de oro. Primero empiezan la cuestión para matar el deseo y terminan como domésticos.

Robándole a su propia gente…

Sí, la droga dejó la media escoba. Antes el barrio no se tocaba, la gente era respetuosa de su sector. Si alguien se encontraba con choros que venían de otras ciudades le decía que no se condoreara para tal parte porque la gente era bacán y más encima vivía uno.

¿Cuidaban a los suyos?

El choro se hacía respetar, era generoso. Si alguien fallecía, por ejemplo, uno iba y le pasaba un billetito a la viuda para colaborar con la urna. Es como para sentirse protegido. Después, si la mujer ve algo, te va a decir “vecino, no vaya para allá que están los ratis”.

Pero afuera del barrio es otra cosa. ¿Dónde ibas a trabajar?

Antiguamente uno hacía giras. Se iba a robar a Viña del Mar, que era bueno, después a Valparaíso y así por varias ciudades que eran buenas plazas para el delincuente. Había harto movimiento. Viajaban tres o cuatro amigos, todos compañeros, choros, hacían sus cositas y juntaban sus monedas para llevar a la casa.

¿Mandaban encomiendas?

Claro, en ese tiempo estaba el Igi Llaima y el Vía Azul y uno mandaba plata, joyas, todos los robos bacanes. Cuando salíamos, uno le decía a la mujer que no abriera la encomienda hasta que llegara porque venían partes de otros amigos que andaban choreando con uno.

¿Cómo se engrupían a las señoras?

Le decíamos que nos salía una pega para afuera, le poníamos cualquier cuento, como que éramos el jefe. Ellas nos tenían su terno planchadito, su camisita bacana y uno, por obligación, tenía que traer monedas para la casa para que no faltara nada.

Tenían una vena actoral bien desarrollada…

Era lo mismo que hacer una película con varios actores. Supongamos que yo arriendo una casa y después trato de venderla. Usted es el abogado donde yo voy a mandar al gil que está interesado en la compra para que le explique que todo está saneado. Era un cuento bien montado y todos agarraban su billete. Era otra la mentalidad. Una cosa más bonita, como una talla, pura viveza y astucia. Hay algunos que incluso vendieron el cerro San Cristóbal.

Cuenteros de primera…

Habían varios. Me acuerdo del chino manceado que era un gordo elegante que llegaba a la cana de terno, corbata y sus buenas gargantillas de oro. Un choro bacán. También estaba el viejo Ramos de Talca, el Roberto de Conce, el indio Maya. Todos llegaban pinteados a la cana y a los cinco días para afuera. No hacían ni tiempo y volvían a chorear.

¿Por qué salían tan rápido?

Porque sabían declarar y, además, el cuenteo no era un delito pesado.

¿Qué cuenteo bueno recuerda?

El cambiazo era bacán. Los choros le hacían un seguimiento a los giles que iban a los bancos a hacer depósitos con esos maletines Saxoline. Como a la tercera o la cuarta ya eran víctimas del sabandija. Cuando dejaban el maletín debajo de la mesa y se ponían a llenar la boleta de depósitos, alguien le tocaba el hombro y en esa tocada desaparecía el maletín. Ese era el famoso cambiazo.

¿Parecido al balurdo?

Sí, todavía hay gente que utiliza el mismo cuento y siguen cayendo giles. Hoy día, por ejemplo, mueren cuatro personas y en el hospital están naciendo cinco. De ahí están saliendo tres giles y dos vivos. Así es la cosa. No se van acabar nunca los giles.