POR MARCELO MELLADO
(que acaba de ser abuelo)

El campo léxico del binomio maternidad-paternidad podría enriquecerse con el neologismo abuelidad. Es lo que recuerdo de un libro olvidado (hasta hoy) de una nona argentina, que a propósito del activo rol político de las Abuelas de Plaza de Mayo, que en tiempos de la dictadura representó no sólo a las familias víctimas de la represión, sino que fueron (son) un símbolo de la resistencia de todo un pueblo contra el crimen de Estado, reivindicaron la invención de esta palabra nueva, surgida de una práctica social intensa, sustentada en la valentía y en el protagonismo de un grupo etario que se levantaba para representar a sus nietos, es decir, a lo(a)s hijo(a)s de sus hijo(a)s. Según ella debía ser incorporada al diccionario, aunque lingüísticamente depende del uso más que de una decisión de autoridad.

“Abuelidad”. Suena raro el vocablo, pero la petición de la abuela argentina es más que legítima, es una necesidad del lenguaje que puede ser satisfecha porque se abre un hueco semántico. Yo mismo acabo de convertirme en abuelo y eso me asusta políticamente, y me hace pensar en mi patética generación y en las otras con que compartimos época. Aquí en Chile también hubo abuelas (y madres) que lucharon por sus nietos y sus hijos, pero lamentablemente nuestro propio ejercicio histórico generacional como chilenos tiende a rebajar la dignidad de muchas de nuestras acciones.

Lo de la abuelidad contrasta con las nuevas generaciones –a pesar de los abuelitos de la droga–, no cabe duda que hay un aporte histórico de un grupo que estaba inactivo o en descanso y que irrumpe en la escena pública por circunstancias políticas (esto ocurrió tanto en Chile como en Argentina). ¿Y qué pasa con las nuevas generaciones? O para decirlo en el código del desprecio: ¿Qué ocurre con los pendejos? Sabemos que muy poco o nada.

Y pensar que en otras épocas eso que llamaban juventud (y que hoy día llamamos “pendejos malditos”) siempre aparecía como un capital de esperanza de un futuro que rectificaría las injusticias del pasado. Ese grupo etario era depositario de una base moral que renovaría un presente funesto. Hoy, en cambio, aparece determinado por una incontrarrestable vocación criminal y de consagración del orden establecido: droga, copete, tráfico de lo traficable, hedonismo fascista y de un individualismo patológico.

Ellos son los protagonistas ciegos del neoliberalismo, incluyendo las tribus “rebeldes”.
Son los de la soberbia digital y de las imposturas más perras, incluido la prepotencia cuica y la arrogancia flaite.

Y no es sólo la concertación y Pinochet, (y la izquierda conservadora o liberal) la que construyó este horror, no es tan sólo la soberbia del consumo modelo McDonald (recuperada por el cuico Fuguet) o la de un jefe de barra brava o la de un pendejo que con un bate de béisbol asesina a otro por deporte, o de un grupo que acuchilla de 40 puñaladas alegres a un vecino; no es sólo el anarco fascista convertido en un candoroso lumpen o la perra adolescente que lo lame en cámara. Es un mugriento país construido a golpes de desprecio, abuso y abandono.

Varias veces me ha tocado con mi hija pequeñita arrancar de estos perros facistas, cuando voy a Santiago, ya sea porque se han tomado un bus del Transantiago o armado un escándalo en el metro. Basura humana que son hinchas de equipos de fútbol para legitimar crímenes, que son cometidos sólo por saciar su abyección. Es la generación fotologuera, y del MP3 que pretende vivir en un reality permanente.

Nunca como ahora se da un complicidad perversa entre cuiquerío criminal (burguesía con expresión política) y flaiterío mamón (lumpenproletariado) incluidas amplias capas pobres que han adquirido capacidad de consumo, ya sea por el chorreo o por el uso del nuevo sistema de ascensión social que es el narcotráfico. Esta es la escena generacional dominante.
Por supuesto que todo esto es muy subjetivo, se trata más bien de un tópico literario que llamamos “antichilenidad”, el que comparten varios escritores de la plaza desde el inicio de la República.

Como abuelo recién estrenado pretendo vivir mi abuelidad responsablemente, tengo plena conciencia de fracaso y de los esfuerzos que hay que hacer para inventar otros Chiles más vivibles.
La única esperanza que tenemos es la aparición de un nuevo sujeto que nazca de nuevas prácticas sociales y/o políticas, que quiebren no sólo el centralismo administrativo que surge de las dos o tres comunas santiaguinas en que se toman decisiones en Chile. El cambio cultural debe ser profundo y probablemente surgirá de pueblos pequeños y abandonados que tienen cero visibilidad, como éste en que mal vivo.