POR MARCELLO MELLADO
(con emoción)

Me estoy poniendo viejo, porque debo reconocer que me emocioné muchísimo con el video –aparecido en youtube– del perrito que arrastra heroicamente hacia la berma a su amigo atropellado en una carretera, de esas que cruzan las ciudades grandes. Episodio que también conmovió a una artista gringa que se rayó con nuestros quiltros, llevándose unos cuantos y diciendo que aquel episodio le había cambiado la vida.


En lo personal, casi toda mi vida ha estado relacionada con perros y todo tipo de animales; en este mismo medio relaté algunas experiencias con una gran variedad de animales, desde chanchos nadadores, pasando por vacas voladas y yeguas carretoneras, hasta gatos muy empeñosos que colaboraban con el trabajo de campo, controlando a los malditos roedores. Es decir, los animalitos (de granja) han determinado mi vida.

La ciudad en que vivo está llena de perros abandonados, quizás ese perrito héroe también era abandonado y se había ido a vivir bajo los puentes con su amiguito, con el que compartían una vida plagada de aventuras, y el que lamentablemente sufrió un terrible accidente.

Lo cierto es que los seres humanos ya no nos emocionan, aunque mueran victimados por la injusticia. El aprecio que uno tiene por los animales es directamente proporcional con el desprecio que uno siente por la gente, especialmente por “los cara de chilenos”, en el caso mío al menos. Este desprecio es un clásico de la cultura política; en este punto es recordable una antigua frase que también reivindicaba el viejo autoritario de Alessandri Palma, que tenía un perro enorme llamado Ulk: “mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.

El amor a los animales muchas veces encubre una estrategia neurótica de desprecio por los seres humanos, me incluyo, por cierto. Pero volviendo al perrito héroe yo querría apuntar que los perritos abandonados por sus amos tienen a la ciudad en donde vivo llena de mierda y otros problemas de salud pública. Obviamente son tirados a la calle por odio y por desprecio a la gente y por sí mismos, y no sólo por no poder mantenerlos. Es como cuando mis vecinos chilotes tiran al potrero largo (al camino) a sus ovejas, para que se alimenten en los campos vecinos y de lo que da la calzada rural.

En el caso de los perros viene la racionalidad administrativa municipal que los quiere eliminar y su contraparte histérica –los falsos defensores de los animales– se lo impiden con recursos judiciales, lo que luego redunda finalmente en una cínica actitud de las autoridades de sentirse con las manos atadas y no hacer nada. Alguien por ahí decía que la identidad de una ciudad es definida por lo que hace con su basura, eso mismo lo podemos homologar al tema de los perros: “…qué hace una ciudad con sus perros callejeros”. En principio sabemos que es un síntoma de subdesarrollo y que es, sin duda, el signo que hace a Chile, todavía, pertenecer a los países pobres, gracias a sus perros callejeros que lo mean y lo cagan todo a su paso, a la par que los borrachos y los pendejos carreteros.

El odio de Chile requiere de la metáfora perrera para asestar un golpe definitivo a la arrogancia cerdo fascista chilena. Y por otro lado hay que liberar al adjetivo perro del lenguaje, no podemos usar a la perra y al perro para designar aberraciones de la conducta humana, que para eso está el cerdo (que en mi experiencia agropecuaria también puede llegar a ser un animal fascinante, recuerdo a uno que nadó cien metros por el mar para volver a su casa).

Y aprovechando que hubo recién un encuentro internacional de ciencia política –en que el cerderío humano habló de sus paradigmas orgánicos–, evento que me imagino pretendió legitimar disciplinariamente esta basura de democracia que padecemos; no podemos dejar de decir que la política chilena es una derivación de la criminalidad común y que la ciudadanía decente debe, y tiene que hacer frente –sobre todo ahora que estos “perros”, perdón, hijos de puta, arman la escena maraco-histérico-electoral, con todos los plumeros en ristre– asestándoles como patada en la raja la desobediencia civil, eligiendo a Nulo Candidato o algo análogo como representante, es decir, deslegitimándoles el espectáculo electoral. Nulo Candidato sería como el perrito quiltro que arrastra a su compadre, vecino, ciudadano, fuera del peligro criminal que es la “carretera de la política”. He dicho.

Llo-Lleo, julio 2009.