POR MARCELO MELLADO

(Se acabaron las vacaciones escolares, durante las cuales tanto niño vio, acompañado de sus padres o abuelitos, la recién estrenada “Harry Potter y el misterio del príncipe”, sexta parte de la saga fílmica basada en las novelas de J.K. Rowling. Pero el blondo héroe-mago queda como una alpargata –como una mierda buena onda– al lado del nuevo héroe del narrador Marcelo Mellado: Harry Potto, el niño de San Antonio que “estudia para mago en la mismísima ilustre municipalidad, institución de malabares y movidas perversas y malditas”. )
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Con los pendejos de vacaciones tuvimos que soportar la saga de este ahuevonado que ya parece abuelo y que sigue boludeando con su magia de mierda. La lata de lo fantástico no es que sea una alteración de lo real o la creación de un mundo paralelo que se nutre de hadas y magos de pacotilla, es que es lo contrario de la recuperación de la memoria, es la consagración del olvido como recurso para enfrentar una realidad no muy soportable, ¡qué novedad! De ahí la media parafernalia, que recrea el viejo tema del lado oscuro de la vida (alguna vez le llamaron el bien y el mal) y el huacho que busca papá. Pero ahora, con Harry Potto el mal se enfrenta contra el mal, el bien no existe, porque todo es puro infierno.

Me carga la literatura fantástica, porque no puede evitar ser cristiana. Prefiero el relato mítico religioso y punto, con sacerdotes y feligreses que fijan una verdad, y con pastores que abusan de sus fieles ovejas, como tiene que ser (como “el obispo de Honolulu que se afilaba a sus fieles por el culo”, para no citar a los típicos Macieles). Más insoportables aún son las derivaciones que nos construye la industria del espectáculo, tanto como la música ambiental de semana santa o los decorados navideños. Pobres cabros chicos, les construyen un mundo que depende de la enfermedad de los adultos.

La estructura básica siempre se repite, de la vida cotidiana y ordinaria surge una especie de elegido que reivindica algo y salva un mundo. En cambio, las ganas de lo fantástico son alteradas radicalmente en un lugar tan agredido por la realidad como San Antonio, y este Harry Potto le pone color y olor a lo real, transformándolo. Esto me recuerda la célebre polémica del cubano Carpentier con los surrealistas, plantean que acá en América Latina lo maravilloso sería algo cotidiano y no artificial, como en Europa. Por eso nuestra oferta frente a este mundo como el hoyo es Harry Potto y su hedor a cochayuyo.

Uno querría distraerse con historias fantástico-maravillosas para no tener que enfrentar el cerderío maraco electorero o a los bancos que te roban la plata sin asco (me refiero al Banco del Desarrollo que no me quiere devolver un billete) o al Estado que no te paga una pega (me refiero al Consejo de la Cultura) y un casino que te destruye la ciudad, y hasta una fiesta huachaca que arma un candidato sin cupo, para estar a la par con los centros de poder. Lo real es insoportable. En ese contexto la magia es una necesidad, por eso surge en San Antonio, en medio de una familia común del puerto, Harry Potto, un flaitongo apokemonado con dotes para la magia y que estudia para mago en la institución que está destinada para eso, la mismísima ilustre municipalidad, institución de malabares y movidas perversas y malditas. Y lo hace con todo tipo de alumnos y alumnas, también llamados clientes: panketas, ocupas, gente en situación de calle, pokemones, operadores políticos, estafadores, jefes de servicio y, en general, toda esa basura que llaman tribus urbanas, incluidas viejas culiá (con sus respectivos viejos, aunque en esa área hay poca distinción de género).

No le ha ganado a nadie, pero igual es un elegido. Y en el casino que han construido en su localidad hace de las suyas con los tragamonedas y filetea pescado en la entrada, para que no les quepa duda a los tahúres que están en el puerto número uno. El lugar, obviamente, huele a pescado podrido, aunque él como mago que es logra con sus poderes imponer otros olores, como el bouqué a culo o de las zonas anales, en donde radica el poder de su magia que está siempre centrada en los hedores de su tierra natal.

Aquí no hay druidas ni celtas, ni siquiera machitunes del progresismo esotérico, sólo el carrete de chelas y chimbombo, como ritual identitario. Harry Potto es un saco de güevas que transita en la noche de los barrios por si salta la liebre, es decir, para hacer todo el daño posible a la propiedad privada y pública.

Recordemos que como el Potter original tiene algo de Hamlet, no sólo porque como bien dice Nicanor Parra, era un carerraja, además, es huacho, como buen chileno, por eso Harry Potto, el chileno, es una buena versión que sintetiza la reacción contra el desprecio y el abandono, y el crimen de que es victimado -que lo convierte en huacho-, además, se hace el loco para pasar piola. Como dato adicional, diremos que Voldemort, el otro malo que combate a nuestro protagonista, es el mismísimo alcalde aliado con ex CNI expertos en guerra biológica.

Potto, Harry, como buen maldito no puede ni debe tener espesura moral, es un chileno de tomo y lomo, y si la tuviera, sería para administrar un colegio de iglesia o una botillería; su objetivo en la vida es que el alcantarillismo chilensis, o aquella corriente apocalíptica under que quiere a Chile bajo un río de caca, haga brotar las bacterias que posibilitarían el nacimiento de un nuevo ente o engendro, que es producido por coliformes fecales, bilis y otras menudencias gástricas, y mucho desecho hospitalario. Estos secundarán a nuestro Harry Potto, quien utilizará de varita mágica una jeringa con aguas servidas, con la que encantará a sus enemigos, y también, como arma alternativa, un gran sopapo con el que destapará las cañerías obturadas de mierda, como metáfora, quizás, de la libertad