POR CLAUDIO PIZARRO • ILUSTRACIÓN: ALEN LAUZÁN

Marcela Rodríguez cumple pena de extrañamiento en Italia hace siete años por asociación ilícita terrorista. Allá, en las afueras de Milán, se enteró de la muerte de Guillermo Ossandón, el líder del Movimiento Lautaro que pasó sus últimos días vendiendo libros en las calles y ropa en las ferias libres. Rodríguez hace un recuento de su vida en la colectividad y admite sin pudores la derrota del grupo. Confiesa que no supieron parar a tiempo y decir “hasta acá no más llegamos”.

¿Qué sentiste cuando te enteraste de la muerte de Guillermo Ossandón?
-Me tomó de sorpresa, porque hace mucho tiempo que no sabía nada de él. Mucha gente me escribe de Chile pero ninguno me dijo que estaba atravesando problemas de salud.

Tampoco te enteraste que vendía libros en la calle para sobrevivir.
-No, pero tampoco pienso que vender libros en la calle sea indigno aunque, claro, es triste que haya terminado de esa manera, como otra gente que luchó y quedó en el camino o que ahora no tiene absolutamente nada. Que yo sepa, ninguno de los lautaristas tiene plata o está haciendo grandes cosas.

Pero Ossandón era sociólogo de la Universidad Católica.
-Aunque tuviera 10 títulos diferentes, nadie le hubiera dado trabajo a un ex lautarista, porque los medios de comunicación siguen llamándolos terroristas. Por eso tuvo que salir a vender a la calle o a las micros.

También trabajó un tiempo en la Universidad Arcis, hasta que compró una parte Max Marambio…
-Lo que pasa es que estos tipos nunca fueron realmente revolucionarios. Nunca fueron nada. Para ellos, ser revolucionarios fue una moda porque más adelante se vio lo que realmente pensaban. Por eso no es extraño que lo hayan echado de la universidad.

¿Cuándo conociste a Ossandón?
-Mucho tiempo después de entrar al Mapu-Lautaro. Fue en el período final, cuando estaban todos en la cárcel a principios de los noventa y yo iba a visitar a los presos políticos. Él recién había caído preso. Para mí era un compañero más. No había ninguno que fuera más importante que otro. Eran todos iguales.

¿Qué impresión te dejó?
-Un tipo muy correcto, callado, siempre lo veía leyendo, paseándose. Fumaba mucho. No sé qué más podría decirte.

¿Calzaba su imagen con la del mítico líder clandestino…?
-No creo en los mitos. Para mí era un compañero que dirigía el partido y un combatiente más. No hablé mucho con él ni conversamos temas políticos, porque había muy poco tiempo y ya andaba en silla de ruedas. Cada uno compartía con su gente.

RECUPERACIONES

¿Antes del Lautaro militaste en otro partido?
-En el año 68, a los 15 años, ingresé a las Juventudes Comunistas. Fue una experiencia muy bonita que coincidió con el gobierno popular de Allende. Vivía en la población Villa Sur, al lado de La Victoria. Hacíamos actividades culturales, de teatro y baile.

¿Qué hiciste después del 73?
-Después del golpe militar todos mis compañeros desaparecieron, se escondieron, se cambiaron de casa o simplemente no quisieron saber nada de la Jota. Quedé prácticamente sola en la población. Mi militancia terminó de golpe hasta que entré a estudiar pedagogía textil en la Universidad Técnica en el ‘74 y me encontré con un amigo de la población que pertenecía al Mapu.

¿Qué cosas hiciste en el Mapu?
-Salir a panfletear en las noches, hacer rayados en murallas y asistir a algunas reuniones.

¿Cuando pasaste definitivamente al Lautaro?
-En el ’83, cuando se hizo el quinto pleno del partido y nació el Mapu-Lautaro. Fue el año de las protestas. Hasta ese momento lo que hacíamos eran barricadas, tirar piedras con honda y ellos nos respondían con balas. Tomé la decisión de ingresar al movimiento porque pensaba que Pinochet no se iba a ir solo y había que echarlo de alguna manera.

¿Cómo operaba el Lautaro entonces?
-Íbamos a las poblaciones a crear grupos culturales para interesar a los jóvenes a que se nos unieran. Siempre les decíamos que no había que tener miedo, que había que luchar y que si no lo hacíamos no íbamos a salir de la tiranía y nos iban a seguir matando.

¿Cuándo decidiste tomar una postura más confrontacional?
-Tiempo después, en el año 86. Las cosas se fueron dando. Primero empezamos con barricadas, tirando piedras, luego pasamos a las molotov y después fuimos haciendo otras cosas hasta llegar a ser un movimiento armado.

¿Cómo llegaron las armas?
-No tengo idea si llegaron armas de afuera o no. Pienso que no, porque éramos bastante pobres. Eran más bien recuperaciones que se hacían en las armerías, a los guardias de seguridad y de las industrias.

¿En qué actividades participaste en un comienzo?
-No te podría decir en qué cosas participé o no participé. Participé en algunas actividades que hacía el movimiento con toda su gente.

Como la primera “gran recuperación” que se hizo el año ’82 en una tienda Bata de San Diego.
-Ésa fue una de las primeras, pero yo no estuve. Participó mucha gente. Había militantes, milicianos, gente de las Fuerzas Rebeldes y también dirigentes. La idea era entrar, sacar la mercadería y después repartirla en las poblaciones. Después de eso comenzaron las recuperaciones masivas.

¿Recuerdas alguna?
-Me contaron que una vez recuperaron un camión con pollos vivos y empezaron a tirar las cajas, se rompieron y los pollos salieron corriendo. La gente se peleaba los pollos mientras los pacos intentaban quitárselos. Obviamente nadie se los devolvió, porque hacía tiempo que no se comían un pollo. Me hubiera gustado ver eso.

¿Cuál es la diferencia entre una recuperación y un saqueo?
Para nosotros no eran saqueos. La idea de fondo de las recuperaciones era decirle a la población que si la dictadura no te daba lo que necesitabas, tenías el derecho de tomártelo.

¿Qué otras acciones recuerdas?
Para las navidades se iba a las jugueterías y después se repartían juguetes en las poblaciones más pobres. El Estado en ese tiempo regalaba juguetes de plástico, las cosas más feas, no como las que veían los niños en televisión y que pedían a sus padres para Navidad. Nosotros decíamos que si los padres no podían darle eso nosotros lo podíamos hacer.

Eran como una pastoral juvenil armada, que entregaba felicidad a la gente.
No, era pensar que la gente puede tener una vida mejor que la que tiene.

Pero si satisfacen las carencias sólo con productos, suena un poco materialista.
No era algo materialista. Hay un montón de gente que se muere de hambre y no porque se le da un pollo vas a creer que eso es materialismo. La lucha se dio así, pero no era una cuestión de solo dar. También se les daba la confianza de que habían otras formas de lucha para que no se quedaran en sus casas esperando sentados.

¿Cómo era la recepcion de la gente?
Al principio se asustaba un poco porque no nos conocía, pero después nos recibía muy bien, sin miedo. Los mismos pobladores nos avisaban si venían o no los pacos.

¿También repartieron condones y pastillas anticonceptivas?
Sí, porque aparte de trabajar y luchar, el Lautaro creía que también había que amar y para amar había que tener seguridad. Si una lola de 14 años quería tener sexo lo mejor era que tuviera sexo seguro y que no quedara embarazada. Los jóvenes son parte importante de una revolución. Son ellos los que tienen que ser responsables y hacer las cosas bien. De hecho nos pegábamos discursos y explicábamos cuál era el motivo de nuestras acciones. Tampoco íbamos a llevar todos los días condones para que ellos lo pasaran bien. La idea no era hacer grandes orgías como quisieron hacernos parecer.

Debió haber sido extraño ver a unos tipos con pasamontañas, armados y entregando condones en los colegios.
Claro que era una imagen extraña. Hasta el día de hoy no se habla en los colegios de cómo tener relaciones seguras. Imagínate que todavía se está discutiendo la entrega de la píldora del día después. Pienso que se ha vuelto atrás con todo esto. No sé qué tanto miedo le da el sexo a alguna gente.

QUEDAMOS SOLOS

¿Qué leían?
No me acuerdo mucho qué cosas, pero el partido sacaba sus propios periódicos donde venía todo planteado. Éramos un partido marxista leninista pero a ningún joven se le hizo leer El Capital tampoco. No se trataba de meterles y meterles cosas en la cabeza.

Antes del plebiscito del 88 estuvieron en la encrucijada de seguir o no en la vía armada, ¿cómo lo resolvieron?
Se pensó que podría haber un fraude de los militares y nos preparamos para eso. Desgraciadamente para los partidos revolucionarios, no fue así y se dio esta otra cosa de la democracia pactada. Quedamos solos. La gente además estaba cansada de tanta pelea y muerte. Entonces llegaron estos señores con corbatas, que llegaron del exilio, a hablarles de cosas bonitas. Y si tú le dices a la gente “aquí terminamos la guerra y terminamos con Pinochet”, por supuesto que todo el mundo se va por ese lado.

¿No leyeron bien la coyuntura?
No se leyó bien el mensaje del pueblo. Nosotros seguimos por un lado y ellos por otro. Además pusieron a la gente en nuestra contra. Por eso terminamos todos muertos, encarcelados o exiliados. Nos equivocamos.

¿Hubo responsabilidad de los dirigentes del partido al comenzar la democracia?
Sí, creo que hubo una mala evaluación de las cosas. Deberíamos habernos ido para la casa todos. Hubo una mala interpretación de para dónde iban las cosas, los dirigentes no supieron parar a tiempo.

Pese a todo siguieron adelante con la lucha armada, incluso los acusaron de querer hacerle la guerra a la democracia.
Por supuesto que sí, pero no fue la gente la que lo interpretó de esa forma. Estos señores les hicieron creer, con todos sus blablás, que la cosa era así y pusieron al pueblo en contra de todos los grupos armados y subversivos.

Pero ustedes se habían ganado el rechazo mucho antes, porque consideraron a los carabineros blancos de sus acciones.
Los carabineros no eran blancos de las acciones del Lautaro.

¿Crees que el mote de matapacos era una simplificación?
Por supuesto que se simplificó, porque querían que se viera así. Al final lograron que la gente nos tuviera miedo, pese a que jamás matamos a un civil. Empezaron a desprestigiarnos, a llamarnos terroristas y a decir que éramos delincuentes. Ganaron ellos. Hoy, cualquiera que quiera cambiar las cosas es catalogado de terrorista.

Pero, mal que mal, mataron a 15 carabineros.
Se dio la cosa así porque los carabineros son los que están en la calle, no son los milicos, ni la Fuerza Aérea. No están los barcos ni los aviones, están los pacos. Ellos son la cara visible y a los que se tenía que enfrentar.

“ME LLEGÓ UN BALAZO Y NO SUPE MÁS”

¿Qué salió mal en el rescate de Antonioletti?
Hubo un tiroteo salvaje y a mí no me preguntes porque me llegó un balazo y no supe más.

¿Cómo tomaste lo que te sucedió?
No le eché la culpa a nadie, porque si había tomado la decisión de participar en esa acción y salió mal, salió mal para mí y para muchas personas. Desgraciadamente quedé inválida y no es una alegría para nadie. Pasé por muchas etapas de todo tipo hasta que llega un momento que uno dice “bueno… estoy así y hay que seguir adelante”.

¿Te arrepientes de haber empuñado las armas?
Creéme que no quería hacerlo. Nos llevaron a eso. Hubo mucha gente que no quería hacerlo. Fue casi una obligación tomar las armas en contra de toda esa gentuza que mató a un presidente e hizo tantas barbaridades. Ahora parecen todos amigos y nadie se acuerda de Allende. Para los 11 de septiembre, todos levantan el puño, todos le dicen compañero, pero nunca estuvieron con él cuando estaba dentro de La Moneda defendiendo la democracia. La gente así no me gusta.