POR JAIME BAYLY

Hay amigos que se mueren de pronto y hay amigos que siguen vivos pero es como si ya estuvieran muertos. La muerte de éstos suele ser provocada por una suma de decepciones, mezquindades y desengaños que uno percibe como tales (una percepción que no siempre tiene asidero real); la de aquéllos suele dejarnos con el mal sabor y la culpa de que no supimos querer y frecuentar al amigo que ya no estará más.

Curiosamente, puede que duela más la muerte de los amigos que siguen vivos que la muerte de los que de verdad han expirado. Los que siguen vivos nos recuerdan un fracaso (un fracaso que siempre es compartido por el amigo que se nos murió virtualmente y por nosotros, que lo dejamos morir con cierto despecho o rencor). Los que de verdad se murieron nos recuerdan un fracaso distinto: que no supimos estar a la altura de los desafíos que aquella amistad planteaba, que no cuidamos esa amistad como debimos, que no vimos todo lo que hubiéramos querido a ese amigo al que ya no veremos más.

En ambos casos, sin embargo, y quizá porque uno se hunde en la trinchera del cinismo para sobrevivir a las balas enemigas (que con el paso del tiempo silban más cerca de nuestras cabezas), la reacción más habitual cuando muere un amigo, sea virtual o real su deceso, es pensar que esa amistad no se desarrolló todo lo que podría haberse desarrollado no por culpa nuestra sino porque el amigo perdido no supo entendernos y querernos como éramos, porque el amigo muerto no daba la talla, no era tan buena gente como pensábamos, o porque ese amigo, siendo en apariencia nuestro amigo, era en realidad un tipo más o menos pesado, irritante, que, con el paso de los años, se fue haciendo cada vez menos simpático y más insoportable.

Las personas suelen practicar la curiosa costumbre de no hablar mal de un muerto (al menos en público). A muchos les parece que hablar mal de un muerto, aun si el muerto fue un miserable, es de mal gusto. Tal vez por eso, cuando se muere un amigo al que, al mismo tiempo, apreciábamos y evitábamos sistemáticamente porque su presencia nos resultaba incómoda después de los primeros cinco minutos, sentimos una rara mezcla de tristeza porque no lo veremos más y de alivio porque, en realidad, ya habíamos decidido que no queríamos verlo más.

Me pasa a menudo cuando muere un amigo que me digo: qué pena que no pude verlo una última vez, qué pena que no alcancé a tener un gesto de generosidad con él, qué lástima que no supe expresarle mi cariño. Poco después me digo: qué alivio saber que ya no me lo encontraré en el pasillo de un aeropuerto o en el restaurante en el que a veces coincidíamos (y donde yo me escondía de él) o en una librería o en un café.

En cualquier caso, parece un hecho que, a medida que uno envejece, se nos van muriendo los amigos, le van quedando menos amigos. También parece cierto que esto, que podría provocar tristeza o amargura, nos deja con una extraña sensación de alivio, de liviandad, de habernos sacado un peso de encima, de habernos desembarazado de un bulto o un mono que ya resultaba incómodo. ¿Vamos perdiendo amigos porque, al conocernos mejor, los conocemos mejor a ellos también y descubrimos de pronto, disgustados por una felonía, que quienes simulaban ser nuestros amigos no lo eran en verdad y eran sólo unos sujetos entregados a la inercia o la rutina de una amistad hecha de imposturas y falsificaciones, eso que llamamos la cortesía? ¿O vamos perdiendo amigos porque, al conocernos mejor, y al encontrar creciente placer en los momentos de soledad, advertimos que los que antes nos parecían divertidos o simpáticos ahora nos parecen unos charlatanes insufribles? ¿O es simplemente que el paso del tiempo cambia tanto a las personas que resulta inevitable que nuestra percepción de ellas cambie tan radicalmente como la que ellas tienen de nosotros, y por lo tanto nadie, salvo el tiempo, tiene la culpa del naufragio de esa amistad, puesto que esas dos personas que se hicieron amigas tiempo atrás no son ya estas otras dos personas que no encuentran razón alguna para seguir fatigándose en el juego de una amistad que el tiempo y sólo el tiempo corroyó?

No sé bien por qué me van quedando tan pocos buenos amigos, pero advierto que en los últimos años se han muerto casi todos mis mejores amigos, siendo que muchos de ellos siguen vivos, pero si me dijeran que acaban de morir por completo, no sentiría tristeza, sentiría incluso la vergonzosa satisfacción de haberlos sobrevivido. ¿Cómo puede ser que si ese sujeto fue uno de mis mejores amigos ahora sólo sea un nombre fantasmagórico que evoca vilezas y traiciones y que uno espera que salga en los obituarios? ¿Cómo puede ser que los años corrompan minuciosa y cruelmente aquellas amistades que pensábamos que eran para siempre y ahora sabemos que sólo fueron unos años confusos, un mal recuerdo?

Se murió de verdad un amigo escritor y sentí pena por no haberlo visitado y alivio porque no me seguiría humillando con sus libros. Se murió de verdad un amigo famoso y sentí un fastidio vanidoso porque no vino a verme al teatro cuando lo invité y un alivio porque yo pude haber muerto intoxicado como él. Se murió de verdad un amigo actor y me quedé con las notas manuscritas que me dejaba en el restaurante, pidiéndome que lo llamase, y con el recuerdo culposo de las tardes en que me escondí en ese restaurante para que no me viese. Se murió un amigo millonario y lo que más me molestó fue que nunca me devolvió los libros que le presté. Se murió un amigo y recordé que cuando me regaló su libro lo tiré a la basura sin leerlo y pensé que en estos tiempos publicaban cualquier cosa. Ninguna de esas muertes me apenó en modo alguno. Peor todavía, me dejaron contento de estar vivo y tranquilo de saber que no los vería más.

Luego están los amigos que se han muerto y sin embargo siguen vivos y seguramente esperan a que uno se muera antes que ellos para alegrarse, y entonces lo que antes fue una amistad (o la simulación de una amistad) ahora es una competencia miserable para ver quién resiste más, quién sobrevive al otro, quién se da el gusto de saber cómo murió el otro. No son pocos los amigos vivos que se me han muerto ya. Está el intelectual de aire pontificio. Está el escritor filibustero. Está el escritor plúmbeo. Está el escritor canoso de mal aliento y mala entraña. Está el escritor bobo. Está el actor en el armario. Está el actor narciso. Está el canciller frustrado. Está el editor mafioso. Está la marica vocinglera. Está la vieja loca. Está la loca de mi tío. Está la argentina tatuada. Está el chileno pérfido. Está el uruguayo felón. Está el enano intrigante español. Está la editora que rechazó mi novela. Está la foca amaestrada. Cuántos enemigos. Cuántas ganas de que la muerte les tienda una emboscada y me procure así una discreta alegría. Cuánta gente innoble que fingió que me quería y luego me hundió la puñalada artera. ¿O será que soy yo el innoble paranoico que mató a esos amigos sin razón alguna o para que dejaran de estorbar mi vocación ermitaña? No lo creo: creo que esas personas nunca fueron en verdad mis amigas y mi vida es mejor o menos espesa sin ellas. Que lo sepan: no los echo de menos, espero leer sus nombres en las páginas de defunciones, no esperen de mí coronas de flores. Por mi parte, sé que ellos esperan mi muerte con impaciencia y los que consigan sobrevivirme escupirán sobre mi memoria y sentirán el mismo alivio que sentiré yo cuando ellos mueran del todo.

Lo raro de todo esto es que a esos amigos muertos en vida les tuve bastante cariño y en la mayor parte de los casos no podría precisar por qué se murieron para mí, qué bajeza o mezquindad me hicieron para no querer verlos más. En algunos casos, recuerdo el minúsculo incidente que provocó la ruptura (una crítica, un desplante, una traición, un ensañamiento incomprensible), pero en otros no consigo recordar por qué ese amigo ya no lo es más y si lo viera procuraría esquivarlo para ahorrarme el mal trago de saludarlo. Quizá, pensándolo bien, no hubo razones para matar en vida a esos amigos, sólo nos fuimos inventando pretextos y coartadas, alucinaciones paranoicas, complejos megalómanos para expulsarlos de nuestras vidas y darnos el gusto de quedarnos solos. Quizá esos amigos nos querían de verdad y nosotros todavía los queremos clandestinamente, pero resultaban un estorbo para permitirnos el solapado deleite de estar en casa, a solas, en silencio, escuchando una melodía vibrante y odiando a todo el mundo porque sí. Es decir que ningún amigo podría procurarnos nunca semejante deleite, ni siquiera el más fiel y virtuoso de los amigos, y por eso es preciso matarlos a todos para poder quedarse uno solo y hacer lo que le salga de los cojones, por ejemplo escribir de esos cabrones a los que ahora uno recuerda con un punto de desprecio y rencor y que, por supuesto, no son peores que uno mismo, pero al menos no están acá, metidos en la casa, haciéndonos preguntas, afeándonos la vida con sus chácharas, sus cotorreos y sus flatulencias doctorales, jodiéndonos con su sola presencia.