Por V.U. • Foto: ALEJANDRO OLIVARES

Profesor de Filosofía del Derecho, Agustín Squella también se desempeña, hace tiempo, como Juez Árbitro del Hipódromo en el Sporting Club de Viña. Wanderino de corazón, Squella comenta aquí el juego de Bielsa y reflexiona sobre el sentido del juego en la vida.
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¿En qué exactamente consiste tu función de Juez Árbitro en el Sporting Club de Viña?
-En los hipódromos hay jueces de la carrera, que se llaman “Comisarios”, y que juzgan las incorrecciones en que puedan incurrir los jinetes en el curso de cada prueba. Pero hay también un “Juez árbitro”, encargado de conocer y resolver en conciencia, sin forma de juicio y sin ulterior recurso (ya se lo querrían otros jueces) los asuntos civiles de índole hípica que se suscitan entre vendedores y compradores de caballos, y entre propietarios y preparadores. Hay también un “Mediador Laboral”, que interviene en calidad de amigable componedor en los problemas concernientes a las obligaciones que derivan de los contratos de trabajo que celebran los preparadores con los cuidadores de finasangres. En el Valparaíso Sporting Club yo desempeño ambas funciones.

“La hípica”, escribes en tu libro Según pasan los años, “me gusta más en invierno”. ¿Por qué?

-F. Scott Fitzgerald decía que mientras el verano se parece al amor, el invierno se asemeja al dinero. No es que yo busque dinero asistiendo a las carreras (los hípicos sabemos que el que juega por necesidad pierde por obligación), pero en las tardes y noches de invierno los hipódromos te arropan mejor en los bares y otros recintos donde se bebe, se conversa, se fuma, se observan las carreras, y se hacen grandes y entrañables amistades. Los hipódromos son refugios donde encuentras algo de humanidad. Pocas cosas pueden resultar más cálidas que despedirse de un grupo de amigos en medio de la niebla de la costa que ha invadido ya el hipódromo luego de la última carrera de una larga y buena jornada hípica.

¿Se da, como en el fútbol, fiebre en las gradas hípicas?
-Y mucha. Sin ir más lejos, yo me porto francamente mal en ambos lugares. No creo ser exitista en nada, salvo en el fútbol. Yo no voy a ver jugar a Wanderers, voy a verlo ganar. Y lo primero que hago siempre, en todos los partidos, es ponerme de pie cuando ingresan el árbitro y los guardalíneas, porque representan la ley, el orden, lo cual es contradictorio siendo yo profesor de derecho. Y si en el caso de la hípica uno va sabiendo que la probabilidad más alta es siempre la de perder, no hay nada más emocionante que un buen dividendo y nada más mortificante que perdértelo porque el jinete corrió mal al caballo que jugaste. Y si alguien no cree en el fervor que describo, que lea “Fiebra en las gradas”, el formidable relato con la autobiografía futbolera de Nick Hornby, y “A caballo entre milenios”, el mejor de los tres libros hípicos de Fernando Savater.

¿Recuerdas especialmente a algún ludópata que te haya tocado ver en algún hipódromo?

-Varios, y no pocos que pagaron un alto precio por serlo. Tengo amigos que desaparecen del hipódromo por largas temporadas, y a veces incluso para siempre, porque se han metido en problemas a raíz del juego. Hay uno al que su padre lo tiene amenazado con quitarle la gerencia de su empresa, y su mujer con demandar el divorcio, si saben que continúa yendo a las carreras. Así que el pobre tiene que jugar a escondidas en un lúgubre recinto de galería donde no hay posibilidad de que se tope con alguien conocido. Pero ahí está todas las reuniones, de incógnito, sufriendo y gozando el inclaudicable amor al juego de los caballos.

También, entiendo, eres un hincha de Everton y del fútbol en general. ¿Cuál, te parece, es la gran gracia del juego futbolístico?
-Soy del Wanderers, que es lo más distinto que pueda haber de ser del Everton. César Luis Menotti, que jugó fútbol y que fue entrenador de éxito, pensó también acerca del fútbol, y dio una de las mejores definiciones de este deporte: consiste en saber crear y aprovechar espacios. El fútbol es emocionante para cualquiera que lo juega, y también para el que lo ve desde las tribunas, y sólo se transforma en un fastidio cuando aparece en boca de los majaderos comentaristas deportivos de nuestros canales de televisión, quienes practican son singular intensidad esa forma de embotamiento intelectual que es la complacencia en lo obvio. Bueno, no son los únicos, puesto que la mayoría de los líderes de opinión hace exactamente lo mismo: complacerse diciendo frases del tipo “Estoy por la vida, no por la muerte”, o “Hay que mirar al futuro, no al pasado”, o “Es urgente que disminuyamos la delincuencia”, y otras perlas como ésas.

¿Te gusta el juego de Bielsa?
-Mucho. Sabe, trabaja, es serio, se comporta austeramente, y tiene claro que el fútbol consiste en meter la pelota en el arco rival más veces de las que éste lo haga en el tuyo, y que para ello hay que desmarcarse, correr, adelantar la pelota, buscar el arco rival como si se tratara de un objetivo de guerra, y evitar los trotecitos, el pase lateral por comodidad, la jugada hacia atrás y las devoluciones al arquero, unos vicios en que los jugadores chilenos pre Bielsa eran reincidentes habituales.

¿A qué otros juegos eres aficionado? ¿O hay algún juego del pasado que ya no se practique y que eches de menos, algún juego de infancia tal vez?
-Hay juegos y hay deportes, y en lo que a mí respecta, sólo se me dieron los deportes que se practican con los pies. Me refiero al fútbol y a las carreras de fondo. Nunca pude hacer nada en una cancha de tenis ni con un palo de golf en las manos, salvo pasar pelotas y llevarle los palos en el campo de golf de Las Salinas a los almirantes que jugaban allí los fines de semana. Me crié en una población que está a los pies del Club Naval de Campo y la mesada que me daba mi padre alcanzaba apenas para un par de cocacolas a la semana. Entonces fui caddie y pelotero. En cuanto a juegos, tengo que confesar que eludo deliberadamente los casinos, por el embrujo que me produce el ruido de la bolita que salta sobre los casilleros donde esperan los números de la ruleta. Para mí ese ruido es un auténtico canto de sirenas. Y como no me veo amarrado a uno de los grandes pilares que sostienen el techo del casino, evito entrar a éste.

Por último, ¿cuál es, para ti, la importancia del juego en la educación y, en general, en la vida de un hombre?
-Tu pregunta me da ocasión para decir que la educación no es un juego, y que presentarla como si lo fuera –lo que yo llamo la lógica del parvulario- es uno de los grandes disparates y frivolidades de las teorías educativas actuales. La educación no tiene por qué ser aburrida, pero otra cosa es que se la trivialice y presente ante los jóvenes poco menos como si consistiera en la prolongación del carrete del fin de semana. No, señor. La educación, nos guste o no, es exigencia, perseverancia, esfuerzo, y eso vale tanto para alumnos como para profesores. Y si me extiendo en esto es porque hoy tenemos en marcha una suerte de conspiración contra la dificultad. San Expedito es un ejemplo de ello: milagros, y altiro. Enseño en la universidad, que es institución de educación superior, no inferior, y temo fundadamente que la ley del mínimo esfuerzo sea pronto derogada y sustituida por la del ningún esfuerzo. Me enardece todavía más la actitud de quienes van por la vida predicando un sentido lúdico no sólo de la educación, sino de todas las cosas. Un momentito. Está bien tener sentido del humor, incluso a propósito de las cosas más serias. Sentido del humor a costa de uno mismo y no de los demás, al revés de lo que hace el humorista medio chilensis. Pero de ahí a transformar todo en juego, en divertimento, en pasatiempo, hay mucha distancia.
Sentido del juego en cuanto contar siempre con que las cosas tanto pueden ir bien como mal, conforme. Sentido del juego como educación en la incertidumbre y precariedad de las cosas humanas, conforme también. Sentido del juego en cuanto quitar peso y dar levedad a lo que enseñamos, bien. Sentido del juego en cuanto no pasar por la vida como tonto grave, de acuerdo. Sentido del juego en cuanto tomarse con alegría la inestabilidad de vivir, por supuesto. Pero sentido del juego en cuanto a echarse a la espalda lo que tienes que mirar de frente y con seriedad, por ningún motivo.