POR ALFREDO JOCELYN – HOLT

Vicente Undurraga, el editor de cultura de The Clinic, me sugiere que escriba sobre mi relación con los juegos para este número, sin saber que los detesto, desde siempre. Desde que, siendo bien chico, me di cuenta que mis dos hermanos menores, unos pendejos, cuando les disparaba, con no mala puntería (de hecho, me esmeraba en apuntar justo a sus órganos vitales), no caían verdaderamente muertos. Mi segunda gran decepción en la vida en este orden de cosas ocurrió cuando uno de mis tíos abuelos que me enseñó a jugar ajedrez (debo haber tenido ocho años) efectivamente se murió.

Mi tío era un tipo elegantísimo, muy distinguido de pinta, y por lo que he venido a saber después, pesado como nadie, aunque conmigo, era especialmente cariñoso (yo era el nieto regalón de mi abuela, y mi abuela se hacía respetar). Había sido “naci” en su juventud, y tenía un fuerte sentido del lugar social que le correspondía a cada uno. Según la Lidia, una vieja “mama” que trabajó en mi casa por más de cincuenta años, mi tío Emilio era tan orgulloso que cada vez que se topaba con empleados que usaban el ascensor de los dueños de departamentos donde él vivía, y no el de servicio, armaba un escándalo de “Dios mío”.
Vivía en la calle del Dieciocho, en una auténtica Cueva de Alí Babá, rodeado de gobelinos, alfombras persas, marfiles y unas envidiables columnas barrocas salomónicas (enrolladas o retorcidas) traídas desde Lisboa donde había sido embajador. Un ambiente literalmente sacado de una película de Luchino Visconti en que él –claramente de otra época– bien podría haber sido personaje. Una época re-que-te muerta, de eso me di cuenta tiempo después. A unos pocos años de enseñarme a jugar ajedrez, cayó enfermo y uno de sus hijos (un huaso bruto menos fino que su padre) me elevó de un ala y me lo mostró tendido en el ataúd (mi primer muerto), esto para que me hiciera “hombre” de una vez por todas. Muerto mi tío Emilio no tuve con quién jugar al ajedrez; vengo de una familia no muy “intelectual”, lo cual curiosamente NO lamento, por eso el sinfín de historias tontas que podría contar.

Mi otro gran primer contacto con juegos era en las vacaciones en el campo de una de mis bisabuelas. Tampoco un lugar que me fue propicio para este tipo de entretenimientos. Las señoras jugaban canasta o sacaban solitarios, tan absortas que si uno se acercaba demasiado, dos más dos, me mandaban a dar un recado a alguien, nunca faltaba a quién, y yo, en aquel entonces, tenía fama de muy obediente. Los hombres de mi familia, en cambio, se dedicaban a los rodeos, a la brisca y a la hípica en Santiago el día domingo (de seguro que una excusa para no ir a misa o escaparse a la ciudad), pero eso con la reforma agraria se terminó de cuajo. Tampoco ayudó que un hermano de mi madre que corría en vacas se cayera del caballo, y pasara seis meses inconsciente.
Otro de mis tíos, primo de mi madre (no exagero, tuve muchos tíos, quizá demasiados) llegó a ser “juez de riendas”, pero ya, desde los 12 años cuando le fui ganando los argumentos (cosa no muy difícil), me di cuenta que era tonto de remate. Teniendo yo ya más de cuarenta años, a modo de venganza, me llamó por teléfono para subirme y bajarme porque ¡cómo se me había ocurrido decir en público y tan “livianamente” que mi bisabuela era una “vieja de mierda”! Lo más sorprendente, para mí, no fue que me retara sino que usara un adverbio; nunca imaginé que su manejo gramatical fuera tan versado.

Mi paso por colegios en EEUU tampoco me entrenaron mucho en juegos y deportes. En primavera se practicaba el “baseball”, pero como yo era extranjero y medio torpe, me ubicaban atrás, en el “right field” donde normalmente no llegan las pelotas si el bateador es diestro, o bien, me destinaban al “left field” cuando el bateador era zurdo. Si se producía lo altamente improbable, es decir, que la pelota volara azarosamente hacia mi lado, me hacía el “gringo” y que no entendía nada; el profesor de gimnasia, un fascista igual que mis tíos, estallaba en ira al producirse, a causa mía, el “home run”. En invierno, en cambio, nos obligaban a hacer lucha libre, pero yo, ya precavido de la situación, algo bárbara y retorcida que me esperaba, le susurraba al oído a mi compañero de colchoneta que no se esforzara tanto porque igual iba a ganar. Nada de esto, por supuesto, me afectó en cuanto a notas; mi ropa siempre brillaba impecable gracias a la Lidia.

Podría extenderme mucho más. Sobre porqué no me gustan los juegos de cartas, porqué no apuesto nunca (evito los casinos, la Bolsa y las iglesias), o porqué han tratado tres o cuatro veces de enseñarme a jugar bridge y no aprendo, y eso que en una de esas tantas veces, la última, mi entusiasmo era mayor que de costumbre: recién había leído una novela de misterio y la clave final suponía saber jugar bridge. Presumo que es por falta de suficiente sentido gregario (incluso familiar) y porque detesto aprender reglas o seguir instrucciones. Tampoco me convence el subtexto viril implícito en algunos de estos juegos, y porque hace rato prefiero competir conmigo mismo, y no contra el azar o contra alguien más experimentado o pillo que yo, como uno de esos tantos tíos quienes, sabiendo que uno no es tonto, les encanta ganar abusando de su edad o haciendo trampas; salvo, eso sí, mi estético tío abuelo, Emilio Saavedra Balmaceda, quién –aunque nacionalsocialista e insoportable– me enseñó el ajedrez y el buen gusto por las cosas bien hechas (las tapicerías, estatuas, grabados, estanterías de libros y porcelanas) que hacen pasable el juego mortal de la vida.*

*Mi tío jamás se hubiese imaginado un homenaje a su memoria en un medio como The Clinic; lo habría encontrado izquierdoso y vulgar. Sin embargo, dudo que El Mercurio, el único medio que él reconocería a estas alturas, me publicaría una nota como la anterior quedándose, pues, sin homenaje mi tío Emilio. Ironías de la vida y de la historia: nadie sabe para quién trabaja.