Por Pablo Rojas

Finalmente se fue agosto. La tercera edad se pone de fiesta, los gatos dejan de fornicar en el tejado y comienza el ansioso septiembre, el mes de todos. Septiembre es por esencia el mes que mas contrastes posee de acuerdo a la historia política y social de la patria. Es el mes donde el país a ratos se polariza de manera espeluznante pero donde además se funde en un cariñoso abrazo. Fechas claves ponen en tela de juicio el subconsciente de la ciudadanía, que prefiere emborracharse para pasar las penas y soportar las efímeras alegrías. El once es cada vez menos recordado, cada vez menos llamativo, cada vez menos de velas y molotov, es cada vez menos once por que de recordarlo a Chile le duele su espina dorsal y cada protesta es una punción lumbar. Luego de esta nefasta fecha, viene como un antídoto para la mordedura de perro rabioso, el dieciocho con su borracha paciencia. Es la depresiva fecha etílica por antonomasia donde los chilenos volvemos a abrazarnos al son de la cueca chora y del asado famélico de carnicería de barrio. Chile entra en un permanente estado de deja-vu cognitivo, en una onírica fantasía del país bien, del país bueno y justo y el aguinaldo festivalero no es más que un merecido premio al sacrificio de chilenos y chilenas que esperan ansiosos invertirlo en la siempre buen ponderada fonda. El trauma gastrointestinal del país es aplacado con violencia y amor, Chile se sumerge en un retiro espiritual del resto de Latinoamérica, con sus problemas y tribulaciones a cuestas. Cosas tontas como el futuro alza de las bencinas, los gastos obscenos de los candidatos presidenciales con las lucas de todos, para sus grotescas campañas, pasan a la amnesia fotográfica de un país que nunca antes fue tan feliz. Los conflictos sociales se apresuran en resolverse de cualquier forma, pues a mediados de septiembre, a nadie le importa absolutamente nada. Recibimos el enema rectal con furor y alegría, por que nadie nos quita lo comido y lo bailado. Las ciudades se tiñen de rojo, azul y blanco. El hígado chilensis queda en escabeche, inflamado por ese nacionalismo acérrimo y racista, pero que en el mes de todos sienta tan bien. Tanta es la alegría patriotera que regalaríamos todo el norte a Bolivia, un par de glaciares más a Argentina y devolveríamos en papel de regalo los leones de Providencia al Perú. Así de solidarios somos en este frenético mes. La cueca retumba como un trueno en una noche de ampolletas. No importa nada más que el disfraz de huaso campechano, de los curahuillas tiernos, de los choros pulentos y los rotos lindos de rodeo sangriento. Chile regresa en este mes al pasado y juega con una prostitucion histórica para llegar a un presente feliz. Para mas remate, este sábado tenemos el mejor aperitivo para tanto jolgorio. Juega la roja de todos, momento en el que el país se abraza fraternalmente a celebrar los goles y ya piensa en las lucas de prestamos exorbitantes que tendremos que pedir cuando la selección llegue a Sudáfrica para seguirla con el corazón en la mano. La televisión se llenara de panfletarias consignas y cumbias patronales. De programas circenses y estrambóticos con premios estrafalarios para acceder a la posibilidad de rodearnos de negros gritones en un estadio hipócrita de la lejana Sudáfrica. Mientras la roja gane seguiremos felices aguantando la realidad alienante de un país melancólico. Mientras mas goles mas alegría, mas subversión para un país desesperado por recuperar de las fauces del colonialismo barato, su identidad proletaria de pueblo libre. Lo que la UP se llevo consigo fue ese sueño hermoso del país de todos. Lo que la dictadura nos lego con entusiasmo fue ese país de todos, pero más de algunos que de otros. Misión unitaria que la cumple Septiembre con sus guirnaldas y banderitas. Llegamos al punto de beatificar a nuestros futbolistas con tal que la garganta se llene de gol. El himno rompe la voz como agua ardiente pura, pero de pura alegría somos capaces de aguantar el fuego quemante de la esperanza mórbida del pueblo triste. Hay mucho por hacer en este bendito Chile, mucho por hablar, muchos temas por trazar, muchas peleas por las que luchar, muchas injusticias permanentes por desmembrar. Muchas muertes por esclarecer, mucha tentación por evitar, para que nuestra esperanza no se convierta una vez más en el ilusorio letargo del jaguar dormido por efectos del clonazepam. Pero con tanto terremoto jugoso, con tanto tinto y pipeño, nos acordamos en momentos de claridad alcohólica que la chicha dulce de cacho es mas rica que el vodka con redbull. Como chilenos habremos de festejar, pero debemos saber además como contrarrestar la caña infernal con algo mas que un Disfruta y un par de paracetamol. El país del encanto patriotero debe saber volver a su realidad de pueblo tercermundista, por que será la única forma que dejemos de serlo. La única forma de darnos cuenta de nuestra propia identidad, es perderla en las fondas para extrañarla y encaminar la recuperación de esta. Multipliquemos los volantines en el cielo, pero multipliquemos además la conciencia. Esa conciencia que no hace muchos años teníamos por montones. Que los terratenientes económicos no se escondan tras la fanfarria festivalera, y sepamos combatirlos con la camiseta chilena bien puesta. Se fue agosto con su fiebre y su resfrío. Con su contaminación que rompe los pulmones de los que no tienen para estufa a gas natural. Viene septiembre con su dolor de guata y su dolor de cabeza, con su tierna furia y su lamento roto. Nunca antes Chile estuvo tan vivo como en este mes, donde las contradicciones históricas dejan de ser por un momento el tiempo de duda y rencor. Sin perdón ni olvido, convidamos de la botella de chicha barata un sorbo para quienes un día no pudieron mirarnos mas a la cara para seguir mintiéndonos. No olvidemos la lucha que podemos dar con tal de ahogar las penas un rato y dormir la mona. Vivamos este borracho sueño de pertenecernos, de saber lo que somos, de entender que en nuestro estomago comunitario tanto copete hace mal. Que el dieciocho dure esas eternas horas de fiesta, pero abramos bien los ojos cuando los milicos marchen de nuevo por el Parque O’higgins mientras la presidenta le da las gracias. En definitiva no dejemos que el carrete nos pase una cuenta que no podemos pagar. Ahora, si el sábado gana Chile, es otra cosa. Por que seguiremos siendo un paisito de mentira. De mentiras blancas. De trato de mentiras blancas. A despejar la cabeza, a lavarse la cara antes de que las lagañas patrioteras nublen la visión para siempre. O en su defecto, hasta el próximo septiembre. Vamos Chile. Vamos a tomarnos hasta el agua dulce, vamos a tomarnos esta America diezmada, vamos a tomarnos las tierras del sur. Por unas horas olvidemos lo que somos, pero dejemos anotado en una jugosa servilleta por que somos así. Será la única forma de ver al día siguiente que el bendito Chile, es más que un mes multicolor de desesperanza endógena. Quizás terminemos no yendo al mundial. Quizás tengamos que volver a nuestros trabajos mal pagados y al alza de todo. Pero volvamos con la camiseta puesta, dispuestos a luchar por lo que es nuestro y no por lo que les pertenece a los que tratan de robarnos el mástil con la bandera puesta. A dar la lucha desde la cantina. Si tenemos que cambiar la botella de chicha por una molotov, bendita y bienvenida sea.