POR PEPE LEMPIRA / desde El Progreso, Guatemala.

Los monumentos y homenajes públicos –tal como los funerales- hablan más de quienes los organizan y levantan, que de los sujetos que los reciben. Lo digo porque aún pienso en la desgarbada estatua gigante de Karol Wojtyla (Juan Pablo II), que se levantará en el Barrio Bellavista de Santiago, frente a la laica Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, por encargo de una ignota universidad privada llamada San Sebastián.

Los orígenes de los símbolos y homenajes se confunden como la urdiembre bien compacta de un choapino. Parecen irrompibles, pero bien vistos se pueden usar para limpiarse los zapatos. Así que lo invito a sumergirse.

Por ejemplo. ¿Por qué algún emprendedor bautizaría una universidad con el nombre de san Sebastián, patrón de los soldados y la milicia? Imagen tutelar de las hordas de conquistadores españoles en América, por lo demás. ¿Qué tiene que ver el centurión romano Sebastián con la docencia, investigación y extensión? No mucho, pero estas apropiaciones no son raras. Sin ir más lejos, últimamente el mismo personaje mitológico ha sido reivindicado por la comunidad gay, supongo que por la desnudez y cara de éxtasis propia de sus estatuillas, siempre atravesadas por sugerentes flechas.

Y ya que el personaje da para bautizar universidades y aleonar el orgullo gay, no será ocioso referir brevemente la historia del hipotético san Sebastián, pues saber de dónde sale, de nuevo nos habla, más que del invento, de las necesidades del inventor, cuya mente parece atiborrada de intereses comprometidos.

Todo indica que Sebastián fue una fábula creada por el obispo san Ambrosio de Milán, a quién casualmente también se insiste en describir como un guerrero. Porque Ambrosio siempre estaba pidiendo que rodaran cabezas, fueran de carne y hueso o de mármol. De las primeras prefería las de los herejes arrianos. Y le interesaban las segundas -mire qué curioso, ya que hablamos de monumentos – porque era un eterno preocupado de la estatuaria pública. Iba por Milán lanzando imprecaciones en contra de cuanta esculturas no cristiana adornara las ciudades del imperio.

Ambrosio, decíamos, fue el primero en dar noticias sobre Sebastián, escribiendo una conmovedora novelita piadosa más de un siglo después de la pretendida muerte del protagonista. Es como si de pronto yo aquí fuera el primer ser humano en registrar la repentina existencia de una supuesta celebridad del siglo XIX, en un ejercicio de fabulación enciclopédica a lo Borges.

Ambrosio no quería consagrarse como autor de ficción. Tenía sus razones para crear su santo perfecto: un soldado, noble patricio y miembro de la pretoriana elite militar. Porque casualmente todo lo referente a Ambrosio tiene algo que ver con legiones y milicos. Necesitaba de los guerreros en las persecuciones que organizaba contra los arrianos. Pero más importante, logró que el emperador se declarase obediente de Dios (¿de Ambrosio?), citando en su juramento de lealtad el ejemplo de los soldados, que debían seguir las ordenes del propio emperador.

Pero no nos cebemos con Ambrosio.

¿Por qué otro fulano bautizaría su casa de estudios como Universidad Diego Portales, escogiendo con pinzas el nombre de un porro que nunca pudo terminar ningún estudio y que reservaba su máximo desprecio para cualquier licenciado, intelectual o persona que elaborara pensamientos complicados? Esa universidad se las arregla para ofrecer la enseñanza del Derecho invocando el nombre de Portales, cuyo máximo pensamiento jurídico fue: “con ley o sin ella, a la señora que llaman Constitución, hay que violarla”. Eso sin entrar a los testimonios históricos que lo retratan visitando batallones con sacos de monedas, para comprar oficiales y soldadesca; organizando una y otra vez golpes de estado, hasta lograr un día hacerse del poder total.

O mejor pregunta ¿Por qué en la santiaguina comuna de Las Condes hay una calle bautizada Talavera de la Reina? Porque, si bien existe una ciudad de ese nombre en España, en Chile, Talavera de la Reina fue principalmente el odiado regimiento realista encargado de fusilar, torturar patriotas y perseguir a Manuel Rodríguez durante el período de la Reconquista. Ponerle a una calle ese nombre es casi equivalente a que existiera una avenida Caravana de la Muerte o un boulevard Central Nacional de Informaciones.

Entonces da que pensar. “Talavera de Reina” no puede sonar más aristocrático. “San Sebastián”, imposible más cristiano. Y “Diego Portales”, tras repetirlo con insistencia, puede pasar por el constructor de una República. ¡Pamplinas! Fantasmas es lo que son. Y son invocados solo por la acomplejada ignorancia de quien quiera empavonarse por ahí.